¿Quiénes somos?





Somos estudiantes de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires. Este blog es producto del trabajo que realizamos en la comisión 63, coordinada por la profesora Claudia Risé y la alumna Emilia Cortina, durante la cursada anual del 2012 del Taller de Expresión I, cátedra Reale.

Griseldas Marianas y Fabianas


          Tendidos entre los olivares de Don Casiano a los cuales nos habíamos adentrado burlando la custodia de un perro viejo, me miró y me dijo “Esto es hermoso pero qué tanto más hermoso sería encontrarnos en un lugar desconocido…uno que no hayamos visto pero que sepamos que está ahí, como ese pájaro que se escucha desde tu ventana pero del cual no conocemos el color. Un lugar virgen en lo que a opinión humana respecte, del cual seamos los primeros que lo vulgaricen con definiciones en esa innecesaria forma humana de apropiarnos de las cosas, de los lugares. ¿Te imaginas ser los primeros, Dínora? ¿Los primeros en desnudar y definir un lugar? En algún momento tendré el dinero y nos iremos, lo prometo…”

           Yo reí como cada vez que me planteaba irnos, idea que había sido reiterada por él varias veces, como un niño empecinado con un juguete que seguramente cuando podrá tener no querrá mas. Y como todas esas veces, reí ante su propuesta como ríen las niñas cuando no entienden de lo que le están hablando. Porque esa era la situación: yo era una niña y el me hablaba de algo que no entendía. No entendía como quería irse del pueblo, dejar a su familia, dejar su tierra, dejar ese olivar donde estábamos tendidos.

También reía para maquillar el dolor de saber que mi orgullo me impedía ir con él. Sabía que como a mí me decía de partir también se lo decía a Griselda, a Mariana a Fabiana o al menos así lo sabía el rumor anónimo. ¿Se llamaban Griselda Mariana y Fabiana? No lo recuerdo fehacientemente, pero las llamé siempre así y prefiero no cambiar de parecer. Tampoco sabía de sus caras que, por suerte, nunca me había cruzado en el pueblo, ni me las habían señalado. ¿Quienes eran ellas? ¿Quiénes me impiden seguirlo a él, al amor de mi vida? Me preguntaba seguido. ¿Las querrá mas que a mí? Si bien no las conocía las sentía y también sentía sus voces, las cuales imaginaba y solo podía callarlas en el olivar de Don Casiano (ese lugar que era solo nuestro, ni de Griselda ni de Mariana ni de Fabiana).

Desafiando a quienes no creían que lo haría, incluida yo, un día consiguió juntar todo ese dinero y se fue. Cuando me lo contaron nuevamente reí pero esta vez porque no lo quise creer; hasta que el paso de tiempo me redundó una y otra vez la realidad de que él no estaba y ahí fue cuando lloré. Lloré porque entendí que no iba a volver y entender siempre conlleva dolor.

           Llegaban rumores acerca de dónde estaba y qué estaba haciendo: que lo habían visto anclando un bote en un puerto olvidado, que luego había partido a fines de llegar a una isla donde el sol no se pone, que había perdido todo y no tenía como regresar…y así muchos rumores más (unos más felices que otros pero todos insuficientes a mí que al no tener sus manos quería algo que al menos ellas hayan tocado). Una carta, un envío; presa del disgusto hasta llegué a preferir un cajón antes que lo único que nos devolvía el viento: rumores, rumores insatisfactorios.


Un día, después de muchos años finalmente llegó una carta, una carta con mi nombre. ¿Le habrá mandado a Griselda a Mariana y a Fabiana también? Me acuerdo de haber pensado. Dejé a Tiziano en su cuna, y aproveché que su padre no había vuelto de la herrería para abrirla. Lo hice desesperadamente, desesperadamente y tocando cada centímetro de papel disponible pensando en que sus manos los habían doblado pensando en mí, en mí y no en Graciela ni en Mariana ni en Fabiana.

“Encontré el lugar del que te hablé, Dínora. Te definiría como es pero no lo entenderías, ya que tratando de definirlo sólo puedo decir de él que es el lugar donde no estás” y nuevamente lloré como seguramente habrán llorado con su ida todas las Gracielas Marianas y Fabianas que nunca fueron ellas y que siempre fueron solamente mis miedos. Mi miedo a dejar el lugar que era mío o que me habían dicho que era mío, mis miedos a dejar a mi familia y a mis deberes, mis miedos a dejar todo para ser feliz.

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