A evocar, revolver, valorar y mostrar!!!
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Los esperamos.
Emilia y Claudia
¿Quiénes somos?
Somos estudiantes de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires. Este blog es producto del trabajo que realizamos en la comisión 63, coordinada por la profesora Claudia Risé y la alumna Emilia Cortina, durante la cursada anual del 2012 del Taller de Expresión I, cátedra Reale.
¿Cuál es tu origen?
Publicado por Unknown en 15:05 Etiquetas: tono de denuncia
Luis Manuel Ruiz, escritor español, hablando sobre el plagio comentó que somos ingenuos al pensar y creer que existe la originalidad. Pero, ¿qué es la originalidad? Muchos dirán que es “lo clásico”, “lo creativo”. Podríamos pensar que algo clásico o creativo es aquello que surgió primero, aquello de lo que no había en el momento en que apareció. Podríamos hablar de clásicos en la literatura, en el cine; de creatividad en la ciencia o en la pintura, podríamos referirnos y nombrar ejemplos sobre ellos, pero nos olvidamos de algo particular: nos olvidamos que hablamos desde nosotros, desde nuestro lugar específico, desde nuestro momento preciso y actual. Lo actual fue también un pasado, y será un actual en el futuro. ¿Qué consideraría clásico Dante Alighieri? o más aún ¿Qué sería lo clásico para Homero? Lo nuevo fue novedoso en un tiempo, para luego considerarse clásico en otro tiempo después. Clásico porque su mensaje permaneció y aún permanece. Y permanecerá, porque “debe ser intocable.”
Si alguien se atreviera a contar una historia igual a la de Odiseo y se adjudicase como propia la invención, sería acusado de plagio por todos nosotros. Diríamos que su actitud es causa de su “falta de creatividad para producir algo original”. (Y si no se lo adjudicase propio, tal vez no lo acusemos de plagiador pero diríamos lo mismo seguramente).
Pero si alguien decidiera actualizar un clásico, agregarle detalles que se correspondan con el paso del tiempo, ¿no sería el resultado algo novedoso para nosotros? ¿algo original? La historia claramente será la misma, ya conocida. Pero nuestros ojos serán distintos, más cercanos tal vez, con nuevas miradas que concluirán en nuevas interpretaciones. Quizás el mensaje necesita aparecer nuevamente, para ser adaptado a otras formas originales. Tal vez se convierta en una obra maestra como el Ulysses de James Joyce.
Bajo la excusa del homenaje, muchos permiten la copia y la aplauden satisfechos. ¿Qué diferencia habría si no quisieran homenajear y simplemente renovar? ¿Olvidarían al creador? ¿Por qué unas copias sí y otras no?
Yo creo que realmente se olvida que la importancia dada al creador es actual. Lo actual que sólo pertenece a nuestro ahora. Un actual cambiante. Lo que ahora designamos mediante leyes y castigamos para cuidar nuestros intereses, en otro tiempo era utilizado por todos como algo “natural”. Los cambios nos rodean, los producimos y nos adaptamos a ellos. Lo que damos por descontado no fue siempre así.
Walter Ong nos ejemplifica:
“Al sacar las palabras del mundo del sonido -donde primero tuvieron origen en el intercambio humano activo- y relegarlas definitivamente a la superficie visual, y al explotar de otros modos el espacio visual para el manejo del conocimiento, la impresión alentó a los seres humanos a pensar cada vez más en sus propios recursos internos (conscientes e inconscientes) como cosas, impersonales y religiosamente neutras. La impresión ayudó a la mente a sentir que sus posesiones se guardaban en alguna especie de espacio mental inerte.”
Actuamos y pensamos, en referencia a lo que es necesario en nuestro “actual”, desde nuestro “origen” determinamos los significados. Nuestro contexto nos marca lo relevante, si proteger o no los derechos de un autor es necesario, será decidido por la cultura material en la que estemos viviendo. Creer que lo original está perdido depende de pensar la originalidad como “lo que está primero” o “lo que nadie dijo”. Depende de pensar que lo que se dijo una vez, no puede volver a repetirse. Tal vez la originalidad podría tener otros significados, tal vez remite a algo que se refiere a su “origen”, a su punto de partida. Tal vez un origen puede ser el recorte de una visión, una interpretación, un resultado final que se produjo por circunstancias precisas, y tal vez esas circunstancias podrían haber sido otras y producir otro resultado, que conduzca a otra interpretación, a otra visión con un recorte distinto, a otro origen.
¿Entonces cada uno podría tener diferentes originales? ¿Y si en vez de lo que nadie dijo pensamos en “lo que alguien vio”?
Hortografia
Publicado por Unknown en 15:05 Etiquetas: tono de denuncia
Istoricamente el ezpañol a cido catalogado como un hidioma complicado. Justamente la gran cantidad de conjugaciones bervales lo rratifica. Tampoco holvidemosnos de las tildes. Mas y mas no hes lo mismo. No, claro que no. Pero que hes esa linea pequeña ensima de huna letra.
Ay que preguntarle a la Real Hacademia Ezpañola. Henorme institucion si las ay. Fundada en 1713 por hiniciativa de Juan Manuel Fernandés. ¿Propocito ? Fijar las vozes y vocavlos de la lenguá cazteyana. Resien a partir del haño 1727 aparezieron las prímeras normas hortograficás.
