Estaba haciendo zapping, nada me venía bien, había
variedad pero nada me gustaba: la heroína triste porque su galán no se jugaba
por su amor, el certamen de baile convertido en un show mediático dispuesto a
todo por un punto más de rating, una película de amor densa, una serie de
muertos vivos, una comedia típicamente yankee, una de guerra, una de autos,
cocina, música y algo que me resultó familiar.
Me
detuve. Un chiste fácil y rápido, seguido por una risa obvia, mía. El parecido
era indiscutible. Sintonicé la competencia directa y ahí lo vi, en el canal del
zorro, un hombre amarillo, panzón en un sillón mirando televisión, casi con mi
misma expresión un rato antes; una mujer con un pelo azul altísimo, un hijo
rebelde, una hija extremadamente inteligente, una familia casi normal.
Definitivamente,
una serie copia a la otra, el plagio existe y sin ocultamiento alguno. Las
similitudes están a la vista, las diferencias hay que buscarlas con mayor
profundidad. Padre de Familia surgió años después a Los Simpsons,
basados ambos en una familia tipo, “parodiando” la vida y el humor americano,
ubicándose en ciudades ficticias. Entre ellas, se enfrentan y se burlan; en uno
de los capítulos, la familia amarilla hace referencia al padre de familia con
una foto bajo el lema de “plagiarismo”.
¿Cuál es la necesidad de plagiar? ¿Hay tan poca creatividad
y originalidad que se recurre a basarse en una misma idea y copiarla? ¿Cuál es
el costo de crear algo nuevo? ¿Se recurre a lo fácil, a lo seguro, a lo exitoso
y se busca la manera de realizar una versión similar y “mejorada”? Las
historias se repiten, vuelven. Son como círculos, los círculos vienen y van, no
tienen principio ni fin. El plagio tampoco. Nunca se termina, siempre se
renueva.
Escribir,
contar, narrar, explicar, hablar, es transmitir los pensamientos personales, la
subjetividad de cada ser. ¿Qué es lo que sucede si plagiamos un texto de un
autor, un programa de televisión, la melodía de una canción? ¿Perdemos la
originalidad propia?
Luis
Manuel Ruiz en su ensayo El plagio, dice: Si nos atenemos a una
definición estricta y consideramos latrocinio cualquier objeto, melodía,
pensamiento o escena que evoque otro anterior, que se haya inspirado en él o se
sirva de su precedencia para plasmarse sobre el medio que elija, entonces no
queda más remedio que resignarse a que toda la historia de la literatura y del
arte es un plagio de dimensiones apabullantes.
Si todo
fuese plagio, entonces ¿cuál sería la idea de avanzar, del futuro, de lo nuevo?
La originalidad de cada uno, las nuevas ideas no existirían. Y, ¿para qué
seguiríamos buscando cosas si todas las cosas ya están y podemos copiarlas?
Para qué esforzarme en crear algo innovador si puedo robar una idea y hacer mi
propia versión. Somos seres inundados de originalidad, capaces de crear, volver
a algo, y nuevamente crear. Castoriadis planteaba: Creación es la capacidad
de hacer surgir lo que no está dado, ni es derivable, combinatoriamente o de
otra forma, a partir de lo dado. El hombre crea de la nada, pero, a la vez,
se apoya en creaciones anteriores. ¿La nada existe? ¿Qué es nada? Y, en
consecuencia, ¿Qué es todo? Aunque pensándolo, ¿somos realmente capaces de
crear o necesitamos un algo para dar vuelo a nuestra creatividad? Nadie
puede decir que el David de Miguel Ángel no sea original, sin embargo, necesitó
tener un modelo enfrente a quien esculpir.
Tengo
que escribir algo, pero puedo (gracias bendita Internet) googlear y
encontrar una mínima idea similar, tomarla y darle algunos cambios. Internet
nos permite fácilmente realizar un copiar pegar, los derechos de autor
están disueltos. El plagio nos rodea sin culpa, no se puede detener, es como
una enfermedad de la que no se ha encontrado cura. ¿Cuál es su antídoto? ¿Citar
la fuente y hacer referencia del autor en el uso de una nota, en el caso
literario? No lo creo. Todos hacemos uso y abuso de él, en la vida cotidiana
usamos expresiones no propias que hacemos, de alguna u otra manera, propias. ¿Y
qué es lo propio? Si desde que nacemos aprendemos de los demás, ¿cómo
descubrimos lo que nos pertenece y nos hace únicos? Nos dejamos envolver en
palabras de otros, es más fácil hacer uso de un trabajo previo y retocarlo,
darle el touch propio, la magia que lo hace encantador y nuevo. ¿Existe
la originalidad o está perdida?
Ya no le estaba prestando
atención al programa, las preguntas daban vueltas por mi cabeza, una tras otra.
Posiblemente la dificultad se plantea en ser original sin recurrir a nuestro
bagaje cultural, es factible considerar único o considerar una obra propia sin
elementos de cosas que hayamos “consumido” a lo largo de nuestro crecimiento,
aprendizaje y experiencia. No es fácil cerrar un tema como éste sin que nos
queden interrogantes a resolver o debatir. Si bien el plagio puede tener como
positivo el condimentar algo ya existente, ¿no sería más loable partir desde
una idea propia, o al menos no tan caminada como Los Simpsons?
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