Ezequiel
Huton
¿Qué importa
quién habla? Jorge Luis Borges
Estaba yo el otro
día reunido con un grupo de amigos cuando un cuadro en la pared hizo que
detuviéramos la conversación. Nos pusimos a apreciarlo. Era arte abstracto, sin
dudas. Cada uno de los que se encontraba en aquella reunión, trato de interpretar lo que decía esa
extraña pintura. Empezaron las discusiones. Interesantes debates se estaban
dando cuando el anfitrión, que hasta ese momento estaba desconcentrado, anunció
que el cuadro lo había pintado él, en salita de cuatro. Cesaron por completo
las disputas. El cuadro ya no nos decía nada, ya no nos quería decir nada.
Había sido pintado por nuestro estúpido amigo cuando era aún más estúpido.
La conversación
siguió su cauce normal, pero yo me quedé pensando. ¿Qué hubiera pasado si el
cuadro lo hubiera pintado alguien muy pero muy famoso? Todavía estaríamos
buscándole el sentido.
Es por esto que
desperdicio estas horas escribiendo esto que usted está ahora mismo leyendo. Y
ya que estoy malgastando mi tiempo y usted también, voy a ser muy claro:
Me importa
extremadamente poco quién hace. Quién escribe, quién canta, quién pinta, quién.
Importa qué se escribe, qué se canta, qué se pinta, qué se hace.
Una obra de arte
es buena por sí misma o no es buena. ¿Qué es eso de tener que conocer al autor
para entender la obra? Eso no es arte, es historia.
Es curioso como
en ciertos ámbitos los nombres no importan, es más, nos piden que no los demos.
Para participar en un concurso de literatura tenemos que utilizar un seudónimo.
¡Muy bien! ¿Para qué? Para que el jurado no se vea condicionado por ningún
nombre. Pero es ilógico pensar que el condicionamiento solo le ocurre al
jurado. Nos ocurre a todos, cuando leemos algo y conocemos al autor, estamos
limitados. Y no queremos más limitaciones.
“Exigen que su
nombre sea preservado junto a su obra, en la esperanza de que el olvido, que a
todos nos hunde más temprano que tarde, pacte con él un armisticio”. Groucho
Marx.
¡Ilusos! Aunque
hagan el mejor cuento del mundo y pongan una firma bien pero bien grande, se
olvidarán de ustedes. Sí, se olvidarán de ustedes aunque canten la mejor
canción del mundo. Un artista es quien hace arte porque le apasiona crear. Un
hombre que hace arte para vender o ser famoso es un simple comerciante. Quien
presenta su obra en sociedad está decidiendo compartirla con el mundo. Y no hay
peor persona que quien comparte algo al resto pero todo el tiempo les recuerda
que se los está compartiendo.
¡Egoístas! Al
pretender que su nombre permanezca en lo más alto por el resto de la eternidad
impiden que otros, llamémoslos los sin nombre, puedan mostrarse. Hoy, un autor
que ya ha probado que es exitoso tiene el futuro asegurado, toda su creación
estará siempre condenada a ser buena. Un sin nombre, en cambio, haga lo
que haga, tendrá muy difícil la tarea de mostrar su obra.
¡Olvidadizos! Los
que llegaron a lo más alto y se olvidaron todo lo que les costó, porque había
algunos que acaparaban todo intentando ser eternos. Ahora los nuevos, antes sin
nombre, poseen uno y forman un círculo vicioso. Tampoco se quieren ir pero
también serán olvidados.
“Las ideas se
ahogan en las palabras” Franz Ferdinand
Algún hombre,
vestido de saco y corbata me apuntará con el dedo y me acusará de que el mundo
no podría funcionar sin la noción de autor. Todo se volvería desorganizado. ¡Y
eso queremos! Basta de prolijidad, que vivan las ideas, dejemos de encerrarlas.
Otra cuestión que
les preocupa a los de saco y corbata es la del plagio. Sin nombres, cualquiera
podría atribuirse la obra de otro. Pero sin nombres nadie pensaría en
atribuirse nada. Además, aunque pretendan disfrazarlo, nadie sale de una nube e
inventa algo.
Todas son
redefiniciones de conceptos que ya conocimos de otras personas. Menos mal que
no tenemos que mencionar de quién sacamos cada una de nuestras ideas. Ése sería
el mundo más prolijo, el mundo más perfecto, el que quieren los formales. No
habría espontaneidad, ni diversión, estaríamos ahogados en nombres. Nombres y
más nombres.
“La eternidad
nos precede, la eternidad nos sigue; entre dos infinitos, ¿Qué puede importar
a nadie la situación de un simple mortal? Olvida, pues, lector, mi nombre
y fíjate únicamente en mis pensamientos” Sir Alex Ferguson
Las revoluciones
se hacen de a poco. Comenzar por las obras de arte no está mal; confundamos.
Luego nos iremos
expandiendo y llegará el día en el que prevalezcan las ideas por sobre las
personas. Ése será el día en el que el mundo se volverá mucho más interesante.
Y yo, quién comenzó la revolución, seré olvidado como todo el resto. Solo
perdurará la idea de liberar a las ideas de los nombres. Ése será el mayor
triunfo.
Así que a usted,
querido lector, si llegó hasta acá, le pido un único favor. No se acuerde de mi
nombre. No se acuerde del título del ensayo. Por favor, retenga la idea.
Acéptela, refútela, destrócela, ignórela. Haga lo que quiera con ella y,
mientras tira esto a la basura, déjeme a mí descansar tranquilo que mi
nombre es solo una circunstancia, pero la idea vivirá por siempre.
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