“¡Oh, qué leyenda podemos inventar! Y lo principal es que surge una nueva fuerza. La nueva fuerza que se necesita, pues la gente llora por ella. ¡Qué puede traer el socialismo! Destruye las viejas energías, pero no aporta nuevas. ¡Aquí, en cambio, qué poder tan inaudito se encierra! No necesitamos más que una palanca, por una sola vez, para levantar la Tierra. ¡Todo se levantará!”
Los demonios – Fiodor Dostoyevski
Cuatro años en diferentes campos de refugiados no son comparables al sentimiento de culpa que arrasa tu integridad al dejar tu tierra, tus raíces, tu gente. Me atormenta pensar que abandoné parte de mi identidad al dejar mi país y que debí construirme una nueva al llegar a la Argentina. Con el paso del tiempo, descubrí que lo único que podía detener momentáneamente esta eterna pesadumbre era la acción de recordar. Creo que, al mismo tiempo que me tranquiliza, me mortifica. Sostengo que los partícipes de los sucesos acontecidos en un pasado distante son elevados a través de la memoria, se convierten en héroes. Considero que mi hermano, Branko Virant, es un héroe, uno que entregó su vida por una causa que resultó perdida por decenas de años aunque, luego, se erigió la verdad y se demostró la supremacía de su ideal.
Nací, como mis progenitores y mi hermano, en Slovenija. Crecimos siguiendo los ideales de nuestros antepasados, perseguíamos la libertad de expresión, considerábamos fundamental el respeto a los padres y a nuestra cultura, éramos fervientes seguidores de la religión católica y nos esforzábamos por avanzar en la educación personal. Nos movíamos a través del ahínco de superarnos, de formar una nación trabajadora y unida culturalmente, debido a esto, deseábamos la libertad de nuestras tierras, y llegar así a la independencia de la nación – ya habíamos avanzado, como pueblo, en ese aspecto, gracias a la caída del Imperio Austrohúngaro, nos habíamos reunido a Yugoslavia-. Debido a todos estos antecedentes, muchos creímos en un principio en Ovsobodilna Fronta, que nos hizo suponer que luchaban por nuestros ideales. Lamentablemente, este movimiento era sólo una fachada creada por el partido comunista –Komunistična Partija Slovenije– con la finalidad de conquistarnos y tomar el poder político, social y cultural.
Nosotros dos, continuando con la tradición cristiana familiar, pertenecíamos a la Acción Católica de nuestro pueblo, la comandábamos y, cuando notamos la verdad escondida detrás de Ovsobodilna Fronta, comenzamos a impartir clases para que los jóvenes y niños comprendieran en qué constaba el comunismo.
Lamentablemente los comunistas demostraron su verdadero poderío en el momento en que Italia capituló. De esta forma, quedó el pueblo esloveno a la deriva, como había ocurrido decenas de veces con anterioridad. La lucha interna era poderosísima, los partisanos se disfrazaban de libertadores y mataban despiadadamente a todo aquel que se enfrentara a su régimen despótico. Los opositores, los verdaderos liberadores del pueblo esloveno, formaron diferentes grupos: inicialmente, formaron fuerzas anticomunistas -Vaške Straže- en cada pueblo, luego se unieron y conformaron el ejército de los domobranci y, finalmente, se acoplaron a los četniki.
Así comenzó la época de nuestras vidas que se presentó colmada de lágrimas, penas y tristezas. Cuando nos venían a visitar nuestros amigos, leíamos los diarios o simplemente hablábamos con los vecinos, todos nos comunicaban noticias desastrosas. Nos informaban de familias enteras asesinadas, muchachos jóvenes muertos en enfrentamientos, novias que nunca volverían a ver a sus prometidos, sacerdotes masacrados, mujeres embarazadas caídas bajo las armas de los partisanos y una lista interminable de conocidos desaparecidos. El horror y la desesperación inundaban las calles, nuestras existencias estaban cubiertas por el velo negro de la muerte, la desconfianza hería hasta a las familias más unidas, la desesperanza corroía los espíritus y no veíamos otra salida que luchar, era esto o morir. Era pelear mediante acciones pasivas o activas, con armas o con palabras, derramando sangre o iluminando mentes, cualquier acto era aceptable, porque como dicen: “en el amor y en la guerra, todo vale”.
Llegó un momento en el que mi hermano me confirmó que estábamos en peligro, yo ya lo suponía con anterioridad –debido a nuestras actividades en Acción Católica-, pero él me dio pruebas con las que me aseguró que, efectivamente, nos vigilaban. Me narró cómo unas personas esperaban a que él saliera de la casa, sin saludarlo, sólo observándolo, con una mano en el bolsillo, como si estuviera ocultando un arma. Me contó su máximo temor: que entraran en la casa y nos mataran. A continuación, admitió que deseaba unirse en Vaška Straža, de esta manera no estaría mucho tiempo en nuestro hogar y podría protegernos desde afuera. Así es como, en vez de dormir en su cama durante las noches, hacía vigilancias en las calles o pernoctaba en una parroquia.
No puedo negar que me preocupaba su militancia, su arrojo y, hasta podría decirse, el heroísmo que demostraba al luchar con tan sólo diecisiete años. Yo tenía sentimientos encontrados, sabía que estaba más seguro con otros soldados –y con las armas que portaban, por supuesto- pero, al mismo tiempo, deseaba hallarlo en el hogar, compartir con él el lazo de sangre que nos unía. Quería poder cuidar de nuestros padres juntos, viajar en bicicleta hasta las montañas, pasear por los bosques, ser feliz junto a mi familia. Cada noche añoraba nuestros años de infancia, deseaba tener nuevamente siete años y que mi madre nos llevara a escuchar cuentos, a ver obras de teatro con títeres, a bañarnos en el río.