Gabriel Garzia Marques, hescritor de fama reconozida, kiere homitir algunaz normas. Pretende la confuzion. No puede ber la inportansia de la conprencion. Dezpues culpamos a la jubentud de su vrutalidad. No podemoz permitir ke los chicos ce hacostumbren ha estoz herrores. Por ezo, va ha cer vital ke hen el colejio se rezpete fielmente todaz y cada huna de las normaz dictadas.
Tan poco hentiendo a los hingleses. Komo pueden direfenziar el significado de “i like you”. Te kiero , te hamo no es lo mismo hevidentemente. Por cuerte no sufrimos los mizmos provlemas, de no ser haci ya tendriamos barios corasones rotos. Ci con una frace tan klasica como la hanterior nos causa tantos provlemas, himaginense ci se repietera kon todaz las demaz. Katastrofico, cin dudas.
Ablar y escrivir correctamente hes fundamental. Ay que hevitar el ridiculo. No podemos ir a la berduleria y pedir un quilo de papa, ya que la perzona que noz hatienda pensara ke tenemoz un trauma familiar. Ke difetente es ci bamos a la misma berduleria y pedimos un quilo de papa. Haora si, compraremos el tuverculo por el ke binimos.
Kreo ke nadie kiere pasar por tal bergonsoza ezcena. Hentonces cunplamos todas las reglaz kon propiedad y beremos komo los mal entendidos ce van hacavando. Por ezo agame cazo, corrija hal ke se ekivoca, no ce confunda, no mueztra su defecto con hefecto de vurla, todo lo comtrario, le ace un favor. Ahora que lo pienso ¿El español/castellano no es tan difícil como parece, no?
Intertextualidades
Publicado por Unknown en 15:05 Etiquetas: tono de denuncia
Reflexiones acerca de los plagios.
“Prohibida la reproducción total o parcial
por cualquier medio sin permiso escrito de la editorial”
En el siglo XVI comienza en Inglaterra un proceso de cercamiento de tierras para la cría de ovejas. Los desplazados que vivían en las tierras en cuestión quedaron sin fuente de sustento y, muchos de ellos, no tuvieron más alternativa que recurrir al robo para sobrevivir. Se dice que este es el glorioso comienzo de la propiedad privada.
Solo quiero ilustrar como cosas que consideramos completamente naturales, no lo son en absoluto. Nos las imaginamos como única opción indiscutible, pero tuvieron un comienzo y un desarrollo. Entonces me pregunto, mera curiosidad, quien habrá tirado la primera piedra en la cuestión de la propiedad intelectual; ¿cuando fue que alguien dijo “esta frase la inventé yo, si querés reproducirla vas a tener que darme cierta suma de dinero?” (contribuyendo así a la mercantilización de la cultura). De hecho no habrá ocurrido hace mucho: antes del Iluminismo, la práctica del plagio era la práctica aceptable como difusión de ideas y escritos. Lo practicaron Shakespeare, Marlowe, Chaucer, De Quincey y muchos otros que forman parte de la tradición literaria.
Pero, ¿qué es más importante? ¿Delimitar fronteras entre autores para que ninguno se roce con el otro? ¿O la obra en sí misma, más allá de sus fuentes? Tengo la triste sensación de que parece importar más la autoría de las obras antes que su calidad intrínseca.
Sin duda el plagio es un tema controversial que ha desatado numerosos debates en el ámbito de la cultura. Sobre todo cuando alguna acusación escandalosa sale a la luz. Sin ir más lejos este año se problematizó la propia propiedad intelectual a partir de los debates en torno a las leyes SOPA y PIPA, el proyecto más acabado para el cercenamiento de la libre distribución de material cultural.
Hagamos una simple suposición al respecto. Una persona, cualquiera, acaba de leer una novela y quedó tan fascinada que no pudo más que imaginar una continuación, una alternativa, una conclusión. Supongamos también que se le da bien la escritura, y publica su versión. Podría llamársela plagio. Los personajes, la trama, el contexto, son los mismos. ¿Pero su aporte no sería un enriquecimiento a la versión original? Distinto sería si copiara la trama entera sin ningún cambio. Esa versión, también plagio, no aportaría nada. También podría suceder que un músico decide hacerle un homenaje a su artista favorito, y reproduce una de sus canciones, aclarando de entrada que la obra pertenece a otro. No sería plagio, ¿pero hasta qué punto sería una enriquecedora versión nueva si reprodujera cada compás al pie de la letra?
Para poner un ejemplo un poco más concreto: los remakes. Técnicamente no son plagios porque están especificando sus fuentes: una película anterior. La momia (1932 y 1999), Psicosis (1960 y 1998) y La guerra de los mundos (1953, 2008 y novela de 1898), entre otras, son adaptaciones fieles al original sin ser plagios pero creo que aportan muy poco en comparación a lo que aportaría un plagio más escondido, que cambie las circunstancias. De hecho, uno de los placeres que repetidamente se atribuyen a la lectura literaria es del reconocimiento. Pero ese reconocimiento, que hace que se vuelva transparente lo que es opaco, resulta tanto más placentero, tanto más cognitivamente exigente, cuanto mayor es el esfuerzo por obtenerlo. Y nunca, nunca, será completo.
