¿Quiénes somos?





Somos estudiantes de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires. Este blog es producto del trabajo que realizamos en la comisión 63, coordinada por la profesora Claudia Risé y la alumna Emilia Cortina, durante la cursada anual del 2012 del Taller de Expresión I, cátedra Reale.

Prohibido detenerse


Hemos llegado al punto en que todo debe ser ya, ahora, moderno, rápido y práctico. Porque no tenemos tiempo. Porque debemos llegar pero sin poder quedarnos. Porque todo avanza, y ¿por qué no, entonces, las reglas ortográficas? Si “valla” o “vaya” suenan igual, ¿qué importa cómo la escriba? Si la H no se pronuncia, ¿para qué la colocamos delante del “uevo”? ¿No es acaso lo mismo escribir “huevo”? 

Nuestras mentes no tienen tiempo para detenerse a pensar en las milenarias reglas de ortografía y tildación. El siglo XXI nos obliga a avanzar, con su voraz velocidad, triturando todo obstáculo que pretenda hacer que la mente se esfuerce un poco más. Pero, ¿desde cuándo avanzar, modernizarse significa destruir todo lo pasado? ¿Desde qué lugar nos colocamos cuando pretendemos “evolucionar”? ¿Qué clase de mundo queremos construir si pretendemos eliminar todo lo que moleste a nuestro paso? 

Optar por el camino más fácil nos haría involucionar. Bien conocido es que el cerebro humano es una masa de células que no se reproducen y que si no se las estimula y ejercita, se atrofian. ¿Qué mejor que las retorcidas reglas gramaticales de nuestro idioma para ejercitarlo? Muchos estarán de acuerdo, otros quizá, me odien. ¿Cuántas veces habré dicho: “por qué estudio fracciones, si cuando sea periodista no van a servirme”? Pregunta a la que mi padre siempre contestó: “para ejercitar la cabeza Catalina, no te olvides que al cerebro hay que estimularlo”. Hoy con todo el gran dilema ortográfico dando vueltas pienso: “cuánta razón tuvo”. 

Que la gramática y la lengua evolucionará, seguro. Pero quién dijo que debemos reglamentarla, ella sola se irá haciendo paso, nosotros por nuestra parte, tendremos que seguir aprendiendo sus raíces, conociéndola de la forma más difícil, porque como bien sostiene Francisco Luis Bernárdez: …”después de todo he comprendido, que lo que el árbol tiene de florido, vive de lo que tiene sepultado.”


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