“Al entrar, encontraron, colgado de la pared, un espléndido
retrato de su señor, con el aspecto que le habían visto últimamente, en toda la
maravilla de su exquisita belleza. Tendido en el suelo, había un hombre muerto,
en traje de etiqueta, con un cuchillo clavado en el corazón. Estaba canoso,
arrugado y tenía un rostro repugnante. Hasta que no examinaron sus sortijas no
le reconocieron.”
El retrato de Dorian Gray – Oscar Wilde
Ingresamos al Centro Cultural Jorge Luis Borges, nunca
antes había entrado a ese magnífico edificio ubicado entre Viamonte y San
Martín, no es que soy una persona “a-artística”, sino que, al ser del interior
no puedo ni siquiera imaginarme el torrente de eventos culturales que tiene
diariamente la Capital Federal. Me deslumbro frente a tanto lujo. ¡No puedo
creer que no debamos pagar entrada!
Hago todo
lo posible por empujar a mi amiga hacia las escaleras mecánicas, me pregunto
qué ha pasado con mi “condición atlética”, ¡ah, qué dulce que es la ironía,
nunca poseí semejante condición! Continuamos subiendo y subiendo, hasta llegar
al tercer piso. Nos recibe una magnífica pared circular blanca, en ella, están
pegadas letras que forman el nombre de la fotógrafa: Mirjam Letsch. Me
sorprende el nombre, le digo a mi amiga que, como hablante coloquial del
esloveno, ese nombre se pronunciaría “Miriam”, ya que la “Jota” se articula
“I”, de igual manera que mi apellido.
El salón
es luminoso, espacioso, silencioso, no hay un alma más que la de mi amiga, la
del hombre de seguridad y la mía. Siento paz dentro de este espacio, olvido que
me encuentro en el centro neurálgico del país y me dejo llevar por el sentido
de la visión. Aunque no hay división, hay dos artistas que presentan sus obras,
es evidente diferenciarlas porque unas son pinturas y otras fotografías.
Decidimos raudamente comenzar por el extremo más lejano de la exposición
fotográfica.
India.
Comienzo a verlas, a intentar “sentirlas”, a forzar mi mente para relacionar lo
que observo con lo que leí de “La cámara lúcida” esa misma mañana en el tren.
Veo rostros demacrados por los años de hambruna, anoréxicos por la pobreza,
enmarcados por centenares de arrugas causadas por la preocupación de procurarse
un día más de vida. Enfundadas en magníficas telas coloridas, estas mujeres me
siguen con la vista, con aquellos ojos penetrantes que me quitan el aliento y
la movilidad.
De
repente, freno y dispongo mi entera atención y concentración a una fotografía. Tiene
el mismo tamaño que todas las demás, cuelga entre otras tres, hay poca
distancia entre ellas, pero no me interesan las demás, sólo existo para esa
sola. Predominan intensos y resplandecientes colores naranjados y marrones en
la zona izquierda de la fotografía, a contraposición de la derecha, en la cual
hay una presencia sólida de oscuridad. Es una esquina de una callecita humilde,
veo el ángulo de noventa grados que crea el edificio, sus paredes aparentar
estar realizadas con una mezcla de arena, lo que le aporta una textura que
parece ser grumosa. Lo que más me sorprende es que, en el rincón inferior
izquierdo de la fotografía, en lo que vendría a ser la calzada, se encuentra un
hombre con su puesto de maníes confitados.
Y en ese
preciso instante, en este aquí y ahora, siento un terremoto dentro mío, mi alma
se sacude, mi mente intenta hacer insight y comprender qué es lo que me
está ocurriendo frente a esta fotografía que, para cualquier otra persona, es
una fotografía más pero para mí no es así. Hurgo dentro de mis recuerdos y allí
encuentro la respuesta de todos estos singulares sentimientos apocalípticos.
Mi mente
viaja en el tiempo unos quince años atrás, me encuentro detrás del asiento del
conductor de un Chevette colorado, estacionado casi en la esquina de Elflein y
Onelli (pleno centro comercial de la ciudad de Bariloche). Mi madre acababa de
salir del auto, diciéndonos que nos portáramos bien, que iba a comprar unos
cubanitos y volvía. Pero yo me siento mal y estoy en la obligación de ir a
anunciárselo, me duele la cabeza y estoy mareada. Desplazo el asiento, abro la
puerta, corro hacia el local, entro, siento el olor de maní confitado quemado,
mi madre me mira, me pregunta qué me pasa y me descompongo.