Ya lo dijo Theodor Adorno hace décadas: en la industria cultural se sacrifica la originalidad en pos de la aceptación de lo existente, ya que la novedad significa el riesgo al rechazo. La consecuencia obvia es la repetición de lo igual, el empobrecimiento de la creatividad. En ningún sentido estoy diciendo que toda la cultura pertenezca a la industria cultural. Pero sí me parece válido señalar que las temáticas culturales se vuelven comunes, similares, y no por eso se considera que todas las películas de la misma temática sean plagios de la que inauguró el género. Sería absurdo que todas las películas de superhéroes, por ejemplo, se demanden entre sí por plagio, y eso que son bastante parecidas.
Que no se me malinterprete. No estoy defendiendo el robo deliberado de ideas para hacerlas pasar como propias. Ese es solo uno de los aspectos del plagio, concepto que al fin y al cabo se relaciona con la intertextualidad. Sin embargo hay toda una serie de películas famosísimas que han sido acusadas de sucio plagio y no por eso gozan de menos éxito. “Buscando a Nemo” fue denunciada por el francés Franck Le Calvez, autor del libro para niños “Pierrot Le Paissan Clown”, realizado en 1995: ambas tratan de un pez payaso perdido que emprende una travesía que, finalmente, concluye en el reencuentro con el padre/madre. La exitosa Matrix no solo fue denunciada, sino que debió indemnizar con dos billones y medio de dólares a Sophia Stewart, quien había presentado su “The third eye” (registrado en 1981) a un anuncio pidiendo obras de ciencia ficción de los hermanos Wachowski , directores y guionistas de Matrix.
Pero en un mundo donde la imaginación no deja de ser explotada y exprimida, ¿hasta qué punto se puede seguir esperando originalidad pura? La imaginación como producto puro no existe; es mestiza de otras imaginaciones previas. Todo enunciado está orientado dialógicamente a otros enunciados, está constituido en otros textos previos: todo nos remite a otra cosa, todo es intertextual. De hecho si nos ponemos quisquillosos y si nos atenemos a una definición estricta y consideramos latrocinio cualquier objeto, melodía, pensamiento o escena que evoque otro anterior, que se haya inspirado en él o se sirva de su precedencia para plasmarse sobre el medio que elija, entonces no queda más remedio que resignarse a que toda la historia de la literatura y del arte es un plagio de dimensiones apabullantes.
Aquí se abren dos caminos para los críticos literarios. O bien abandonamos la literatura, y llamamos a la policía (es decir, entendemos “robo” literalmente, como si fuera un delito del Código Penal). O bien estudiamos nuevamente el texto, y consideramos cuáles son los efectos estéticos y literarios que la evocación descubierta produce.
Frente a la postura de considerar al plagio como una falta de creatividad y de inventiva, se lo puedo considerar como una forma de desarrollar la imaginación: de abrir los horizontes del texto fuente, de enriquecerlo. En vez de parafrasear la versión original para hacerla parecer distinta y disimular su procedencia, se le brinda un reconocimiento al retomarlo. No me parece mal querer tomar una idea, incluso plagiarla tal cual está en el contexto original, siempre y cuando se le aporte una visión original en algún punto. Siempre y cuando, (y este es mi único reparo al plagio) se la tome con humildad, como un reconocimiento al autor original (si es que tal cosa existe), y no como un borramiento del mismo. Como ya dije, el plagio tiene tenues fronteras con la intertextualidad.
Propongo entonces que en vez de tomar posiciones dicotómicas y estar simplemente a favor o en contra, se relativice según cada caso. En vez de decir “esto no es plagio”, o “esto es plagio y está mal”, se puede mirar desde otro enfoque (entre muchos otros). Sería algo así: esta nueva versión, marcadamente intertextual, ¿aporta algo útil y nuevo que no estaba en la versión original? ¿O es una mera copia, cite o no cite fuentes?
Me parece productivo dejar que las ovejas culturales pasten libres y tengan oportunidad de relacionarse entre sí, en vez de cercarlas en pos de la propiedad privada.
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Las frases en bastardillas provienen de otros autores, y buscan crear un efecto intertextual que remita a otras fuentes. Se citó (en orden) a Josefina Ludmer, Susana Santos, Luis Manuel Ruiz (opositor al plagio) y nuevamente Susana Santos.
La apoteosis de mi héroe
Publicado por Unknown en 15:05 Etiquetas: tono de denuncia
“¡Oh, qué leyenda podemos inventar! Y lo principal es que surge una nueva fuerza. La nueva fuerza que se necesita, pues la gente llora por ella. ¡Qué puede traer el socialismo! Destruye las viejas energías, pero no aporta nuevas. ¡Aquí, en cambio, qué poder tan inaudito se encierra! No necesitamos más que una palanca, por una sola vez, para levantar la Tierra. ¡Todo se levantará!”
