A medida que se avanza por la ruta, todo es cada vez más verde. 404 kilómetros distan de nuestro destino. El camino deja atrás ranchos pegados a lujosos barrios privados, pero solo es fugazmente, el camino sigue y muestra otras cosas. Divagando, me pregunto por qué le dirán La Feliz. Sin duda ese apodo deja mucho afuera, se trata de un gran estereotipo. Como dice Celia Güichal, hay palabras que despiertan imágenes desde algún lugar común. La Perla del Atlántico, el balneario por excelencia, televisado por cualquier canal de noticias durante la época vacacional; la pantalla rebosa de turistas contentos, pero nada se muestra de sus afueras y sus miserias.
Llegamos y sigo pensando cuál será la gracia de irse en vacaciones de invierno a la playa. Pero ya estamos acá, no queda otra que encontrar algo para hacer.
Mar del Plata nació como un caserío alrededor de un saladero en Laguna de los Padres, a mediados del siglo XIX. Oficialmente fue fundada en 1874 por Patricio Peralta Ramos, quien le dio el nombre que lleva, por los reflejos plateados que el sol arrancaba al mar. Región de grandes latifundistas, se fue modelando de a poco como el lugar de vacaciones para la aristocracia porteña primero, y para el pueblo en general después, un destino turístico por excelencia.
Y esa cosa turística que se fue armando con el tiempo, que hace que la gente viaje, recorra lugares que otros ya estipularon de antemano, disfrute, gaste y se vaya contenta; esta “máquina sin riesgo, que asegura que va a encontrarse sólo lo que se espera y ninguna otra cosa” según Diego Tatián; eso que parece sinónimo de La Feliz, ¿de dónde viene? No es que siempre haya sido una ciudad turística ni estuviese destinada a serlo. Parece que la gran idea fue de Pedro Luro, que decidió transformar a Mar del Plata de un pueblo agropecuario a un pueblo balneario, cuando la actividad del saladero comenzó a declinar hace más de cien años.
Y desde entonces, al parecer el pueblo quedó dividido entre la zona reservada para los visitantes, y la de los trabajadores permanentes, más alejada del mar. División social plasmada en el espacio. Y no solo entre sus habitantes. En muchos hoteles solían dividirse secciones según la clase social. Llegó a haber incluso un hotel bicolor: sector rosado para los más pudientes, sector blanco para los menos acomodados.
Amardelplata.
Supongo que una de las primeras cosas que uno mira cuando llega a una ciudad, es su centro. Si pienso en aquellos caminos desnivelados a la par del mar, bordeados por lagunitas llenas de gaviotas, o en esos parques verdes repletos de rocas, escaleritas y plantas rojas, en los monumentos y fuentes, en todas esas cosas, Mar del Plata me parece una ciudad hermosa. Se ve mucha gente ejercitando o pescando, puestos de artesanías, gaviotas planeando, y más allá se ve el torreón, con su forma de castillo medieval. Es la Avenida Patricio Peralta Ramos, cómo el fundador del pueblo no iba tener una calle tan coqueta.
Pero al ver todo esto, siento que estoy frente a una gran fachada. “Fachada: Apariencia externa de una persona o una cosa, que generalmente no corresponde a lo que es realmente”. La Mar del Plata turística, La Feliz. ¿Qué hay más allá? No hace falta buscar para descubrirlo, está bien a la vista: empleados frigoríficos queman neumáticos, el sindicato de gas reclama mejor salario, los empleados del casino piden que se les pague lo acordado, con un original muñeco vestido de obrero ahorcado en un semáforo.
Estas cosas, supongo, hacen que la fachada se agriete. Que en el lindo marco de balneario turístico, penetren los conflictos y peripecias de cualquier lugar, y se rompa el efecto del estereotipo largamente concebido.