Todas esas ambiciones se esfumaron el cinco de octubre del ’43. Al mediodía, tocaron a la puerta de nuestro departamento. Me pareció extraño, ya que mi hermano no solía anunciarse, nomás entraba. Abrí la puerta y me encontré con dos soldados que llevaban el uniforme de četniki, me temí lo peor y llamé a mis padres, para no estar sola en semejante momento. Nos comunicaron que Branko había muerto en Salgo, debido al derrumbe de una gostilna en la que se encontraba. Mi madre no cabía en sí y mi padre se retiró silencioso a su alcoba. Los soldados nos entregaron algunos objetos que encontraron junto con sus restos. En uno de los bolsillos internos de su saco hallaron un pequeño libro de oraciones y una carta para mi madre. En ella, afirmaba que todo lo que hacía, lo hacía por Él.
Mucho tiempo después, en uno de los tantos campos de refugiados en los que estuve con mis padres, pude enterarme de cómo aconteció la muerte de Branko, por lo que me narró uno de los dos sobrevivientes del derrumbe, sé que mi hermano entró en la gostilna, junto con sus cinco compañeros y dos sacerdotes, sentían una sed extrema ya que era un día caluroso y agobiante. Las ropas que los identificaban como četniki se les pegaban al cuerpo, estaban agotados tanto física como anímicamente, pero estaban seguros de querer alcanzar su objetivo: liberar Slovenija. Pidieron refrescos, Branko pidió limonada junto con otros tres compañeros, los demás pidieron agua con miel. La bebida los tranquilizó y relajó, al menos podían sentir, todo este sufrimiento demostraba que estaban vivos, que sus cuerpos no habían dejado de servir a su causa. En el ambiente flotaba una paz que no tranquilizaba sus nervios crispados, además, los tensó el hecho de que inmediatamente después de que ellos entraron en la casa, un pequeño grupo de hombres uniformados saliera. Mientras bebían, uno se observaba las raídas botas, otro se acariciaba su barba crecida, el tercero contemplaba el visillo de la ventana y Branko deslizaba el dedo índice sobre el borde del vaso de vidrio, haciendo sonar una trémula nota que cortaba el ruido de sus respiraciones agitadas. El concierto duró poco, ni siquiera lo suficiente como para que terminasen de tomar sus refrescos. Escucharon gritos, ruidos sordos, parecía ser que los partisanos los habían rodeado. Repentinamente, el techo se desmoronó sobre los miembros del pequeño batallón.
Al enterarme de la muerte de mi hermano, en ese oscuro mediodía, sentí que junto con su vida se llevaron sus esperanzas y sus deseos de una mejor nación. Descubrí que podrían matar a un hombre, a cientos, pero no podrían aniquilar un sentimiento, una creencia, una devoción. Asumí que, al mismo tiempo que su carne era despojada de su alma, nuestra familia perdía una de sus estructuras, una columna que me hacía sentir segura, que me otorgaba el resguardo necesario para dormir tranquila en las noches frías y tormentosas del espíritu. También, comprendí que existen momentos en los que el dolor nos supera en cuerpo y alma, los acontecimientos nos avasallan y no tenemos manera de parar el tiempo, las vicisitudes de la vida nos hacen jirones el corazón y nuestros lagrimales se niegan a continuar derramando lágrimas silenciosas. Nunca creí que mis peores presentimientos se harían realidad, que el mi futuro estaría marcado por la ausencia de Branko.
Lentamente pude salir del golpe inicial, entré en razón y me resigné a que nunca más vería a mi único hermano. Comencé a hacerme la idea de que debería salvaguardarme para poder seguir con vida. El día no se hallaba lejos, siete meses después de la extraña muerte de mi hermano, me comunicaron que debía huir inmediatamente junto con mi padre. No obligaban a mi madre a marcharse, pero ella nos acompañó de igual manera. En un principio pensábamos que la experiencia de exiliados sólo se daría por un par de semanas, que algún gobierno intervendría para apoyar nuestra causa. Luego, comprobamos que nadie se interesaría por nosotros. Es más, que si era necesario, traicionarían al pueblo esloveno -como hicieron los ingleses- y lo deportarían a Slovenija, para ser asesinarlo cruelmente.
Escapamos de Ljubljana con dos bicicletas y un pequeño carrito, en él llevamos algunas de nuestras pertenencias, todo lo demás quedó en el olvido. Durante cuatro interminables años padecimos, dentro de diferentes campos de refugiados, todas las vejaciones y dolores físicos y anímicos imaginables e inimaginables, el hambre era moneda corriente, la desnutrición en mis alumnos era aberrante, no creía hallar la salida del oscuro túnel que se había convertido en mi vida, pero no abandonaba ni la fe ni la oración. Milagrosamente, tomé contacto con el cónsul argentino y él me permitió ingresar, junto con mis padres, a la Argentina. El cinco de febrero del ’49 pisé firmemente el suelo porteño y pude sentirme protegida.
Ahora, a más de sesenta años de esta odisea y en tierra argentina, me despierto por las noches sintiendo que estoy segura porque Branko vela por mi sueño. Creo fervientemente que su ser se elevó, que al momento de fallecer su espíritu ascendió y pudo conseguir, finalmente, la paz que tanto añoraba para el mundo terrenal. Puede ser que sus acciones heroicas sean olvidadas en los próximos años, que, analizando el pasado, una muerte más o una menos no hubieran conseguido la libertad de Slovenija, que su vida fue en vano para que la nación de hoy se yergue bella y svobodna entre montañas y mares; pero, todo esto no quiere decir que yo pasaré por alto todo su sacrificio, sus ideales y su pasión. Nunca dejaré de recordarlo, de elevarlo diariamente en mi memoria.
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