Los demonios – Fiodor Dostoyevski
Cuatro años en diferentes campos de refugiados no son comparables al sentimiento de culpa que arrasa tu integridad al dejar tu tierra, tus raíces, tu gente. Me atormenta pensar que abandoné parte de mi identidad al dejar mi país y que debí construirme una nueva al llegar a la Argentina. Con el paso del tiempo, descubrí que lo único que podía detener momentáneamente esta eterna pesadumbre era la acción de recordar. Creo que, al mismo tiempo que me tranquiliza, me mortifica. Sostengo que los partícipes de los sucesos acontecidos en un pasado distante son elevados a través de la memoria, se convierten en héroes. Considero que mi hermano, Branko Virant, es un héroe, uno que entregó su vida por una causa que resultó perdida por decenas de años aunque, luego, se erigió la verdad y se demostró la supremacía de su ideal.
Nací, como mis progenitores y mi hermano, en Slovenija. Crecimos siguiendo los ideales de nuestros antepasados, perseguíamos la libertad de expresión, considerábamos fundamental el respeto a los padres y a nuestra cultura, éramos fervientes seguidores de la religión católica y nos esforzábamos por avanzar en la educación personal. Nos movíamos a través del ahínco de superarnos, de formar una nación trabajadora y unida culturalmente, debido a esto, deseábamos la libertad de nuestras tierras, y llegar así a la independencia de la nación – ya habíamos avanzado, como pueblo, en ese aspecto, gracias a la caída del Imperio Austrohúngaro, nos habíamos reunido a Yugoslavia-. Debido a todos estos antecedentes, muchos creímos en un principio en Ovsobodilna Fronta, que nos hizo suponer que luchaban por nuestros ideales. Lamentablemente, este movimiento era sólo una fachada creada por el partido comunista –Komunistična Partija Slovenije– con la finalidad de conquistarnos y tomar el poder político, social y cultural.
Nosotros dos, continuando con la tradición cristiana familiar, pertenecíamos a la Acción Católica de nuestro pueblo, la comandábamos y, cuando notamos la verdad escondida detrás de Ovsobodilna Fronta, comenzamos a impartir clases para que los jóvenes y niños comprendieran en qué constaba el comunismo.
Lamentablemente los comunistas demostraron su verdadero poderío en el momento en que Italia capituló. De esta forma, quedó el pueblo esloveno a la deriva, como había ocurrido decenas de veces con anterioridad. La lucha interna era poderosísima, los partisanos se disfrazaban de libertadores y mataban despiadadamente a todo aquel que se enfrentara a su régimen despótico. Los opositores, los verdaderos liberadores del pueblo esloveno, formaron diferentes grupos: inicialmente, formaron fuerzas anticomunistas -Vaške Straže- en cada pueblo, luego se unieron y conformaron el ejército de los domobranci y, finalmente, se acoplaron a los četniki.
Así comenzó la época de nuestras vidas que se presentó colmada de lágrimas, penas y tristezas. Cuando nos venían a visitar nuestros amigos, leíamos los diarios o simplemente hablábamos con los vecinos, todos nos comunicaban noticias desastrosas. Nos informaban de familias enteras asesinadas, muchachos jóvenes muertos en enfrentamientos, novias que nunca volverían a ver a sus prometidos, sacerdotes masacrados, mujeres embarazadas caídas bajo las armas de los partisanos y una lista interminable de conocidos desaparecidos. El horror y la desesperación inundaban las calles, nuestras existencias estaban cubiertas por el velo negro de la muerte, la desconfianza hería hasta a las familias más unidas, la desesperanza corroía los espíritus y no veíamos otra salida que luchar, era esto o morir. Era pelear mediante acciones pasivas o activas, con armas o con palabras, derramando sangre o iluminando mentes, cualquier acto era aceptable, porque como dicen: “en el amor y en la guerra, todo vale”.
Llegó un momento en el que mi hermano me confirmó que estábamos en peligro, yo ya lo suponía con anterioridad –debido a nuestras actividades en Acción Católica-, pero él me dio pruebas con las que me aseguró que, efectivamente, nos vigilaban. Me narró cómo unas personas esperaban a que él saliera de la casa, sin saludarlo, sólo observándolo, con una mano en el bolsillo, como si estuviera ocultando un arma. Me contó su máximo temor: que entraran en la casa y nos mataran. A continuación, admitió que deseaba unirse en Vaška Straža, de esta manera no estaría mucho tiempo en nuestro hogar y podría protegernos desde afuera. Así es como, en vez de dormir en su cama durante las noches, hacía vigilancias en las calles o pernoctaba en una parroquia.
No puedo negar que me preocupaba su militancia, su arrojo y, hasta podría decirse, el heroísmo que demostraba al luchar con tan sólo diecisiete años. Yo tenía sentimientos encontrados, sabía que estaba más seguro con otros soldados –y con las armas que portaban, por supuesto- pero, al mismo tiempo, deseaba hallarlo en el hogar, compartir con él el lazo de sangre que nos unía. Quería poder cuidar de nuestros padres juntos, viajar en bicicleta hasta las montañas, pasear por los bosques, ser feliz junto a mi familia. Cada noche añoraba nuestros años de infancia, deseaba tener nuevamente siete años y que mi madre nos llevara a escuchar cuentos, a ver obras de teatro con títeres, a bañarnos en el río.