Siguiendo por el centro, uno se topa con la peatonal, San Martín. Ancha, arbolada, llena de negocios. Más allá está la calle de los pulóveres, con boulevard, palmeras y todo. La actividad textil, hoy típica de esta ciudad, fue traída por los italianos a mediados del siglo XX. Sus oficios ligados a la construcción estaban siendo desplazados, y no tuvieron mejor idea que rescatar la tradición del tejido, que involucraba a toda la familia, y tenía una venta muy buena gracias al turismo. Hoy, tantos años después, la Juan B. Justo no muestra tradición, sino locales de marcas conocidas apiñados todos juntos para atraer al turista, como cualquier otra calle comercial.
Similar es la Avenida Güemes. En este “shopping al aire libre”, los negocios se agolpan uno tras otro. Si no fuera porque los edificios son bajos, no se notaría diferencia alguna con la Capital. Las marcas son las mismas, los productos iguales, incluso los taxis tienen los mismos colores. Y nos recomendaron esta calle como algo turístico. Entiendo que el turismo tiene una base netamente económica, ¿pero cuál es el sentido de viajar tantos kilómetros, para terminar haciendo algo que podría hacerse de igual manera cerca de la casa de uno? Es algo ya asentado, “el último día hay que comprar algún regalito para los compañeros de trabajo, el novio, la abuela”. Y sí, terminé despilfarrando contenta el último día en la peatonal.
Parece que la consigna principal del turismo es el gasto.
Pero el centro no se limita a sus calles. Una parte se extiende hacia el mar infinito, el famoso puerto de Mar del Plata, lugar típicamente turístico de la ciudad. De chica pensaba que se reducía a la selección de un restaurant, y la contribución con la cruz roja por el estacionamiento a la salida. Esta vez lo recorrimos algo mejor. Embarcaciones pesqueras, algunas semi hundidas, oxidadas y carcomidas, dominan el paisaje. Me pregunto cuánto tiempo habrá transcurrido para que lleguen a ese estado. Acá reparan barcos sobre unas plataformas enormes que están sobre el mar. Y más allá, lobos marinos. Es extraño ver animales de este tamaño viviendo en una ciudad, a excepción de perros. Y me alegra comprobar que persista fauna autóctona aún hoy, que no sea en parajes remotos. Están todos juntos en una playa ínfima de la escollera sur, rodeados de basura, pero al menos están.
La escollera norte es otra cosa. Un edificio reza “memoria, verdad, justicia”. Es uno de los seis centros de detención clandestina que operaron en Mar del Plata. En el ahora museo, se estima que hubo 69 víctimas; siento escalofríos. A la vuelta nomás de esta base naval de la armada, se encuentra el museo de la fuerza de submarinos. Ambos lugares fueron creados en 1926 por la ley nº 11.378. Hoy muestran cosas distintas. El museo de submarinos reboza de barcos y submarinos a pequeña escala, maniquíes con uniformes, recortes periodísticos referentes a la guerra de Malvinas, listas y fotos de los caídos, utensilios relacionados con la marina, y un parque con torpedos y distintas armas. Demasiados torpedos.
Zona turística, visite.
Además del centro, se recorren las afueras. Hay afueras turísticas, y afueras a las que el turista no acude. No tienen atractivo establecido. En las afueras turísticas obviamente se extiende una cuidadosa fachada. En las otras ni se intenta. Y esto se hace evidente cuando se va abandonando progresivamente el centro, y se empieza a notar, que el pasto de los espacios públicos ya no está cortado y que las bolsas de basura rotas son cada vez más frecuentes en las veredas. Pero otra vez todo es prolijidad y limpieza cuando un cartel anuncia “Sierra de los Padres. Zona turística, visítela”. El lugar en cuestión parece un barrio privado pero público. Se accede a través de un arco de piedra con vigilancia, las calles están desniveladas y tienen nombres muy curiosos que hacen que uno se pregunte quienes son Aldo, Patricia, Walter, entre otros. Las casas son preciosas, y más allá hay un parque bien cuidado con rocas de la pequeña sierra, unos puestos de artesanías y una virgen. Pueblito pintoresco y encantador. Y saliendo, se ven también las afueras de Sierra de los Padres. Hay que aclarar que están fuera del arco de piedra con vigilancia, y ya no constituyen la dicha zona turística.
