Alguien me contó hace tiempo que lo primero que aprendí a escribir fue mi nombre. Claro que en aquel momento aquella palabra connotaba para mi algo totalmente distinto: ni una aristócrata enredada en un amor prohibido, ni la versión femenina de un revolucionario cubano, tampoco una palabra que me hiciera dar vuelta al escucharla. Eran tan solo unos simples garabatos que cambiaban de orden según el día: a veces empezaba a dibujar la letra “a”, a veces la “m”, a veces la “i”. Hasta que un día después de mucha prueba y error logré aprenderme la secuencia correcta: C-A-M-I-L-A. Así me llamo, Camila. Aunque, como diría Kapuscinski, sólo por una convención reduccionista, por comodidad, decimos –Camila-. En la realidad, salvo por el nombre humano, Camila no existe.
¿Te acordás de…? Y ahí viene, una vez más, el esfuerzo sobrehumano de recordar. Por alguna razón mi memoria es rebelde –más de lo normal-: se asoma y luego se esconde, me hace trampa y, cuando aparece, lo hace enmascarada. Pero ya después de 22 años de tire y afloje aprendí(mos) a tratarla(nos). Mi secreto está en activar los sentidos.
Descalza me acerco caminando a los cinco estantes que cuelgan en mi cuarto, son negros y alargados pero si algo los caracteriza es su fortaleza. Sobre ellos se amontonan decenas de libros, acostados, parados y apretados, libros más grandes y más pequeños, de colores llamativos y otros más bien invisibles, de palabras sonrientes algunas veces, otras miedosas, muchas rebeldes.
Me siento en el piso y cruzo las piernas cual indiecito, voy a empezar por el principio –pienso- y es allí, bien cerquita de la tierra, donde se originan todas las historias. Con los ojos cerrados deslizo la mano por sobre los libros del primer escalón, acariciando sus tomos como quien toca un piano; durante todo el trayecto emergen húmedos recuerdos…
…los “Había una vez” (¿un dragón?) que leía Hilen en la cama mientras yo jugaba a adivinar los dibujos erróneamente (¡no! Un dinosaurio!)…
…. las reuniones familiares en que nos escapábamos con el abuelo a su habitación para adentrarnos en sus narraciones mágicas de aventuras y princesas…
… los libritos de tela que hacían papá y mamá (“era una forma redondita –una burbujita, no es-, era un recuerdo mojadito –un pececito, no es-, era una forma calentita –una llamita, no es-,¡Qué difícil es! ¿Qué es?, era la panza de mamita…y yo era un bebé”)…
….el “Club de los perfectos” (“no son miedosos ni confianzudos, no se ríen a carcajadas ni lloran a moco tendido”) de la mano del pajarito remendado…
…el elefante de Maria Elena y el que ocupa mucho espacio de Elsa…
Al final, cuando parecía llegar al final de mi recorrido, encuentro un sobre blanco que al abrirlo despliega un pequeño tesoro; unas cinco fichas que tienen en sus márgenes el mismo encabezado: “Retiró”, “Titulo”, “Devolución” y debajo varios nombres y fechas escritas a mano. Se ve más o menos así:
19-08-99 Los desmaravilladores 9-9-99
16-4-2000 No hagan olas 07-05-10
29-10-02 Piedras volando sobre el agua 5-11-02
Una notita al final completa el regalo: “Para vos, junto con todos los libros que retiraste de la Biblioteca en estos años de primaria, va mi cariño, alimentado por el gusto que compartimos por la lectura y por tu propia dulzura. Te quiero mucho, la seño bibliotecaria Claudia. Diciembre 2002”.
Un fuerte cosquilleo recorre mis piernas, y es que luego de un rato y en la quietud de la misma posición se quedaron dormidas. Pasaron más de cuarenta minutos desde que me senté y todavía queda mucho más, recién ahora me doy cuenta de la cantidad de libros que tengo. Claro que ellos no llegaron todos juntos: primero fueron los blanditos, luego los de tapa dura y, cuanto más crecía yo, más gordos se hacían ellos. Así se fueron juntando, no como una acumulación, sino como una red que cada vez se agrandaba más. Esta red en mi imaginación tiene forma de espiral, en donde el principio es a la vez el final; cada libro que llegó modificó a los demás, les otorgó nuevas identidades, los resignificó.
En la adolescencia, cuando empezaron a llegar (¿o yo llegué a ellos?) a mis manos los libros de Cortazar y Eduardo Galeano, acompañados de las palabras liberadoras y libertarias de Bayer y Bakunin, de Rosa Luxemburgo y Simon de Beauvoir, la lectura cambió para mí de función: se convirtió en fuente de preguntas y respuestas. Mis fronteras tomaron la forma del mapa de America Latina y de la mano de Saramago, Juan Rulfo, Pizarnik, García Marquez, Borges, José Martí, Rodolfo Walsh encontré otra forma de ver el mundo, forma que estaría relacionada con una actividad que descubrí años después: la fotografía.
A eso de los dieciséis años, no recuerdo bien cómo, encontré en mi casa una vieja cámara de fotos, una Ricoh KR5. De a poquito empecé a usarla: primero hice un taller para aprender su funcionamiento y mecánica, luego me fui acostumbrando a salir con ella y mirar desde el visor, más tarde me asumí como fotógrafa. Pero no una visionaria de la estética, ni una cazadora de lo bello, más bien quería (quiero) capturar lo que me indignaba, poder compartir mi forma de ver el mundo, mostrar lo que a veces se nos hace invisible.
Dos años después de haber terminado el secundario me animé a decir “esto es lo que quiero ser, esto es lo que soy”. Ya no tenía que seguir buscando (porque en esta sociedad algo hay que “ser” y para eso algo hay que “estudiar”): me anoté en la escuela de fotografía periodística. Entre las materias había una que se diferenciaba del resto, que estaba solita entre el montón “Taller de Redacción” se llamaba. Más por intriga que por convicción me acerqué y, para mi sorpresa, se me abrió -no una puerta- un portón. Erica, la profesora, nos sacó a los golpes de lo convencional y el lugar común para decirnos “el periodismo no es solo la noticia del diario, hay un mundo entero que los espera más allá”. Ese mundo tiene nombres: Caparrós, Jon Lee Anderson, Leila Guerriero, Kapuscinski, Cristian Alarcón, García Marquez, Rodolfo Walsh.
Fueron así, una vez más, las palabras las que me trajeron hasta acá, a los pasillos de esta facultad. Las palabras valientes, persistentes, reveladoras, que plantaron en mí una semilla que no para de crecer: el deseo de poder contar y mostrar.
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