Todas esas ambiciones se esfumaron el cinco de octubre del ’43. Al mediodía, tocaron a la puerta de nuestro departamento. Me pareció extraño, ya que mi hermano no solía anunciarse, nomás entraba. Abrí la puerta y me encontré con dos soldados que llevaban el uniforme de četniki, me temí lo peor y llamé a mis padres, para no estar sola en semejante momento. Nos comunicaron que Branko había muerto en Salgo, debido al derrumbe de una gostilna en la que se encontraba. Mi madre no cabía en sí y mi padre se retiró silencioso a su alcoba. Los soldados nos entregaron algunos objetos que encontraron junto con sus restos. En uno de los bolsillos internos de su saco hallaron un pequeño libro de oraciones y una carta para mi madre. En ella, afirmaba que todo lo que hacía, lo hacía por Él.
Mucho tiempo después, en uno de los tantos campos de refugiados en los que estuve con mis padres, pude enterarme de cómo aconteció la muerte de Branko, por lo que me narró uno de los dos sobrevivientes del derrumbe, sé que mi hermano entró en la gostilna, junto con sus cinco compañeros y dos sacerdotes, sentían una sed extrema ya que era un día caluroso y agobiante. Las ropas que los identificaban como četniki se les pegaban al cuerpo, estaban agotados tanto física como anímicamente, pero estaban seguros de querer alcanzar su objetivo: liberar Slovenija. Pidieron refrescos, Branko pidió limonada junto con otros tres compañeros, los demás pidieron agua con miel. La bebida los tranquilizó y relajó, al menos podían sentir, todo este sufrimiento demostraba que estaban vivos, que sus cuerpos no habían dejado de servir a su causa. En el ambiente flotaba una paz que no tranquilizaba sus nervios crispados, además, los tensó el hecho de que inmediatamente después de que ellos entraron en la casa, un pequeño grupo de hombres uniformados saliera. Mientras bebían, uno se observaba las raídas botas, otro se acariciaba su barba crecida, el tercero contemplaba el visillo de la ventana y Branko deslizaba el dedo índice sobre el borde del vaso de vidrio, haciendo sonar una trémula nota que cortaba el ruido de sus respiraciones agitadas. El concierto duró poco, ni siquiera lo suficiente como para que terminasen de tomar sus refrescos. Escucharon gritos, ruidos sordos, parecía ser que los partisanos los habían rodeado. Repentinamente, el techo se desmoronó sobre los miembros del pequeño batallón.
Al enterarme de la muerte de mi hermano, en ese oscuro mediodía, sentí que junto con su vida se llevaron sus esperanzas y sus deseos de una mejor nación. Descubrí que podrían matar a un hombre, a cientos, pero no podrían aniquilar un sentimiento, una creencia, una devoción. Asumí que, al mismo tiempo que su carne era despojada de su alma, nuestra familia perdía una de sus estructuras, una columna que me hacía sentir segura, que me otorgaba el resguardo necesario para dormir tranquila en las noches frías y tormentosas del espíritu. También, comprendí que existen momentos en los que el dolor nos supera en cuerpo y alma, los acontecimientos nos avasallan y no tenemos manera de parar el tiempo, las vicisitudes de la vida nos hacen jirones el corazón y nuestros lagrimales se niegan a continuar derramando lágrimas silenciosas. Nunca creí que mis peores presentimientos se harían realidad, que el mi futuro estaría marcado por la ausencia de Branko.
Lentamente pude salir del golpe inicial, entré en razón y me resigné a que nunca más vería a mi único hermano. Comencé a hacerme la idea de que debería salvaguardarme para poder seguir con vida. El día no se hallaba lejos, siete meses después de la extraña muerte de mi hermano, me comunicaron que debía huir inmediatamente junto con mi padre. No obligaban a mi madre a marcharse, pero ella nos acompañó de igual manera. En un principio pensábamos que la experiencia de exiliados sólo se daría por un par de semanas, que algún gobierno intervendría para apoyar nuestra causa. Luego, comprobamos que nadie se interesaría por nosotros. Es más, que si era necesario, traicionarían al pueblo esloveno -como hicieron los ingleses- y lo deportarían a Slovenija, para ser asesinarlo cruelmente.
Escapamos de Ljubljana con dos bicicletas y un pequeño carrito, en él llevamos algunas de nuestras pertenencias, todo lo demás quedó en el olvido. Durante cuatro interminables años padecimos, dentro de diferentes campos de refugiados, todas las vejaciones y dolores físicos y anímicos imaginables e inimaginables, el hambre era moneda corriente, la desnutrición en mis alumnos era aberrante, no creía hallar la salida del oscuro túnel que se había convertido en mi vida, pero no abandonaba ni la fe ni la oración. Milagrosamente, tomé contacto con el cónsul argentino y él me permitió ingresar, junto con mis padres, a la Argentina. El cinco de febrero del ’49 pisé firmemente el suelo porteño y pude sentirme protegida.