Cuando se recorren estos lugares, uno siente que el paisaje va sufriendo metamorfosis. Por acá, fuentes, estatuas, bulevares con palmeras. Por ahí, ranchos de chapa y madera, basura en la calle, autos oxidados y desarmados. Más allá todo está impecable, y si se sigue el camino que lleva a Laguna de los Padres, la metamorfosis es notable. Porque de repente se está rodeado de árboles en un camino solitario, que desemboca en una apacible laguna rodeada de banquitos de colores. Es naturaleza que cohabita con cultura, hay dos museos en las inmediaciones de la masa de agua.
Diversos galpones antaño dedicados a la industria lanar, rodean el casco central de la estancia. Se trata de una sencilla casa cuyo centro es un patio con un molino inerte. Tras la charla de un guía, se puede recorrer habitación por habitación de lo que fue la estancia de Eusebio Zubiaurre, importante latifundista de la zona. La primera está dedicada a la arqueología. La maqueta que representa lo que puede ser hallado en cada capa de la tierra se combina con muestras de esos posibles hallazgos: vasijas decoradas de aborígenes, pedazos de armas utilizadas por ellos, restos fósiles de animales de la zona. Esta casa es una máquina del tiempo: basta traspasar una puerta para avanzar cientos de años de historia. Segunda habitación y nos encontramos con el sometimiento indígena. Datos de la campaña del desierto e ilustrativos maniquíes que juegan a ser una familia aborigen destacan acá. Y, puerta de por medio, ya se está en la época en que los terratenientes dominaban la región. Luego, algo más casero. La cocina del casco de Zubiaurre, equipada con los artefactos de la época, más lujosos y menos productivos que los actuales. El Museo Tradicionalista José Hernández, instalado en esta estancia se dedica a la historia de la región, y solo al final, última habitación, incursiona en la vida de quien le da nombre al museo. Creo que acá, como en tantos otros lados, se demuestra que siempre puede resultar interesante enterarse de las raíces de los lugares que uno visita.
La próxima parada es a orillas de la Laguna de los Padres. Siento que este lugar tiene algo especial. También es, a su manera, una máquina del tiempo. Acá es fácil imaginarse que hace cientos de años se encontraban el mismo lago, la misma tierra (no el mismo bosque porque no hay árboles autóctonos en la zona), y las mismas frágiles casuchas. Se trata de tres o cuatro pequeñas construcciones, creo que de barro y ladrillo, por cierto muy olorosas. Dentro de cada una hay diversos objetos dispuestos casi aleatoriamente, que pretenden ser parte de una historia de la cual no hay ninguna explicación que oriente al visitante. Completan el panorama una elegante tienda de souvenirs y una iglesia sin bancos que da misa a las cuatro y media. Entonces siento una enorme curiosidad que el lugar, con su nula información y su cartel de "lo expuesto está en venta, consulte", no es capaz de saciar. Lo cierto es que me fui de la Reducción de Nuestra Señora del Pilar de Puelches, sin tener la menor idea de qué es una reducción jesuítica. Luego me enteré que este lugar constituyó una importante herramienta del imperio español para aplacar la resistencia indígena, a través de su evangelización y sedentarización, pero que se volvió imposible de sostener luego de cinco años. El lugar sería mil veces más interesante si en algún lado un pequeño cartel explicara de qué se trata.
Sin embargo sigo pensando. Cuántas personas tan distintas habrán pasado por estos lados. Indígenas, misioneros, invasores, terratenientes, trabajadores, turistas, cada uno con su historia particular. La laguna, testigo impasible del tiempo, cuántas cosas más verá. Difícil imaginarlo.
Los museos son en definitiva algo así como viajes en el tiempo. Viajes dentro de otros viajes.
“Hay lugares que solo conocés de casualidad por el GPS”, me dijeron.
