¿Quiénes somos?





Somos estudiantes de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires. Este blog es producto del trabajo que realizamos en la comisión 63, coordinada por la profesora Claudia Risé y la alumna Emilia Cortina, durante la cursada anual del 2012 del Taller de Expresión I, cátedra Reale.

Crónica de fotografías, maníes confitados y un gato


“Al entrar, encontraron, colgado de la pared, un espléndido retrato de su señor, con el aspecto que le habían visto últimamente, en toda la maravilla de su exquisita belleza. Tendido en el suelo, había un hombre muerto, en traje de etiqueta, con un cuchillo clavado en el corazón. Estaba canoso, arrugado y tenía un rostro repugnante. Hasta que no examinaron sus sortijas no le reconocieron.”
El retrato de Dorian Gray – Oscar Wilde

             Ingresamos al Centro Cultural Jorge Luis Borges, nunca antes había entrado a ese magnífico edificio ubicado entre Viamonte y San Martín, no es que soy una persona “a-artística”, sino que, al ser del interior no puedo ni siquiera imaginarme el torrente de eventos culturales que tiene diariamente la Capital Federal. Me deslumbro frente a tanto lujo. ¡No puedo creer que no debamos pagar entrada!

            Hago todo lo posible por empujar a mi amiga hacia las escaleras mecánicas, me pregunto qué ha pasado con mi “condición atlética”, ¡ah, qué dulce que es la ironía, nunca poseí semejante condición! Continuamos subiendo y subiendo, hasta llegar al tercer piso. Nos recibe una magnífica pared circular blanca, en ella, están pegadas letras que forman el nombre de la fotógrafa: Mirjam Letsch. Me sorprende el nombre, le digo a mi amiga que, como hablante coloquial del esloveno, ese nombre se pronunciaría “Miriam”, ya que la “Jota” se articula “I”, de igual manera que mi apellido.

            El salón es luminoso, espacioso, silencioso, no hay un alma más que la de mi amiga, la del hombre de seguridad y la mía. Siento paz dentro de este espacio, olvido que me encuentro en el centro neurálgico del país y me dejo llevar por el sentido de la visión. Aunque no hay división, hay dos artistas que presentan sus obras, es evidente diferenciarlas porque unas son pinturas y otras fotografías. Decidimos raudamente comenzar por el extremo más lejano de la exposición fotográfica.

            India. Comienzo a verlas, a intentar “sentirlas”, a forzar mi mente para relacionar lo que observo con lo que leí de “La cámara lúcida” esa misma mañana en el tren. Veo rostros demacrados por los años de hambruna, anoréxicos por la pobreza, enmarcados por centenares de arrugas causadas por la preocupación de procurarse un día más de vida. Enfundadas en magníficas telas coloridas, estas mujeres me siguen con la vista, con aquellos ojos penetrantes que me quitan el aliento y la movilidad.

            De repente, freno y dispongo mi entera atención y concentración a una fotografía. Tiene el mismo tamaño que todas las demás, cuelga entre otras tres, hay poca distancia entre ellas, pero no me interesan las demás, sólo existo para esa sola. Predominan intensos y resplandecientes colores naranjados y marrones en la zona izquierda de la fotografía, a contraposición de la derecha, en la cual hay una presencia sólida de oscuridad. Es una esquina de una callecita humilde, veo el ángulo de noventa grados que crea el edificio, sus paredes aparentar estar realizadas con una mezcla de arena, lo que le aporta una textura que parece ser grumosa. Lo que más me sorprende es que, en el rincón inferior izquierdo de la fotografía, en lo que vendría a ser la calzada, se encuentra un hombre con su puesto de maníes confitados.

            Y en ese preciso instante, en este aquí y ahora, siento un terremoto dentro mío, mi alma se sacude, mi mente intenta hacer insight y comprender qué es lo que me está ocurriendo frente a esta fotografía que, para cualquier otra persona, es una fotografía más pero para mí no es así. Hurgo dentro de mis recuerdos y allí encuentro la respuesta de todos estos singulares sentimientos apocalípticos.