Ahora, a más de sesenta años de esta odisea y en tierra argentina, me despierto por las noches sintiendo que estoy segura porque Branko vela por mi sueño. Creo fervientemente que su ser se elevó, que al momento de fallecer su espíritu ascendió y pudo conseguir, finalmente, la paz que tanto añoraba para el mundo terrenal. Puede ser que sus acciones heroicas sean olvidadas en los próximos años, que, analizando el pasado, una muerte más o una menos no hubieran conseguido la libertad de Slovenija, que su vida fue en vano para que la nación de hoy se yergue bella y svobodna entre montañas y mares; pero, todo esto no quiere decir que yo pasaré por alto todo su sacrificio, sus ideales y su pasión. Nunca dejaré de recordarlo, de elevarlo diariamente en mi memoria.
La esencia de sus ojos
Publicado por Unknown en 15:04 Etiquetas: tono de denuncia
Por unos minutos me quedo tildada frente a ellos. Me siento completamente persuadida. Parece como si me hablaran, como si me dijeran muchas cosas a la vez y sin embargo sólo me miran, callados, estáticos, ciertos. Se me ocurren miles de interpretaciones, adjetivos, cualidades para lo que estoy viendo. Pero no puedo aterrizar ninguna en mi cuaderno. Estoy aturdida. Sólo alcanzo a escribir: ‘‘la fotografía del rostro de una mujer hindú, que define de la forma más acabada la esencia de sus ojos’’.
En una de las esquinas de las Galerías Pacífico, como museo de las más innovadoras expresiones del arte, está el Centro Cultural Borges. Es un espacio cultural en el que conviven la pintura, la fotografía, el teatro, la música y todas las formas en que se despliega el arte contemporáneo. Llegamos a este lugar una tarde, por un aviso que encontramos ojeando el diario con una amiga. El aviso decía: ‘‘LET’SCH FOCUS por Mirjam Letsch’’. Se trataba de la muestra fotográfica de una antropóloga y fotógrafa holandesa que se realizaría precisamente allí, en el templo borgeano. No sabíamos nada de ella. Ni siquiera la conocíamos. Pero la foto que acompañaba el aviso nos cautivó de inmediato. Provistas únicamente por una birome y un cuaderno, emprendimos viaje con destino a dicha muestra.
El Centro Cultural Borges te resulta bastante común hasta que subís dos pisos y el techo pasa a ser una inmensa cúpula por la que se filtran pedacitos de cielo, como en una iglesia. Cambia la estructura, el ambiente, la perspectiva misma. En este segundo piso hay varias salas custodiadas por guardias, y todas ellas confluyen en un escenario central, no muy grande, en el que se montan diversos espectáculos.
Un piso más arriba se exhibe la muestra fotográfica LET’SCH FOCUS. Antes de subir, me detengo a mirar una secuencia de cuatro fotos de Borges y su gata Freyja. ‘‘Borges era un tipo particular’’ me dice mi amiga. ‘‘No lo dudo’’ le respondo. Subimos. Nos encontramos con una enorme sala tenuemente iluminada. Lo primero que nos embiste es el silencio. Un silencio que incomoda, que molesta, que invade la sala por completo. A excepción de un pintor que está detrás de una columna, del otro lado de la sala, no hay nadie más. Sólo nosotras dos. Por un momento me olvido de que estamos solas y, ansiosa, me lanzo a mirar las fotos. Y nuevamente, otra embestidura. Ahora son las fotos las que nos atropellan, las que nos llevan por delante. Rostros. Mujeres. Niños. Ancianos. Más mujeres. Miseria. Dolor. Marginalidad. Colores. Otoño. Invierno. Primavera. Verano. Alrededor de cuarenta fotografías exhibidas. India, Vietnam y Holanda. El pabellón está dividido de acuerdo a estos tres países. Guardo la birome y el cuaderno en mi mochila; me doy cuenta de que es momento de tratar de interpretar qué mensaje intentan transmitirnos esas imágenes.
Vietnam según Mirjam Letsch podría resumirse en una palabra: precariedad. Unas cuatro o cinco fotos que, suponemos, remiten a un mismo hospital y exponen de la forma más cruda las condiciones en las que se brinda asistencia sanitaria a niños en rehabilitación de no más de doce años. Suciedad, insalubridad, carencia. Los ‘‘quirófanos’’ son habitaciones en pésimo estado; las camillas, los colchones de las camas. En una de las fotografías se muestra como dos médicos colocan una radiografía en una ventana, utilizando la luz solar para dilucidar los resultados de la misma. Sin embargo, hay un aspecto que la fotógrafa intenta rescatar en medio de este contexto tan violento: a pesar de las condiciones descriptas, las necesidades siguen atendiéndose y la actividad médica no cesa. Este fuerte contraste me impresiona. Sigo recorriendo el pabellón y aquellas imágenes desbordadas de crudeza se transforman en paisajes. Las cuatro estaciones del año plasmadas en distintas capturas. Lo interesante de todas ellas es que el cielo ocupa un lugar proporcionalmente mayor que el suelo. El cielo se impone, invita a contemplar, a ser parte de ese paisaje. Te atrapa. Una imagen saturada de tulipanes rojos. El tronco de un árbol desprovisto de hojas. Una gruesa capa de nieve esparcida por el techo de una humilde casa. Un típico atardecer de verano capturado desde el fondo de la casa de la fotógrafa, donde los colores rosa pálido y celeste pastel del cielo se mezclan hasta fundirse. Unas cuantas fotos de paisajes se agrupan dentro de la categoría ‘‘Holanda’’. Sobre una pared casi enfrentada pero distante a esta colección, el panorama empieza a cambiar. Brotan retratos de rostros que condensan tantos sentimientos como personas en el mundo. De Holanda pasamos a India. La India como muchas veces uno se imagina, pero pocas veces asume. La India en su expresión más benévola y marginal. La India indigente, miserable. La India de las ollas comunitarias en los típicos festivales. Fotos que plasman los rostros decepcionados de niños que han llegado tarde al reparto de la comida. Hambre. Frío. Abandono. Impotencia. Los ancianos y los niños son quienes padecen más. Las fotos logran despertar en mi compasión. Las calles despobladas son el refugio de estas personas, que fluyen como prescindiendo de su existencia en esta u otra vida, porque evidentemente se olvidaron de ellos. Acá es donde hago una pausa y me pregunto: ¿Por qué? ¿Por qué a algunos pocos sí y a tantos otros no? Esta realidad me genera dolor, y no imagino lo que significaría vivirla en carne propia. Parece como si estos rostros condenados por la miseria pidieran ayuda a gritos. No hago más que caminar conmovida volviendo una y otra vez a estas fotos. La suciedad de las caras, la tierrita acumulada en los bordes de la nariz, las miradas perdidas, desesperanzadas. La resignación como asomando, como irrumpiendo. ¿Quién les regresa la alegría que se va alejando cada día? La óptica adoptada por la fotógrafa es virtuosa; una foto sustituye lo que nos llevaría probablemente describir en decenas de renglones.
La cantidad de fotos tomadas en La India supera cuantitativamente a las de Holanda y Vietnam. Además de la miseria, la artista capta otros enfoques. El color es uno de ellos. Resalta el contraste entre la tez morena característica de las mujeres hindúes y una amplia gama de colores que se despliega en sus vestimentas. Juega con las distintas tonalidades y con el movimiento. No hay muchas fotografías que muestren sus cuerpos o figuras completas; más bien, fotografía a partir del torso y fundamentalmente el rostro, valiéndose de la luminosidad como recurso. El enfoque está puesto en los rasgos de la cara, destacando las miradas. Hay muchos retratos de mujeres y adolescentes semi envueltas por velos de colores, en algunos casos, juntas en una misma fotografía. Podemos diferenciar las mujeres de clases sociales más altas por la bijouterie que lucen desde el cuello hacia arriba. Collares, gargantillas, pendientes, aros en la nariz, etc. En ocasiones, estas joyas están acompañadas por un maquillaje que profundiza intensamente los ojos. Ya quedan pocas fotos para completar el recorrido de la muestra. Y cuando creo que ya experimenté todas las emociones posibles, una foto me recuerda que estoy equivocada. La foto consiste en el rostro de una mujer hindú, como los que había visto anteriormente. Pero no es éste cualquier rostro. Es el más provocador de todos los que vi hasta el momento. La foto del niño sosteniendo un pequeño recipiente aguardando paciente para recibir una ración de arroz generó en mi compasión; el cielo imponiéndose en los paisajes estacionales logró cautivarme por completo. Pero no puedo explicar qué es lo que me transmite esta foto. Es un rostro, pero yo sólo veo dos ojos. Dos ojos perfectamente delineados. Dos ojos que me apuñalan, que me intrigan, que me exaltan. Por unos minutos me quedo tildada frente a ellos. Me siento completamente persuadida. Parece como si me hablaran, como si me dijeran muchas cosas a la vez y sin embargo sólo me miran, callados, estáticos, ciertos. Se me ocurren miles de interpretaciones, adjetivos, cualidades para lo que estoy viendo. Pero no puedo aterrizar ninguna en mi cuaderno. Estoy aturdida. Sólo alcanzo a escribir: ‘‘la fotografía del rostro de una mujer hindú, que define de la forma más acabada la esencia de sus ojos’’.
Palabras a la luz
Publicado por Unknown en 15:04 Etiquetas: tono de denuncia
Podemos cuestionarnos y reflexionar sobre el significado de algo, podemos divagar durante mucho tiempo y alcanzar infinitos lugares, infinitas conclusiones. Por cada persona unas, por cada pensamiento dudas-cuestionamientos-certezas, por cada camino otros miles que se abren. Dentro de ese ejercicio es útil remitirse al significado de la palabra, allí donde residen – no la naturaleza de la cosa – sus fronteras y sus limitaciones.
Fotografía
Foto: luz
Grafía: grabar, dibujar
“dibujar con luz”
Ya podemos aceptar que la fotografía es un ejercicio, no el mero reflejo de una nube en un charco de agua o los colores del arco iris que pintan el asfalto después de la lluvia. Hay alguien que toma la luz prestada por una milésima de segundo para dejarla fijada en un negativo, para hacerla perdurar en el tiempo. El fotógrafo que mira, construye/deconstruye, enfoca y dispara.
