Reflexiones acerca de los plagios.
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En el siglo XVI comienza en Inglaterra un proceso de cercamiento de tierras para la cría de ovejas. Los desplazados que vivían en las tierras en cuestión quedaron sin fuente de sustento y, muchos de ellos, no tuvieron más alternativa que recurrir al robo para sobrevivir. Se dice que este es el glorioso comienzo de la propiedad privada.
Solo quiero ilustrar como cosas que consideramos completamente naturales, no lo son en absoluto. Nos las imaginamos como única opción indiscutible, pero tuvieron un comienzo y un desarrollo. Entonces me pregunto, mera curiosidad, quien habrá tirado la primera piedra en la cuestión de la propiedad intelectual; ¿cuando fue que alguien dijo “esta frase la inventé yo, si querés reproducirla vas a tener que darme cierta suma de dinero?” (contribuyendo así a la mercantilización de la cultura). De hecho no habrá ocurrido hace mucho: antes del Iluminismo, la práctica del plagio era la práctica aceptable como difusión de ideas y escritos. Lo practicaron Shakespeare, Marlowe, Chaucer, De Quincey y muchos otros que forman parte de la tradición literaria.
Pero, ¿qué es más importante? ¿Delimitar fronteras entre autores para que ninguno se roce con el otro? ¿O la obra en sí misma, más allá de sus fuentes? Tengo la triste sensación de que parece importar más la autoría de las obras antes que su calidad intrínseca.
Sin duda el plagio es un tema controversial que ha desatado numerosos debates en el ámbito de la cultura. Sobre todo cuando alguna acusación escandalosa sale a la luz. Sin ir más lejos este año se problematizó la propia propiedad intelectual a partir de los debates en torno a las leyes SOPA y PIPA, el proyecto más acabado para el cercenamiento de la libre distribución de material cultural.
Hagamos una simple suposición al respecto. Una persona, cualquiera, acaba de leer una novela y quedó tan fascinada que no pudo más que imaginar una continuación, una alternativa, una conclusión. Supongamos también que se le da bien la escritura, y publica su versión. Podría llamársela plagio. Los personajes, la trama, el contexto, son los mismos. ¿Pero su aporte no sería un enriquecimiento a la versión original? Distinto sería si copiara la trama entera sin ningún cambio. Esa versión, también plagio, no aportaría nada. También podría suceder que un músico decide hacerle un homenaje a su artista favorito, y reproduce una de sus canciones, aclarando de entrada que la obra pertenece a otro. No sería plagio, ¿pero hasta qué punto sería una enriquecedora versión nueva si reprodujera cada compás al pie de la letra?
Para poner un ejemplo un poco más concreto: los remakes. Técnicamente no son plagios porque están especificando sus fuentes: una película anterior. La momia (1932 y 1999), Psicosis (1960 y 1998) y La guerra de los mundos (1953, 2008 y novela de 1898), entre otras, son adaptaciones fieles al original sin ser plagios pero creo que aportan muy poco en comparación a lo que aportaría un plagio más escondido, que cambie las circunstancias. De hecho, uno de los placeres que repetidamente se atribuyen a la lectura literaria es del reconocimiento. Pero ese reconocimiento, que hace que se vuelva transparente lo que es opaco, resulta tanto más placentero, tanto más cognitivamente exigente, cuanto mayor es el esfuerzo por obtenerlo. Y nunca, nunca, será completo.
Ya lo dijo Theodor Adorno hace décadas: en la industria cultural se sacrifica la originalidad en pos de la aceptación de lo existente, ya que la novedad significa el riesgo al rechazo. La consecuencia obvia es la repetición de lo igual, el empobrecimiento de la creatividad. En ningún sentido estoy diciendo que toda la cultura pertenezca a la industria cultural. Pero sí me parece válido señalar que las temáticas culturales se vuelven comunes, similares, y no por eso se considera que todas las películas de la misma temática sean plagios de la que inauguró el género. Sería absurdo que todas las películas de superhéroes, por ejemplo, se demanden entre sí por plagio, y eso que son bastante parecidas.
Que no se me malinterprete. No estoy defendiendo el robo deliberado de ideas para hacerlas pasar como propias. Ese es solo uno de los aspectos del plagio, concepto que al fin y al cabo se relaciona con la intertextualidad. Sin embargo hay toda una serie de películas famosísimas que han sido acusadas de sucio plagio y no por eso gozan de menos éxito. “Buscando a Nemo” fue denunciada por el francés Franck Le Calvez, autor del libro para niños “Pierrot Le Paissan Clown”, realizado en 1995: ambas tratan de un pez payaso perdido que emprende una travesía que, finalmente, concluye en el reencuentro con el padre/madre. La exitosa Matrix no solo fue denunciada, sino que debió indemnizar con dos billones y medio de dólares a Sophia Stewart, quien había presentado su “The third eye” (registrado en 1981) a un anuncio pidiendo obras de ciencia ficción de los hermanos Wachowski , directores y guionistas de Matrix.
Pero en un mundo donde la imaginación no deja de ser explotada y exprimida, ¿hasta qué punto se puede seguir esperando originalidad pura? La imaginación como producto puro no existe; es mestiza de otras imaginaciones previas. Todo enunciado está orientado dialógicamente a otros enunciados, está constituido en otros textos previos: todo nos remite a otra cosa, todo es intertextual. De hecho si nos ponemos quisquillosos y si nos atenemos a una definición estricta y consideramos latrocinio cualquier objeto, melodía, pensamiento o escena que evoque otro anterior, que se haya inspirado en él o se sirva de su precedencia para plasmarse sobre el medio que elija, entonces no queda más remedio que resignarse a que toda la historia de la literatura y del arte es un plagio de dimensiones apabullantes.
Aquí se abren dos caminos para los críticos literarios. O bien abandonamos la literatura, y llamamos a la policía (es decir, entendemos “robo” literalmente, como si fuera un delito del Código Penal). O bien estudiamos nuevamente el texto, y consideramos cuáles son los efectos estéticos y literarios que la evocación descubierta produce.
Frente a la postura de considerar al plagio como una falta de creatividad y de inventiva, se lo puedo considerar como una forma de desarrollar la imaginación: de abrir los horizontes del texto fuente, de enriquecerlo. En vez de parafrasear la versión original para hacerla parecer distinta y disimular su procedencia, se le brinda un reconocimiento al retomarlo. No me parece mal querer tomar una idea, incluso plagiarla tal cual está en el contexto original, siempre y cuando se le aporte una visión original en algún punto. Siempre y cuando, (y este es mi único reparo al plagio) se la tome con humildad, como un reconocimiento al autor original (si es que tal cosa existe), y no como un borramiento del mismo. Como ya dije, el plagio tiene tenues fronteras con la intertextualidad.
Propongo entonces que en vez de tomar posiciones dicotómicas y estar simplemente a favor o en contra, se relativice según cada caso. En vez de decir “esto no es plagio”, o “esto es plagio y está mal”, se puede mirar desde otro enfoque (entre muchos otros). Sería algo así: esta nueva versión, marcadamente intertextual, ¿aporta algo útil y nuevo que no estaba en la versión original? ¿O es una mera copia, cite o no cite fuentes?
Me parece productivo dejar que las ovejas culturales pasten libres y tengan oportunidad de relacionarse entre sí, en vez de cercarlas en pos de la propiedad privada.
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Las frases en bastardillas provienen de otros autores, y buscan crear un efecto intertextual que remita a otras fuentes. Se citó (en orden) a Josefina Ludmer, Susana Santos, Luis Manuel Ruiz (opositor al plagio) y nuevamente Susana Santos.
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