Me
sorprendo al reconocer que aún puedo recordar eventos tan pasados en un
contexto tan disímil como el que estoy viviendo, me percato de que puedo volver
a ser pequeña, que el tiempo no ha pasado, igual que Dorian Gray y su famoso
retrato que lo mantuvo joven y puro durante decenas de años.
Luego de
ese instante de estupor, continúo observando y analizando las fotografías. Paso
de unos enigmáticos rostros hindúes a escenas de terror y dolor que se dan en
un hospital de niños de Vietnam. Es demasiado agresivo para mi vista, no creo
ser una persona débil pero estas imágenes generan en mí un sentimiento de
impotencia, comprendo que soy incapaz de solucionar los problemas de un mundo
repulsivamente desigual. Poso con rapidez mis ojos sobre una niña que está
siendo operada en una habitación descuidada, sucia, mohosa, defectuosa e
insalubre, su rostro denota sufrimiento y agotamiento. En otra, un par de
médicos examinan una radiografía mediante la luz que ingresa por la ventana,
parece ser que la analizan e intentan determinar la enfermedad física del
convaleciente. Me detengo a pensar, y le comento a mi amiga que hay que tener
verdadera pasión para curar con esta deficiencia de herramientas médicas, deben
de amar –con el amor más puro – a cada uno de sus pacientes.
Termino
la muestra con algunas fotografías de Países Bajos. Son magníficas aunque se me
presentan como una reproducción de otras, no pienso que sean copias, en lo más
mínimo, sino que son clichés. La típica imagen de los tulipanes rojos
holandeses –que, además, he tenido una similar como fondo de pantalla en la
computadora-, el pasto verde y brillante, el ambiente impoluto y puro, en
esencia me es indiferente, común, calcada, no le encuentro la novedad. No debo
buscar el significado oculto que quiso transmitirme la fotógrafa porque con un
sencillo vistazo lo encuentro. Es un simple y repetitivo lugar común que
siempre consigue un éxito parcial entre los observadores.
Me quiero
ir en este preciso instante, siento ansias de sentarme en el tren Belgrano,
viajar media hora, caminar siete cuadras, subir dos escaleras de quince
escalones cada una y tirarme boca abajo en mi cama, pero mis deseos no se
cumplen. Mi amiga me propone tomar notas de aquello que vimos, que
presenciamos, que interiorizamos, le indico unos escalones, nos sentamos y cada
una se sumerge en su mar de letras.
Comprendo
que he reconocido de la mayoría de las unidades de la muestra el studium, que
según Roland Barthes “es dar fatalmente con las intenciones del fotógrafo,
entrar en armonía con ellas, aprobarlas, desaprobarlas, pero siempre
comprenderlas, discutirlas en mi mismo, pues la cultura (de la que depende el
studium) es un contrato firmado entre creadores y consumidores”, la fotógrafa
ha querido retratar la belleza dentro de la desigualdad y la diversidad, me ha
indicado que hay un relativismo puro entre las culturas, no es que los niños
holandeses son superiores o inferiores que los vietnamitas, únicamente viven de
diferentes contextos de opresión y dominación. Afirmo dentro de mí que una sola
fotografía ha sido subersiva, ha podido pincharme y agujerearme: la del hombre
hindú que vendía maní en la esquina, no he necesitado horas frente a ella para
poder comprenderlo, con tan sólo verla me atravesó limpiamente.
Con
parsimonia nos levantamos y comenzamos a bajar los peldaños alfombrados –el
edificio tiene únicamente escaleras mecánicas que suben-, nos encontramos en el
rellano y, de manera repentina, me detengo frente a una serie de fotografías en
blanco y negro de un anciano Borges acompañado por su mascota, un precioso gato
atigrado que, por cierto, poseía el don innato de posar con exquisitez y
elegancia. Después de mostrarle a mi acompañante el felino que podría haber
pasado como modelo de Whiskas, nos enfrentamos al viento frío y arremolinado
que nos esperaba para acompañarnos a nuestros hogares.
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