            Mi mente viaja en el tiempo unos quince años atrás, me encuentro detrás del asiento del conductor de un Chevette colorado, estacionado casi en la esquina de Elflein y Onelli (pleno centro comercial de la ciudad de Bariloche). Mi madre acababa de salir del auto, diciéndonos que nos portáramos bien, que iba a comprar unos cubanitos y volvía. Pero yo me siento mal y estoy en la obligación de ir a anunciárselo, me duele la cabeza y estoy mareada. Desplazo el asiento, abro la puerta, corro hacia el local, entro, siento el olor de maní confitado quemado, mi madre me mira, me pregunta qué me pasa y me descompongo.

            Me sorprendo al reconocer que aún puedo recordar eventos tan pasados en un contexto tan disímil como el que estoy viviendo, me percato de que puedo volver a ser pequeña, que el tiempo no ha pasado, igual que Dorian Gray y su famoso retrato que lo mantuvo joven y puro durante decenas de años.

            Luego de ese instante de estupor, continúo observando y analizando las fotografías. Paso de unos enigmáticos rostros hindúes a escenas de terror y dolor que se dan en un hospital de niños de Vietnam. Es demasiado agresivo para mi vista, no creo ser una persona débil pero estas imágenes generan en mí un sentimiento de impotencia, comprendo que soy incapaz de solucionar los problemas de un mundo repulsivamente desigual. Poso con rapidez mis ojos sobre una niña que está siendo operada en una habitación descuidada, sucia, mohosa, defectuosa e insalubre, su rostro denota sufrimiento y agotamiento. En otra, un par de médicos examinan una radiografía mediante la luz que ingresa por la ventana, parece ser que la analizan e intentan determinar la enfermedad física del convaleciente. Me detengo a pensar, y le comento a mi amiga que hay que tener verdadera pasión para curar con esta deficiencia de herramientas médicas, deben de amar –con el amor más puro – a cada uno de sus pacientes.      

            Termino la muestra con algunas fotografías de Países Bajos. Son magníficas aunque se me presentan como una reproducción de otras, no pienso que sean copias, en lo más mínimo, sino que son clichés. La típica imagen de los tulipanes rojos holandeses –que, además, he tenido una similar como fondo de pantalla en la computadora-, el pasto verde y brillante, el ambiente impoluto y puro, en esencia me es indiferente, común, calcada, no le encuentro la novedad. No debo buscar el significado oculto que quiso transmitirme la fotógrafa porque con un sencillo vistazo lo encuentro. Es un simple y repetitivo lugar común que siempre consigue un éxito parcial entre los observadores.

            Me quiero ir en este preciso instante, siento ansias de sentarme en el tren Belgrano, viajar media hora, caminar siete cuadras, subir dos escaleras de quince escalones cada una y tirarme boca abajo en mi cama, pero mis deseos no se cumplen. Mi amiga me propone tomar notas de aquello que vimos, que presenciamos, que interiorizamos, le indico unos escalones, nos sentamos y cada una se sumerge en su mar de letras.

            Comprendo que he reconocido de la mayoría de las unidades de la muestra el studium, que según Roland Barthes “es dar fatalmente con las intenciones del fotógrafo, entrar en armonía con ellas, aprobarlas, desaprobarlas, pero siempre comprenderlas, discutirlas en mi mismo, pues la cultura (de la que depende el studium) es un contrato firmado entre creadores y consumidores”, la fotógrafa ha querido retratar la belleza dentro de la desigualdad y la diversidad, me ha indicado que hay un relativismo puro entre las culturas, no es que los niños holandeses son superiores o inferiores que los vietnamitas, únicamente viven de diferentes contextos de opresión y dominación. Afirmo dentro de mí que una sola fotografía ha sido subersiva, ha podido pincharme y agujerearme: la del hombre hindú que vendía maní en la esquina, no he necesitado horas frente a ella para poder comprenderlo, con tan sólo verla me atravesó limpiamente.    

            Con parsimonia nos levantamos y comenzamos a bajar los peldaños alfombrados –el edificio tiene únicamente escaleras mecánicas que suben-, nos encontramos en el rellano y, de manera repentina, me detengo frente a una serie de fotografías en blanco y negro de un anciano Borges acompañado por su mascota, un precioso gato atigrado que, por cierto, poseía el don innato de posar con exquisitez y elegancia. Después de mostrarle a mi acompañante el felino que podría haber pasado como modelo de Whiskas, nos enfrentamos al viento frío y arremolinado que nos esperaba para acompañarnos a nuestros hogares.


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