Ya podemos aceptar, entonces, que la fotografía conlleva una creación, su creación. Y eso que se desprende, la imagen allí expuesta, esa suma de decisiones causales y acontecimientos casuales que la crearon -el encuadre elegido, los matices encontrados, los colores creados por esa luz en ese momento del tiempo y en ese lugar, el movimiento justo, lo impredecible que ocurre- esa foto acarrea un nombre, un autor.
Es este uno de esos casos en que el objeto en sí -el papel impreso, que puede circular de mano en mano, comprarse, venderse, reproducirse, verse y dejarse de ver- pasa a estar en un segundo plano porque lo trasciende otro elemento, su esencia como creación. Entonces entran en juego las elecciones personales, lo subjetivo, el estilo.. Podríamos relajar nuestras preocupaciones mundanas sobre lo material para abocarnos a algo mucho más placentero, cuestiones más bien filosóficas (que políticas) sobre la expresión, la cultura y el arte. Pensar con el sentimiento y los sentidos a flor de piel.
Podríamos pero no, algo nos lo impide, y es el hecho de que la fotografía no flota libremente por el universo de las abstracciones y las ideas, sino que es parte de una realidad tangible y concreta que la rodea y la atraviesa. Una realidad determinada por lo redituable, lo cuantificable, lo mensurable.
Nuevamente los pies en la tierra, las preocupaciones mundanas salen del tintero: hay que preocuparse por la cosa y para ello nada mejor que el verbo tener
mio, tuyo, suyo, vuestro, nuestro, suyo
Pero si la esencia de esta cosa reside en el hecho creativo debiera definirse no un dueño sino un autor.
Fotógrafo: eres tú el autor de esos colores y sus diagonales, de la forma en que esa expresión penetra al lente, de esa composición tan vertiginosa, eres responsable por este ejercicio de realización, de esa imagen única e irrepetible. Tú y nadie más.
¿Alguien podría negar, acaso, que el Che con su mirada desafiante te pertenezca, Korda? ¿Y negarte, Bresson, la creación de aquella imagen del hombre en bicicleta? ¿Quién se atrevería a decir es mía la imagen de la madre y la niña pidiendo justicia, quién sino Adriana Lestido?
Otra vez alguien me tira de los pantalones, bajá, vení, bajá. Realidad se llama, y me recuerda: fotos sin nombre, fotos vendidas indiscriminadamente, fotos ocultas en archivos privados, fotos manipuladas, recortadas, robadas, fotos sin dueño.
No queda otra que participar con las reglas que el juego impone. Si el sistema necesita y fuerza, por descarte, bienes rentables, si aquí la obra es una mercancía más, entonces seamos consecuentes y busquemos defender lo nuestro. Si no se puede mediante la palabra, usemos la misma herramienta con las que nos delimitan: las regulaciones.
La ley sobre la propiedad intelectual, la 11.723, protege al fotógrafo concediéndole los derechos morales y patrimoniales de su obra, asentando así que debe reconocerse siempre su autoría y que posee el poder para autorizar su venta o uso. El primero perdura en el tiempo y es inalienable, el segundo, ya puede negociarse y venderse.
Hasta ahora solo palabras, pero cuando el tiempo pasa las experiencias testifican algunos olvidos, re-interpretaciones, aprovechamientos, abusos, y ahora hay que seguirla pero desde el ring:
de un lado se escuchan voces furiosas (que exigen):
¡Toda fotografía tiene autor!
¡Queremos cambiar la ley y hacerla cumplir, que se nos respete el derecho de autor y se nos nombre en cada publicación, queremos ser los únicos en tomar decisiones sobre nuestras obras y que no sean modificadas por terceros, queremos poder poner condiciones a su utilización y recibir el dinero justo!
del otro voces poderosas (y empachadas):
¡Nosotros poseemos el derecho sobre las obras que compramos! ¡Podemos hacer lo que queramos con las fotografías! Usarlas, modificarlas, venderlas, ocultarlas.
¡Ustedes son contratados y les pagamos por sus fotos, son nuestras, nos pertenecen!
Pareciera que la ley es (casi del todo) provechosa para el fotógrafo, pareciera también que las malas costumbres y el no-control van a contramano e interfieren en su aplicación. Y el poder es siempre la fuerza mayor, siempre un paso más adelante.
Pero cuando la discusión parece agotarse en este tire y afloje (por hacer cumplir la ley, por imponer la fuerza) del que se sabe quien lleva la delantera, un nuevo lugar para la fotografía y la autoría pareciera emerger. Nace particularmente desde aquellos para quienes el hacer fotográfico es una actividad de expresión y manifestación, una forma de reportear y documentar, desde todos aquellos que hacen de la fotografía una herramienta de pelea. Una minoría que alzando con fuerza su voz logra hacerse escuchar, enredando y deshaciendo el binarismo hasta ahora inquebrantable…
Nosotros, fotógrafos, colectivos y cooperativas de la imagen, no somos dueños de las fotografías. Ellas llevan creación, trabajo conjunto, son del fotografiado y del que fotografía, del que colaboró para su realización, del que la usa en una bandera, del que la muestra y le da significado. La fotografía es un acto social y por ello nos pertenece a todos y a ninguno.
Lo repito y empieza a tener sentido: a todos y a ninguno.
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