¿Quiénes somos?





Somos estudiantes de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires. Este blog es producto del trabajo que realizamos en la comisión 63, coordinada por la profesora Claudia Risé y la alumna Emilia Cortina, durante la cursada anual del 2012 del Taller de Expresión I, cátedra Reale.

Pupilas


''Volver es darse de bruces con aquello que fue y con aquello que nunca más volverá a ser y con lo que sigue siendo igual, imperturbable. Volver, como retroceder en el tiempo, como huir para atrás, es imposible''
Tiempo de retorno - Luisa Valenzuela

       En la madrugada del viernes 6 de febrero de 2005 estaba sentada en la sala del hospital próxima a una camilla en donde Michael estaba recostado, mirándolo perpleja y un tanto desorientada. Por un instante me vi pequeña, diminuta y vulnerable, pidiendo ayuda al vacío. Los minutos para Michael estaban contados. Sentí que había fracasado; aspiraba ser lo mejor en su vida para hacerlo olvidar de todos aquellos fantasmas, pero nada había alcanzado. Componer la situación en este punto era imposible. Los médicos habían dicho que ya era demasiado tarde, su sistema nervioso estaba enteramente comprometido. Me quedé a su lado, cuidándolo. Algo me decía que no era la última vez que lo haría. Habían pasado veinte minutos, veinte eternos minutos mirándolo fijamente, mientras las lágrimas inundaban mi cara. Olvidé mi casa, mis padres, mi vida. Todo se resumía en él, ninguna otra cosa podía atravesarse en mi mente. Michael se iba con cada respiro y eso me estaba torturando, no podía soportar semejante dolor. Levanté la vista por un instante, cuando de repente pude sentir cómo presionó fuertemente mi mano izquierda; se estaba despidiendo.

       En mi cumpleaños número dieciocho, se cumplía un año exacto de haber conocido a Michael. Él hombre más increíble que amé después de mi padre. Su llegada me cambió en todos los aspectos. Él arrasó por completo con los últimos vestigios de inocencia y pureza que aún persistían en mí y selló cada recoveco de mi vida con nuevas y variadas formas de ver el mundo. Supo controlar el frenesí propio de mi edad y hacerme crecer día a día un poco más. Junto a él los problemas se desvanecían. Todo lo compartíamos, nos llegamos a conocer a la perfección, y juramos no separarnos jamás. Durante el tiempo en que estuvimos de novios, casi un año y medio, viví como pocas veces alguien vive. Viví con esa fuerte convicción de sentirse aún más vivo que antes a medida que los minutos van avanzando. Michael era mi compañero de vida, a quien conocí en mi último año de secundaria. Su padre había muerto en un accidente cuando tenía doce años. Creo que ese golpe hizo que madurara más tempranamente y se diferenciara del resto de los adolescentes. No tenía hermanos así como tampoco tenía contacto alguno con su escasa familia. Yo notaba dolor en su mirada, una mirada que pedía refugio a gritos. Adoraba su perfil bajo, siempre callado, misterioso... Me enloquecía, sentía una atracción hacia él difícilmente explicable. Me intrigaba, quería -necesitaba- conocerlo. Y no tardé en hacerlo. Dos semanas antes del baile de graduación, decidido, me pidió que fuera con él. Decían que yo era una joven atractiva, que tenía algo que llamaba la atención y atrapaba. Yo nunca me consideré una joven hermosa, pero sí creía en eso que decían. Había algo que por alguna razón incitaba a que las personas se quedasen mirándome fijamente a los ojos por un instante. Después de esa, no recuerdo haber vivido alguna otra noche sin él haciéndome compañía. Reíamos, recordábamos el pasado, nos descubrimos a nosotros y descubrimos el amor. Así siguió siendo una vez que terminamos la secundaria, siempre juntos.

       El deseo de estar con Michael no se desvirtuaba con el paso del tiempo, al contrario, aumentaba cada vez más. Sentía que se había apropiado por completo de mí. Lo llegué a amar hasta los huesos. Pronto fui conciente de que, pese a mi corta edad, ya había encontrado a esa persona con la que caminaría de la mano por el resto de mis días.

       La pérdida de su padre y la falta de contención de parte de su madre, quien había hecho pareja poco tiempo después del fallecimiento de su padre, lo llevó a recurrir a las drogas. Supe la verdad un año después de conocerlo, cuando su adicción comenzó a agravarse hasta volverse inocultable. Preferí ignorarlo a pesar de que por dentro, me hacía daño. No sabía cómo podía llegar a terminar, pero sí sabía que lo seguiría a cualquier parte.

       Nuestro mundo era perfecto, pero por fuera de él, existían muchas fallas. A sus casi veinte años, Michael no encontraba motivación alguna. Se sentía vacío. O muy lleno de desgracia. La vida comienza a hacerse más espesa con el pasar de los años... ¿O será que uno empieza a ser más conciente de todo?

       Había pasado un mes desde que habíamos decidido distanciarnos para bien de ambos. Las cosas estaban empeorando; y el cambio en él era visible. Sus estados de ánimo eran muy inestables, y eso llegó a irritarme bastante. No lograba entender el por qué de muchas de sus acciones. ¿Acaso no habíamos construido un refugio juntos? Sentía que de a poco me estaba dejando de lado, y que, simultáneamente, me estaba arrastrando. ''A veces el amor no es suficiente y el camino se pone duro. No sé por qué'' me dijo mi madre una vez. Por fin comenzaba a entender esa frase.

       En la tarde del 5 de septiembre encontré una foto que nos habíamos sacado una noche en el parque de diversiones, hacía unos meses. Recordé esa noche con exactitud; nos habíamos escapado juntos cuando el parque ya había cerrado. Recordé los besos y las risas; la felicidad brotaba de esa foto en su estado más puro. Lo llamé para contarle aquello, necesitaba escucharlo. Pero ese día lo desconocí totalmente. Malditas drogas, se estaban llevando lo que mas adoraba en la vida. La locura se iba apoderando tanto de él como de mí, y casi ni lo percibíamos. Yo, por mi parte, comencé a cerrarme y a obsesionarme con su situación. Quería salvarlo, resguardarlo, pero el panorama lucía cada vez más turbio. Tuve miedo por él, por mí, por ambos.

       Necesité ser lo suficientemente fuerte para continuar con mi vida después de la muerte de Michael, y hacía ya un buen tiempo desde que había perdido mis últimas esperanzas de encontrar esa fortaleza. No había forma de revertir nada de lo sucedido, o quizás sí… De lo único que estaba segura era de que no me iba a quedar con los brazos cruzados. El tiempo para mí se detuvo y marcó el inicio de un viaje intenso. Un viaje que implicaba reinventarme, torcer el destino y reescribirlo a mi manera. No dejar que las cosas sigan su curso, sino más bien salirme con la mía. Hubo un día en donde sentí que perdía al gran amor de mi vida para siempre y que jamás volvería a verlo. Me bastó con imaginarme lejos de su voz, de su piel, para salir corriendo a impedirlo. Habíamos jurado estar juntos para siempre. Y las promesas se cumplen, en esta u otra vida. No me fue fácil; abandoné mi esencia y hasta mi propia razón. Una foto juntos, una cuota de locura y un impulso. Coraje y precisión. Valentía... En eso me parezco a mi madre. Seguir su ejemplo: brutal pero acertado. Dejaba atrás mi presente por algo mucho mejor. Toda una vida a su lado. No necesitaba armar valijas ni mucho menos, se trataba de despojarme de todo, de estar dispuesta a empezar de cero una vez más. Después de todo, ¿qué se supone que hubiese quedado de mi sin él?. Estaba convencida de que nada. Absolutamente nada. Podría sobrevivir, pero nunca vivir. El color de mis pupilas se iba perdiendo lentamente, pero mis ojos brillaban más que nunca. Estaba ansiosa por encontrar a Michael, ansiosa por abrazarlo y besarlo hasta el cansancio. Extraordinaria sensación de despegarse de la realidad para viajar y recuperar lo que es de uno. Para no separarse nunca más de aquello que nos hace tan bien. Un viaje que no tiene escalas pero si un punto de llegada. Desaparecen las preocupaciones, los placeres, hasta el nombre mismo. Se es. Tan simple como eso. Así fue como de pronto, en un descuido, mis pies dejaron de responderme. Pero eso no importó, porque ya no los necesitaba. Sentía que cada vez estaba más cerca de Michael. El viaje no duró mucho más. Cerré mis ojos por un momento y allí lo vi. Más hermoso que nunca, llorando de felicidad. No podía creer que lo había seguido, creyó haberme perdido desde que partió. Apenas nos abrazamos, la calma nos invadió. Estábamos los dos, juntos, como siempre lo habíamos planeado. Y de a poco nos fuimos evaporando, desvaneciendo. No quedaron rastros de nosotros. Ni siquiera nuestras sombras. Éramos, porque estábamos juntos, y a la vez no éramos...

       En algunas cosas me parezco a mi madre. Heredé su entereza y su seguridad. Y un poco de locura, quizás... Aunque creo que en el fondo todos estamos un poco locos. Yo a los diecinueve lo estaba lo suficiente como para desafiar a la vida sin escrúpulo alguno. Nunca supe si estuve realmente enamorada. No supe distinguir el delirio del amor. De todas formas, algo en común tienen. Ambos te pueden conducir a la muerte.


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