¿Quiénes somos?





Somos estudiantes de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires. Este blog es producto del trabajo que realizamos en la comisión 63, coordinada por la profesora Claudia Risé y la alumna Emilia Cortina, durante la cursada anual del 2012 del Taller de Expresión I, cátedra Reale.

No se acuerde, por favor


Ezequiel Huton

¿Qué importa quién habla? Jorge Luis Borges

            Estaba yo el otro día reunido con un grupo de amigos cuando un cuadro en la pared hizo que detuviéramos la conversación. Nos pusimos a apreciarlo. Era arte abstracto, sin dudas. Cada uno de los que se encontraba en aquella reunión, trato de interpretar lo que decía esa extraña pintura. Empezaron las discusiones. Interesantes debates se estaban dando cuando el anfitrión, que hasta ese momento estaba desconcentrado, anunció que el cuadro lo había pintado él, en salita de cuatro. Cesaron por completo las disputas. El cuadro ya no nos decía nada, ya no nos quería decir nada. Había sido pintado por nuestro estúpido amigo cuando era aún más estúpido.

           La conversación siguió su cauce normal, pero yo me quedé pensando. ¿Qué hubiera pasado si el cuadro lo hubiera pintado alguien muy pero muy famoso? Todavía estaríamos buscándole el sentido.

            Es por esto que desperdicio estas horas escribiendo esto que usted está ahora mismo leyendo. Y ya que estoy malgastando mi tiempo y usted  también, voy a ser muy claro:

           Me importa extremadamente poco quién hace. Quién escribe, quién canta, quién pinta, quién. Importa qué se escribe, qué se canta, qué se pinta, qué se hace.

         Una obra de arte es buena por sí misma o no es buena. ¿Qué es eso de tener que conocer al autor para entender la obra? Eso no es arte, es historia.

           Es curioso como en ciertos ámbitos los nombres no importan, es más, nos piden que no los demos. Para participar en un concurso de literatura tenemos que utilizar un seudónimo. ¡Muy bien! ¿Para qué? Para que el jurado no se vea condicionado por ningún nombre. Pero es ilógico pensar que el condicionamiento solo le ocurre al jurado. Nos ocurre a todos, cuando leemos algo y conocemos al autor, estamos limitados. Y no queremos más limitaciones.

          “Exigen que su nombre sea preservado junto a su obra, en la esperanza de que el olvido, que a todos nos hunde más temprano que tarde, pacte con él un armisticio”. Groucho Marx.

         ¡Ilusos! Aunque hagan el mejor cuento del mundo y pongan una firma bien pero bien grande, se olvidarán de ustedes. Sí, se olvidarán de ustedes aunque canten la mejor canción del mundo. Un artista es quien hace arte porque le apasiona crear. Un hombre que hace arte para vender o ser famoso es un simple comerciante. Quien presenta su obra en sociedad está decidiendo compartirla con el mundo. Y no hay peor persona que quien comparte algo al resto pero todo el tiempo les recuerda que se los está compartiendo.

         ¡Egoístas! Al pretender que su nombre permanezca en lo más alto por el resto de la eternidad impiden que otros, llamémoslos los sin nombre, puedan mostrarse. Hoy, un autor que ya ha probado que es exitoso tiene el futuro asegurado, toda su creación estará siempre condenada a ser buena.  Un sin nombre, en cambio, haga lo que haga, tendrá muy difícil la tarea de mostrar su obra.

            ¡Olvidadizos! Los que llegaron a lo más alto y se olvidaron todo lo que les costó, porque había algunos que acaparaban todo intentando ser eternos. Ahora los nuevos, antes sin nombre, poseen uno y forman un círculo vicioso. Tampoco se quieren ir pero también serán olvidados.

             “Las ideas se ahogan en las palabras” Franz Ferdinand                               
                                                                                 
            Algún hombre, vestido de saco y corbata me apuntará con el dedo y me acusará de que el mundo no podría funcionar sin la noción de autor. Todo se volvería desorganizado. ¡Y eso queremos! Basta de prolijidad, que vivan las ideas, dejemos de encerrarlas.

             Otra cuestión que les preocupa a los de saco y corbata es la del plagio. Sin nombres, cualquiera podría atribuirse la obra de otro. Pero sin nombres nadie pensaría en atribuirse nada. Además, aunque pretendan disfrazarlo, nadie sale de una nube e inventa algo. 

            Todas son redefiniciones de conceptos que ya conocimos de otras personas. Menos mal que no tenemos que mencionar de quién sacamos cada una de nuestras ideas. Ése sería el mundo más prolijo, el mundo más perfecto, el que quieren los formales. No habría espontaneidad, ni diversión, estaríamos ahogados en nombres. Nombres y más nombres. 

           “La eternidad nos precede, la eternidad nos sigue; entre dos infinitos, ¿Qué puede importar  a nadie la situación de un simple mortal? Olvida, pues, lector, mi nombre y fíjate únicamente en mis pensamientos”  Sir Alex Ferguson

           Las revoluciones se hacen de a poco. Comenzar por las obras de arte no está mal; confundamos.

            Luego nos iremos expandiendo y llegará el día en el que prevalezcan las ideas por sobre las personas. Ése será el día en el que el mundo se volverá mucho más interesante. Y yo, quién comenzó la revolución, seré olvidado como todo el resto. Solo perdurará la idea de liberar a las ideas de los nombres. Ése será el mayor triunfo.

            Así que a usted, querido lector, si llegó hasta acá, le pido un único favor. No se acuerde de mi nombre. No se acuerde del título del ensayo. Por favor, retenga la idea. Acéptela, refútela, destrócela, ignórela. Haga lo que quiera con ella y, mientras tira esto a la basura,  déjeme a mí descansar tranquilo que mi nombre es solo una circunstancia, pero la idea  vivirá por siempre.

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