¿Quiénes somos?





Somos estudiantes de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires. Este blog es producto del trabajo que realizamos en la comisión 63, coordinada por la profesora Claudia Risé y la alumna Emilia Cortina, durante la cursada anual del 2012 del Taller de Expresión I, cátedra Reale.

Un pequeño pueblo en el Lejano Oeste



Casi a mediados del siglo XX, en la década del treinta para ser más preciso, se funda Sierra Colorada, un pequeño paraje de la línea sur rionegrina. La ruta 23 le da vida , cediendo el paso cariñosamente al viajero. A 300km se encuetra General Roca, mi ciudad natal.

Los cerros de piedras rojizas que lo cercan le ceden su nombre, en la cima de uno de ellos se alza una cruz de casi tres metros de altura y en el otro, una torre blanca aparece como monumento, homenajeando a los caídos por la patria. Desde esas alturas se puede observar todo el pueblo, es mucho mas pequeño, diminuto y con tan solo posicionar el pulgar en frente de los ojos se logra taparlo, desaparecerlo.  Detrás, girando la cabeza aparece  el cementerio viejo, las rejas oxidadas por el sol y un par de tumbas abiertas estremecen el cuerpo, para los miedosos y creyentes de fantasmas no le es recomendado pasar por ahí, la imagen de aquello es prototípica de las películas de terror en las cuales los zombis y espíritus son sus protagonistas, su aspecto  es bastante tenebroso.

Sierra cuenta con aproximadamente 1.373 habitantes según el Indec del 2001, aunque pasaron muchos años de esta última encuesta, no creo que en este momento supere los 1.500. La fiesta de la Lana es una de sus fiestas más importantes, hace de Sierra su imagen más representativa, ya que la misma es su gran fuente económica. La línea sur se pone de fiesta, reuniendo a paisanos y patrones, niños y adultos, profesoras y alumnos de todos los parajes.

El pueblito del lejano oeste, llamado vulgarmente por sus jóvenes, es uno de los tantos pueblos olvidados de la línea sur. Las malas gestiones y el cierre del ferrocarril hicieron de él un fantasma, pero aun asi, sigue perpetuado  por aquellos que alguna vez rondaron por su tierra. Y es por eso que mi viaje tiene mucho de aquel sentimiento que brinda el recuerdo de sus pasos.

Un viaje, dos caminos

Después de tantas idas y vueltas, mamá y yo decidimos hacer aquel  viaje que nos debíamos hace mucho tiempo.

Cuando planeamos un viaje, siempre hay dos caminos a seguir, si nos dirigimos hacia lo desconocido, siempre anotamos los lugares que nos llaman la atención y buscamos en Internet, en revistas dirigidas a turistas o en folletos los mejores restaurantes, espacios culturales y lugares autóctonos que nos brinda la ciudad.  Pero si vamos a un lugar conocido en donde sus colores, olores y rincones ya son partes de uno, el camino es distinto. Por eso cuando uno viaja a estos lugares, siempre va con otra predisposición, las emociones son diferentes y conocer pasa a un segundo plano dejando  camino al reencuentro.

A su vez este viaje es algo más que un viaje, es volver en el tiempo, es revolver la tierra y encontrar raíces que van  en dirección inversa  a lo que marca el hoy pero que funcionan como bisagras intachables y necesarias. Es reencontrarnos con la niña de campera rosada que caminaba por los Cerros y hacía bailar sus rulos en el viento, es ver a la profesora de guardapolvo blanco que venía del norte  buscando otros horizontes. Es ver el sacrificio y la juventud en un paraje olvidado y escondido entre cerros plagados de  arbustos bajos y espinosos. En otras palabras es volver a nuestra querida Sierra Colorada.

Es el día de partir

Siendo las nueve de la mañana, el despertador suena una y otra vez. El ventanal que está enfrente de mi cama invita a los cálidos rayos del sol acompañarme en la fría mañana de julio.  El césped está blanco, como si hubiera nevado, los árboles secos y opacos, el rocío de la helada de la noche anterior sigue en pie y de solo observar su resplandor me pone la piel de gallina. Las sensaciones que tengo son extrañas pero no son malas, después de siete años vuelvo a mi querido pueblo. Pasaron muchos años, pero los recuerdos siguen ahí, intactos, de solo pensar que me alejan un par de horas para poder reencarnarlos en cada uno de sus rincones rocosos me pone feliz, y si estoy feliz.

La ruta atraviesa las inmensas chacras manzaneras, mientras que los álamos secos moldean  el camino. En esta época del año los colores brillan por su ausencia, los exorbitantes sauces llorones se ven mas tristes que nunca, sus hojas caídas son lagrimas derramadas por el otoño.

El puente “Paso Córdoba” es la frontera que limita al Alto valle, por él fluyen aguas oscuras y agitadas. El Río Negro junto al Río Limay son el corazón que le da vida a todas las ciudades que enmarca, sus brazos son como arterias que nutren de  flora y fauna  las vastas tierras de la meseta. Sus puntas posicionan dos realidades contrastadas, la meseta y el valle. Hacia el sur se observan las formidables bardas, que a primera vista parecen ser grandes murallas que le dan  fortaleza al paisaje. Una paleta de color azul y rojo marca un horizonte profundo que es semejante al de un océano. El  rojizo cielo de invierno, reaviva las ondulaciones y formas de la tierra, las bardas se prestan a la imaginación, formando colosales dragones.

Alejándonos de la depresión rionegrina e ingresando a tierra rocosa y árida, los grandes cerros marrones rearman nuevamente el paisaje. El auto da los pasos que el camino le permite, dejando atrás la misma imagen que viene por delante, transformándose  en una fotografía repetida, que sufre solamente el retorcimiento de la ruta.

Un paisano, otros recuerdos.

Pasadas las 12,  con casi dos horas de viaje sin habernos cruzado con ningún  auto, vemos  a un hombre haciendo dedo junto a una camioneta naranja. Mi mama baja la velocidad y se acerca suavemente. Boina en mano, camisa negra, bombacha de gaucho, bigote gris, tierra y arrugas, una simple descripción del paisano. “Buen día señora y señorita” son las primeras palabras que se escuchan seguidas de “disculpen la molestia pero se me rompió el burro de arranque y necesito llevar…” giro mi cabeza y en la cúpula veo un termotanque enorme, dos cajas que dicen orbis con una llama de fuego que remplaza el puntito a la i. “Mi nombre es Luis Melinger, necesitaría doña que usted cuando llegue al  Cuy se comunique con mi Hijo Pablo que trabaja en el municipio de los Menucos”, mi madre lo escucha atentamente y le contesta “ no se preocupe Luis quédese tranquilo que cuando llegue al Cuy le doy el comunicado, yo soy la mujer de Javier Alberdi no se si lo conoce”. El paisano abre los ojos y frunce la frente e instantáneamente pone una sonrisa y le contesta “el señor Alberdi, como no conocerlo…”. Mientras la conversación sigue y un árbol genealógico se abre ante mis oídos, comienzo a sentir esa sensación que me generaba el sur, la fraternidad, el compañerismo y los apellidos que siempre suenan familiar. El respeto y la gentileza de los paisanos que vienen y van del campo al pueblo, del pueblo al campo, el saludo matutino instintivo, y el “buenos días” que funcionan como reconocimiento entre tanto silencio y pieles ajadas. Que lindo se siente.

Seguimos de viaje, ahora manejo yo mientras mama ceba el tercer termo. Emocionada me cuenta anécdotas, me habla del colegio, de sus primeros alumnos, por momentos se emociona, por otros se ríe, abre los ojos fuertemente y encoge los hombros, creo que cada vez que se estremece se da cuenta del tiempo pasado, lo recuerda con entusiasmo aunque siempre el pasado duele por el solo hecho de retroceder la hoja solo por unos momentos. “El frío, esas bajas temperaturas que endurecen la piel y  espesan la sangre se ven derrumbadas por el cálido abrigo que genera poder ver sonreír a esos jóvenes que buscan respuestas y un futuro mejor, el sacrificio es un mástil que tiene como bandera esa felicidad, no me arrepiento de lo vivido Euge, fue muy lindo llegar con tu tía Amalia Sierra, dar ese paso tan grande para el pueblo, abrir algo tan importante y esperado como el secundario, pero como sabes, no volvería a hacerlo, 15 años en un lugar tan abandonado es un sacrificio que no se lo recomiendo a nadie, siempre hay algo más allá”.

De pronto, hacia lo lejos aparece el Cuy, un paraje de no más de 150 personas, es el punto de descanso que tiene todo viajante de la línea sur. Es pequeño, la ruta lo atraviesa como si fuera el tronco de un árbol  que no tiene más de una docena de raíces  ripiosas que conducen hacia humildes casas. Los negocios y servicios más importantes están sobre la ruta. Una casa antigua de color verde es el almacén principal, cigarrillos, golosinas, comida, casi todo se vende ahí, es el proveedor del pueblo y el turista. A dos calles se encuentra la telefónica, un pequeño negocio que también funciona como kiosco. Mientras mi mama llama para que auxilien a José, yo me quedo en el auto observando como juegan dos niños sobre la tierra. Pasan los minutos y decido bajar a mover un poco las piernas cuasi acalambradas por haber estado sentada tanto tiempo. Una pareja pasa y me saludan.En frente, una mujer de cabello gris me observa, sentada bajo un árbol que le da sombra se encuentra tomando mates, su rostro marcado por el tiempo  y sus mejillas rojizas por la sequedad del ambiente me transmiten respeto. Sus párpados caídos y sus ojos marrones trazados por pequeñas líneas rojas expresan una mirada apagada, parece un semental del lugar, una leyenda olvidada. Después de un buen rato mi mamá ya en el auto me indica que  nos vamos.

Los beatles y un par de mates lavados eran el sustento que nos distraía del tiempo y los kilómetros gastados. Mamá seguía contándome sus anécdotas y nombraba a todas las personas que hace mucho no veía.  Yo la escuchaba atentamente, mientras manejaba. Cada un par de kilómetros se veían ovejas, muy de vez en cuando un par de caballos y quienes estaban muy presentes eran las codornices, que cruzaban velozmente el camino. Frente a nosotros la  inmensidad de la meseta cobraba vida, el reflejo del sol en el asfalto generaba juegos visuales que la vista no podía controlar, el camino desaparecía y los cerros se transformaban en eternos océanos. Me había olvidado lo que se sentía estar en  ese lugar, la paz y soledad eran por supuesto los incondicionales compañeros de viaje.


Al llegar a los Menucos, el pueblo de la piedra laja, decidimos ir a cargar combustibles y seguir camino, después de tantas horas de viajes, estamos a solo treinta minutos de llegar al destino acordado. Las dos estamos ansiosas, el tiempo se estira como un chicle, los minutos parecen horas.
Después de tanta espera ahí estábamos, a tan solo un par de kilómetros. Las casas se perciben como pequeñas hormigas blancas que se mueven apenas por el desplazamiento del auto, los cerros se exhiben como grandes murallas rojizas que  rodean al pueblo, ocultándolo en la gran inmensidad. Un cartel “Sierra colorada” nos da la bienvenida.

De la casa de mi abuela a los recuerdos.

Cruzando el Seferino, llegamos al pueblo. Nos hospedamos en la casa de mi abuela, una casa antigua, de esas en las que el  techo es alto y las puertas de las habitaciones dan a una galería.  Hace mucho tiempo que nadie iba, el piso estaba lleno de polvo, las habitaciones estaban heladas y oscuras. Al abrir las ventanas, los rayos de sol le dieron nuevamente vida a aquel lugar  que alguna vez fue mi gran parque de diversiones. El patio daba a la galería, un parral enorme creaba una especie de paredón con sus ramas enredadas. En el centro, un imponente pino de más o menos cuatro metros de altura reposaba plagado de hermosos  recuerdos  con una gran historia para contar. En 1960, mi abuela tuvo a papá, su primer hijo, como obsequio de una de sus primas obtuvo aquel hermoso pino y Santiago, mi abuelo lo plantó y lo cuidó el resto de su vida. Mientras iba creciendo, mis otros tíos iban naciendo. Cada uno pudo disfrutarlo y jugar en él, treparse era muy divertido. Así fue que dos generaciones disfrutaron de aquel titán. Cincuenta y dos años de vida, una linda representación del árbol genealógico Alberdi.

Ya pasadas las tres de la tarde, después de comer, nos fuimos a recorrer el pueblo. Estaba algo distinto de la última vez que lo había visto, una docena de casas nuevas y un par de edificios municipales aparecían de improviso,  pero no había grandes diferencias de aquel que había dejado. La escuela número 266 Juan Antonio Álvarez seguía intacta. Su patio rudo, formado por unos pocos árboles que daban sombra, en el centro una oxidada campana aparecía colgada de un mástil junto a una bandera que flameaba por el suave viento del este. Volver a ese lugar fue como viajar catorce años en el tiempo,  reencarnar en esa joven niña desprolija que no tenía otra  responsabilidad que  divertirse, jugar y ser inocente. Tiempos de rayuela, payana y elástico. Tiempos de inexperiencia y simpleza, en donde la maldad solo recaía en hacer trampa en la bolita. El ladrón y el policía jugaban roles distintos, ser ladrón era más divertido, y bueno ser policía era menos emocionante, aunque creo que eso mucho no cambió. Mientras caminábamos en silencio cada una tomaba sus propios recuerdos y los  revivía en a cada paso que dábamos. Después de un rato de mudez mi mamá levanta la mano y señala hacia el fondo “ves esa casa de techo verde, bueno ese fue la primera instalación del secundario, ahí viví durante unos cuantos años, ya me había olvidado de cómo se veía”. Sus ojos mostraban una mirada intensa, una sonrisa escondida acompañaba la nostalgia que producía volver a aquellos tiempos ya casi olvidados.  Enfrente el Jardín Nº 82 reposaba colorido, las hamacas meneaban a ritmo del viento, los álamos que alguna vez fueron pequeños arbustos, ahora eran grandes murales de protección ante tanto rayo de sol y calor.

Ya pasadas las cuatro de la tarde, decidimos ir a cargar el termo e ir a tomar mates al cerro. En el camino nos cruzamos con otro recuerdo, Silvia, mi niñera de toda la infancia. “Doña Dolores cuanto tiempo” acompañado de unos brazos abiertos y una gesto de alegría. “Cuanto tiempo” frase  utilizada en varias ocasiones no tardo ni diez minutos para ser  invocada de nuevo, Jorge nuestro querido vecino aparecía en una camioneta blanca. Y ahí estábamos, los cuatro parados en frente de la casa de mi abuela. El “¿te acordás? Y “qué lindos recuerdos” eran la prosa de un himno eterno, innumerables anécdotas caían de nuestros labios, inundando la vereda de un acogedor elixir que daba vida a la solitaria y vacía calle. La tarde estaba fría, pequeñas aureolas de vapor salían de nuestras bocas junto a cálidas risas que ambientaban el lugar y hacían olvidar las bajas temperaturas. Después de las idas y vueltas en el tiempo, de la acentuación del paso de los años y el “qué grande que estás, estás hecha una señorita” Jorge nos organizó un asado en su casa, nos esperaba una rica cena acompañada de buenos amigos y un cordero patagónico, que más se podía pedir.

Después de despedirnos, el mate ya estaba en el olvido, decidimos ir a visitar a las viejas amistades. Mi mamá fue a ver a Marita, una de las primeras alumnas, mientras yo decidí ir a caminar un poco. Cada paso que daba estaba acompañado de un saludo y una sonrisa. Todos me reconocían por la hija de Javier y Dolores, y algunos otros por aquella niña que había dejado atrás. Mientras recorría calles que me eran familiares vi un rostro conocido que había mutado por el paso del tiempo pero que seguía teniendo esos ojos achinados color miel y esa sonrisa blanca como la nieve. Era Nicolás, el hijo de Jorge, mi gran amigo de la infancia. Un fuerte y afectuoso brazo nos reencontró. Y ahí estábamos caminando los dos interpretando el pasado con carcajadas. Las casitas frustradas, las carreras en bicicletas, los escondites secretos de los cerros, las peleas que duraban unos pocos segundos, todo aparecía  y no tardaba mucho en desvanecerse, dejando pie para otro recuerdo.

Una cena de amigos

De noche Sierra es otro mundo, las calles están más solas que nunca, no hay un alma caminando sobre ellas. El frío se acentúa mucho más, los postes de luz alumbran las esquinas y dan vida a un ecosistema de bichos nocturnos, las polillas pelean contra el foco chocando   una y otra vez. De vez en cuando pasa algún auto. El comedor, que esta al lado de la terminal, ya casi saliendo del pueblo es el único salón que acoge a un par de persona. El horizonte es un océano helado que no permite ver más allá de los cerros, la inmensidad cobra vida aislando el pueblo de aquel paisaje escondido por la noche.

Cruzando casi todo el pueblo llegamos al barrio, un plan de viviendas construido en 1994, una cuadra de 16 casas lo formaban. En la esquina estaba la que alguna vez fue de mi familia. No estaba como la habíamos dejado, la pintura estaba salida y manchada, las rejas de las ventanas ya no estaban y el pasto estaba cubierto de yuyos. Una fragancia riquísima inundó la vereda, a dos casas nos estaba esperando Jorge con el esperado asado patagónico.

Diez y media de la noche, ya sentados todos en la meza, Jorge, Mabel, su mujer, Nicolás, Manuel, el otro integrante del clan del barrio y yo. Acompañados de costillas de cordero, chinchulines, mollejas y el infaltable riñón que como generosidad del asador siempre es destinado a los invitados, en este caso para mi mamá. Para no perder costumbre, las charlas rememoran los tiempos pasados, el vino tinto imperdible entrega carcajadas y festividad a la noche. La sobremesa se hace interminable y se resiste a terminar. Los adultos se disfrazan de jóvenes contando historias a conveniencia, ajustándose a la situación. Vienen fiestas y encuentros olvidados, teñidos de nostalgia y buenos momentos. El colegio, los egresos, las fiestas del cordero y del estudiante son algunos de ellos. De repente las charlas se transforman en más serias y las problemáticas del pueblo se desprenden en un abanico de opiniones e ideologías. Nombres como Alejandro Marinao y Miguel Gasquez aparecen, son los antiguos intendentes, críticas y reconocimientos se entremezclan junto la voz y voto de cada postura.  Ya pasadas la una  de la mañana, después de un largo tiempo de regocijo, con los chicos decidimos ir a dar una vuelta para poder charlar lejos de los oídos de los mayores.

Subidos en el auto nos dirigimos hacia el Seferino, alejados del pueblo, nos detenemos ante la inmensidad de la oscuridad y el resplandor de las luces distantes. Hacia el sur se ve el pequeño paraje, y del otro la nada misma. Las estrellas brillan más que nunca,transformando el cielo en un valle de puntos blancos y amarillos, de vez en cuando aparecen las estrellas fugaces acompañadas de satélites dándole movimiento a tanto paisaje inmóvil. Acostados sobre el asfalto nos zambullimos en la infinidad y nadamos sobre espesas aguas de silencio y reflexión.  Fue por primera vez en el día que me di tiempo  para sentir nostalgia. Después de unos largos minutos, cada uno comenzó a relatar la vida que estábamos emprendiendo, lo que cada uno estaba estudiando y lo  que pretendía hacer algún futuro. Nico después de estudiar Computación en Chipoletti, una de las grandes ciudades del valle, estaba emprendiendo un proyecto para el pueblo, un ciber, decía que lo quería ver crecer y se negaba abandonarlo, esa eran sus palabras textuales. En cuanto a Manu estudiaba Turismo en San Antonio oeste y su proyecto también estaba destinado al pueblo del lejano oeste… decía que quería mostrarle al mundo la belleza oculta y desaprovechada. Escucharlos con tanta energía y entusiasmo me dio alegría, esperanza.  Ese sentimiento que creí haber dejado de lado hace mucho tiempo renació en cada palabra que emitían los chicos. El pueblo tenía titanes que seguían sus pasos sobre las piedras rojizas, riñendo contra el tiempo y el olvido, había futuro. Si bien existe una gran problemática que es latente y notable, el abandono de las instituciones y los gobernantes, mas la privatización de los los ferrocarriles que nos proporcionaron los noventa, hicieron de Sierra un Pueblo fantasma, borrado del mapa y de las planificaciones gubernamentales, dependiendo de la producción ganadera ovina, dejando pocas oportunidades para la juventud que se niega a trabajar como  peón, una de las pocas salidas laborales que ofrece el lugar, sacando los empleos públicos. Ver jóvenes con la camiseta puesta es gratificante.

Concluyendo la noche, nos despedimos con una gran abrazo y con un apasionado “que este sea el principio de muchos  encuentros más”. Alejándonos a paso ligero, cada uno por su camino, ninguno giró  la cabeza, pero se que en cada movimiento que dábamos, nuestra mente armaba el rostro del otro pensando en el tiempo y en lo loco que era volver a estar juntos. Mi rostro inmóvil por el frío, flexionaba mis pómulos, dejando caer una sonrisa en cada pensamiento. Era increíble lo que estaba sintiendo, estaba feliz otra vez.

Otra vez decir adios.

Y otra vez, el despertador suena a las nueve de la mañana, esta vez el frío de afuera nos invita a levantar. Unas cuantas frazadas de lana  custodiaron la noche, enfrentando al frío y la helada. Después de dar un par de vueltas en la cama, nos levantamos. Nos aguardaba un rico desayuno conformado por unas ricas y esponjosas  tortas fritas junto a tibios mates que animan al cuerpo en cada sorbo. Pasadas las 11, y ya con todo listo emprendimos el viaje de regreso. El poco sol que había nos despedía junto a algunos niños que jugaban en la vereda. Las dos mirando al frente y sin emitir ninguna palabra le soltamos la mano a Sierra, pero con la promesa de regresar, y eso nos aliviaba de aquella nostalgia que teníamos al volver nuevamente a casa.

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