“Tal vez algunos de nosotros tienen que
atravesar caminos oscuros y desviados antes de poder encontrar
atravesar caminos oscuros y desviados antes de poder encontrar
el río de la paz o el
camino alto al destino del alma”.
(Frederick Pierce,
“Dreams and personality”)
A lo lejos estaba la enorme puerta oscura, el camino era recto y
parecía ser la única dirección posible, por lo que me decidí a caminar hacia
ella. Algunos árboles enormes estaban al costado del sendero. Eran tan
altos que impedían que la luz llegara al lugar. A medida que me acercaba a la
puerta, sentía el frío cada vez más fuerte que me corría por los huesos. Era
imposible retroceder, no había otra dirección por la cual escapar, por lo tanto
yo seguía firme el recorrido. De pronto percibo que alguien viene detrás
de mí, parece ser un hombre. Su paso es apresurado, siento que se está
acercando rápidamente entonces empiezo a correr. La puerta todavía es
inalcanzable. El hombre comienza a correr también, no puedo entender por qué me
persigue pero me asusta. Corro hasta que mis piernas se paralizan y de un
momento a otro permanezco inmóvil, como si algo me sujetara desde el suelo. Es
desesperante, veo al hombre que corre hacia mí pero no puedo despegarme. Cuando
parece alcanzarme al fín, el hombre pasa por un costado del camino para evitar
chocarse conmigo. Me observa pero sin detenerse corre hasta la puerta. Desde mi
lugar puedo ver que saca una llave de su bolsillo, abre y entra. Pasan unos
segundos, mientras intento inútilmente soltar mis piernas del suelo, y el
hombre sale por la puerta nuevamente. Ahora con un bebé en sus brazos.
Caminando lentamente llega hacia donde yo estaba y me abraza. Luego mira al
bebé y dice: Perdón Carmelita. Lo apoya sobre mis brazos y huye. Sin poder
moverme logro gritarle: ¡No me dejes papá! Un ruido de explosión a lo lejos me
perturba y abro los ojos.
Había sido la reja de la
celda al abrirse. Sobresaltada y transpirando me siento sobre la cama.
-Alguien vino a verte, dijo
la oficial.
Una religiosa atraviesa la
puerta. Hago un esfuerzo por despabilarme y veo que es la hermana Inés. Me mira
como siempre con un gesto de preocupación y de resignación a la vez.
-¿Qué tenés querida? ¿Qué te
pasó?
-La pesadilla otra vez
hermana.
-Ay Carmela, realmente no sé
qué va a pasar con vos.
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