Además de las paquetas afueras turísticas, están aquellas que el visitante no conoce más que de casualidad, y no tiene la menor intención de recorrerlas. Es paradójico pensar, que por ejemplo, la gran expansión económica marplatense, al atraer a cientos de personas necesitadas de empleo, fue la propulsora de los asentamientos de emergencia, que hacia 1990 eran más de cien. Estas casuchas tan precarias, inmersas en basurales, rodeadas de caballos y banderas rojas alrededor de gauchitos giles, están a pocos metros de las casas cuidadas (y casi sin basura en sus veredas) de clase media, que miran al centro. Más paradójico resulta ver que estas casillas se distribuyen a lo largo de las vías férreas que al parecer tantas mejoras trajeron a la ciudad, como dinamizar la agricultura, la pesca, el turismo.
Estoy parando en las afueras de Mar del Plata. Me llama la atención, la gente en su gran mayoría se conoce de hace años, pasan la misma semana siempre en el mismo lugar. Más extraña notar que la mayoría apenas sale del complejo. Cuál es el atractivo turístico acá, de algo me debo estar perdiendo. Pero la gente está muy contenta con irse tan lejos para quedarse casi todo el tiempo en el lugar donde se hospedan. A mí me aburre, así que salgo del complejo y el cambio es notable. Esto es muy diferente a Mar del Plata, es completamente agreste. Es reconfortante caminar por las callecitas de tierra inundada en pasto, solo con el sonido de las cotorras y el mar. Casi no hay casas, y el terreno es ondulado, está plagado de eucaliptus. Más allá hay una iglesia y una escuela chiquita, me sorprende lo chico que puede llegar a ser un pueblo, debo estar en las afueras de Chapadmalal. “Acá sí que hay paz, Mar del Plata en cambio es un quilombo” me dice una kiosquera, aunque también me comenta que, paradójicamente, hace poco ya robaron e incendiaron como catorce casas de la zona.
Pero en realidad no hace falta ir a las afueras para advertir cómo la gran fachada seductora de turistas está llena de poros. Los niños pidiendo en el semáforo, los cartoneros tras sus carros, las múltiples manifestaciones, recuerdan permanentemente al turista que tras La Feliz hay algo mucho más complejo. Por ejemplo, ni bien se entra al puerto se lee “Puerto = capital de la desocupación y el trabajo en negro”, “basta de hambre”, “todo es culpa de los empresarios”. O en un semáforo un conjunto de carteles de los trabajadores del casino rezan “Basta de corrupción, keremos cobrar lo que nos deben, Moyano traicionaste a los trabajadores”.
Dos caras tiene la moneda. Una es la turística, cuya fachada se muestra orgullosamente. La otra, no se muestra. Se ve, casualmente, si se pasa al costado. El estereotipo produce que solo sea tenido en cuenta un lado, y el otro quede completamente relegado, que es justamente el que necesita mayor atención.
Y si es como dice Caparrós, y el viaje es un choque entre los mitos previos y los que uno se está construyendo en ese momento, el viaje es, ante todo, un espacio que cabe en la cabeza de uno, como respuesta a lo que el paisaje le va sugiriendo. Uno va a Mar del Plata con algunas ideas. Sale con otras. La Feliz, La Perla del Atlántico, no es más que un estereotipo de gente feliz y bronceada tirada en la playa, tal vez jugando en el casino, viendo focas en el acuario con el faro de telón o viendo alguna obra de teatro. En la realidad obviamente no es más que una ciudad cualquiera, con su historia, sus gentes, sus costumbres y particularidades. Con la ventaja de tener una playa y un mar y poder convertirlos en industria para obtener recursos económicos, o dicho de otra forma, la ventaja del turismo. Con muñecos obreros colgados del semáforo y hermosos parques. Con ranchos de chapa inmersos en basura, y carteles de “zona turística, visite”. Y la moneda tiene dos caras, y una tiene una gran fachada, y la otra suele omitirse. Y todo va a resultar de acuerdo al punto de vista de quien lo mire. Ahí, me parece, reside la cuestión.
0 comentarios: