¿Quiénes somos?





Somos estudiantes de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires. Este blog es producto del trabajo que realizamos en la comisión 63, coordinada por la profesora Claudia Risé y la alumna Emilia Cortina, durante la cursada anual del 2012 del Taller de Expresión I, cátedra Reale.

¿Cuál es tu origen?

Luis Manuel Ruiz, escritor español, hablando sobre el plagio comentó que somos ingenuos al pensar y creer que existe la originalidad. Pero, ¿qué es la originalidad? Muchos dirán que es “lo clásico”, “lo creativo”. Podríamos pensar que algo clásico o creativo es aquello que surgió primero, aquello de lo que no había en el momento en que apareció. Podríamos hablar de clásicos en la literatura, en el cine; de creatividad en la ciencia o en la pintura, podríamos referirnos y nombrar ejemplos sobre ellos, pero nos olvidamos de algo particular: nos olvidamos que hablamos desde nosotros, desde nuestro lugar específico, desde nuestro momento preciso y actual. Lo actual fue también un pasado, y será un actual en el futuro. ¿Qué consideraría clásico Dante Alighieri? o más aún ¿Qué sería lo clásico para Homero? Lo nuevo fue novedoso en un tiempo, para luego considerarse clásico en otro tiempo después. Clásico porque su mensaje permaneció y aún permanece. Y permanecerá, porque “debe ser intocable.”

Si alguien se atreviera a contar una historia igual a la de Odiseo y se adjudicase como propia la invención, sería acusado de plagio por todos nosotros. Diríamos que su actitud es causa de su “falta de creatividad para producir algo original”. (Y si no se lo adjudicase propio, tal vez no lo acusemos de plagiador pero diríamos lo mismo seguramente).

Pero si alguien decidiera actualizar un clásico, agregarle detalles que se correspondan con el paso del tiempo, ¿no sería el resultado algo novedoso para nosotros? ¿algo original? La historia claramente será la misma, ya conocida. Pero nuestros ojos serán distintos, más cercanos tal vez, con nuevas miradas que concluirán en nuevas interpretaciones. Quizás el mensaje necesita aparecer nuevamente, para ser adaptado a otras formas originales. Tal vez se convierta en una obra maestra como el Ulysses de James Joyce.

Bajo la excusa del homenaje, muchos permiten la copia y la aplauden satisfechos. ¿Qué diferencia habría si no quisieran homenajear y simplemente renovar? ¿Olvidarían al creador? ¿Por qué unas copias sí y otras no?

Yo creo que realmente se olvida que la importancia dada al creador es actual. Lo actual que sólo pertenece a nuestro ahora. Un actual cambiante. Lo que ahora designamos mediante leyes y castigamos para cuidar nuestros intereses, en otro tiempo era utilizado por todos como algo “natural”. Los cambios nos rodean, los producimos y nos adaptamos a ellos. Lo que damos por descontado no fue siempre así.

Walter Ong nos ejemplifica:
“Al sacar las palabras del mundo del sonido -donde primero tuvieron origen en el intercambio humano activo- y relegarlas definitivamente a la superficie visual, y al explotar de otros modos el espacio visual para el manejo del conocimiento, la impresión alentó a los seres humanos a pensar cada vez más en sus propios recursos internos (conscientes e inconscientes) como cosas, impersonales y religiosamente neutras. La impresión ayudó a la mente a sentir que sus posesiones se guardaban en alguna especie de espacio mental inerte.”

Actuamos y pensamos, en referencia a lo que es necesario en nuestro “actual”, desde nuestro “origen” determinamos los significados. Nuestro contexto nos marca lo relevante, si proteger o no los derechos de un autor es necesario, será decidido por la cultura material en la que estemos viviendo. Creer que lo original está perdido depende de pensar la originalidad como “lo que está primero” o “lo que nadie dijo”. Depende de pensar que lo que se dijo una vez, no puede volver a repetirse. Tal vez la originalidad podría tener otros significados, tal vez remite a algo que se refiere a su “origen”, a su punto de partida. Tal vez un origen puede ser el recorte de una visión, una interpretación, un resultado final que se produjo por circunstancias precisas, y tal vez esas circunstancias podrían haber sido otras y producir otro resultado, que conduzca a otra interpretación, a otra visión con un recorte distinto, a otro origen.

¿Entonces cada uno podría tener diferentes originales? ¿Y si en vez de lo que nadie dijo pensamos en “lo que alguien vio”?

Hortografia



Istoricamente el ezpañol a cido catalogado como un hidioma complicado. Justamente la gran cantidad de conjugaciones bervales lo rratifica. Tampoco holvidemosnos de las tildes. Mas y mas no hes lo mismo. No, claro que no. Pero que hes esa linea pequeña ensima de huna letra. 

Ay que preguntarle a la Real Hacademia Ezpañola. Henorme institucion si las ay. Fundada en 1713 por hiniciativa de Juan Manuel Fernandés. ¿Propocito ? Fijar las vozes y vocavlos de la lenguá cazteyana. Resien a partir del haño 1727 aparezieron las prímeras normas hortograficás. 

Gabriel Garzia Marques, hescritor de fama reconozida, kiere homitir algunaz normas. Pretende la confuzion. No puede ber la inportansia de la conprencion. Dezpues culpamos a la jubentud de su vrutalidad. No podemoz permitir ke los chicos ce hacostumbren ha estoz herrores. Por ezo, va ha cer vital ke hen el colejio se rezpete fielmente todaz y cada huna de las normaz dictadas. 

Tan poco hentiendo a los hingleses. Komo pueden direfenziar el significado de “i like you”. Te kiero , te hamo no es lo mismo hevidentemente. Por cuerte no sufrimos los mizmos provlemas, de no ser haci ya tendriamos barios corasones rotos. Ci con una frace tan klasica como la hanterior nos causa tantos provlemas, himaginense ci se repietera kon todaz las demaz. Katastrofico, cin dudas. 

Ablar y escrivir correctamente hes fundamental. Ay que hevitar el ridiculo. No podemos ir a la berduleria y pedir un quilo de papa, ya que la perzona que noz hatienda pensara ke tenemoz un trauma familiar. Ke difetente es ci bamos a la misma berduleria y pedimos un quilo de papa. Haora si, compraremos el tuverculo por el ke binimos. 

Kreo ke nadie kiere pasar por tal bergonsoza ezcena. Hentonces cunplamos todas las reglaz kon propiedad y beremos komo los mal entendidos ce van hacavando. Por ezo agame cazo, corrija hal ke se ekivoca, no ce confunda, no mueztra su defecto con hefecto de vurla, todo lo comtrario, le ace un favor. Ahora que lo pienso ¿El español/castellano no es tan difícil como parece, no?

Intertextualidades


Reflexiones acerca de los plagios. 

“Prohibida la reproducción total o parcial 
por cualquier medio sin permiso escrito de la editorial” 

En el siglo XVI comienza en Inglaterra un proceso de cercamiento de tierras para la cría de ovejas. Los desplazados que vivían en las tierras en cuestión quedaron sin fuente de sustento y, muchos de ellos, no tuvieron más alternativa que recurrir al robo para sobrevivir. Se dice que este es el glorioso comienzo de la propiedad privada. 

Solo quiero ilustrar como cosas que consideramos completamente naturales, no lo son en absoluto. Nos las imaginamos como única opción indiscutible, pero tuvieron un comienzo y un desarrollo. Entonces me pregunto, mera curiosidad, quien habrá tirado la primera piedra en la cuestión de la propiedad intelectual; ¿cuando fue que alguien dijo “esta frase la inventé yo, si querés reproducirla vas a tener que darme cierta suma de dinero?” (contribuyendo así a la mercantilización de la cultura). De hecho no habrá ocurrido hace mucho: antes del Iluminismo, la práctica del plagio era la práctica aceptable como difusión de ideas y escritos. Lo practicaron Shakespeare, Marlowe, Chaucer, De Quincey y muchos otros que forman parte de la tradición literaria. 

Pero, ¿qué es más importante? ¿Delimitar fronteras entre autores para que ninguno se roce con el otro? ¿O la obra en sí misma, más allá de sus fuentes? Tengo la triste sensación de que parece importar más la autoría de las obras antes que su calidad intrínseca. 

Sin duda el plagio es un tema controversial que ha desatado numerosos debates en el ámbito de la cultura. Sobre todo cuando alguna acusación escandalosa sale a la luz. Sin ir más lejos este año se problematizó la propia propiedad intelectual a partir de los debates en torno a las leyes SOPA y PIPA, el proyecto más acabado para el cercenamiento de la libre distribución de material cultural. 

Hagamos una simple suposición al respecto. Una persona, cualquiera, acaba de leer una novela y quedó tan fascinada que no pudo más que imaginar una continuación, una alternativa, una conclusión. Supongamos también que se le da bien la escritura, y publica su versión. Podría llamársela plagio. Los personajes, la trama, el contexto, son los mismos. ¿Pero su aporte no sería un enriquecimiento a la versión original? Distinto sería si copiara la trama entera sin ningún cambio. Esa versión, también plagio, no aportaría nada. También podría suceder que un músico decide hacerle un homenaje a su artista favorito, y reproduce una de sus canciones, aclarando de entrada que la obra pertenece a otro. No sería plagio, ¿pero hasta qué punto sería una enriquecedora versión nueva si reprodujera cada compás al pie de la letra? 

Para poner un ejemplo un poco más concreto: los remakes. Técnicamente no son plagios porque están especificando sus fuentes: una película anterior. La momia (1932 y 1999), Psicosis (1960 y 1998) y La guerra de los mundos (1953, 2008 y novela de 1898), entre otras, son adaptaciones fieles al original sin ser plagios pero creo que aportan muy poco en comparación a lo que aportaría un plagio más escondido, que cambie las circunstancias. De hecho, uno de los placeres que repetidamente se atribuyen a la lectura literaria es del reconocimiento. Pero ese reconocimiento, que hace que se vuelva transparente lo que es opaco, resulta tanto más placentero, tanto más cognitivamente exigente, cuanto mayor es el esfuerzo por obtenerlo. Y nunca, nunca, será completo. 

Ya lo dijo Theodor Adorno hace décadas: en la industria cultural se sacrifica la originalidad en pos de la aceptación de lo existente, ya que la novedad significa el riesgo al rechazo. La consecuencia obvia es la repetición de lo igual, el empobrecimiento de la creatividad. En ningún sentido estoy diciendo que toda la cultura pertenezca a la industria cultural. Pero sí me parece válido señalar que las temáticas culturales se vuelven comunes, similares, y no por eso se considera que todas las películas de la misma temática sean plagios de la que inauguró el género. Sería absurdo que todas las películas de superhéroes, por ejemplo, se demanden entre sí por plagio, y eso que son bastante parecidas. 

Que no se me malinterprete. No estoy defendiendo el robo deliberado de ideas para hacerlas pasar como propias. Ese es solo uno de los aspectos del plagio, concepto que al fin y al cabo se relaciona con la intertextualidad. Sin embargo hay toda una serie de películas famosísimas que han sido acusadas de sucio plagio y no por eso gozan de menos éxito. “Buscando a Nemo” fue denunciada por el francés Franck Le Calvez, autor del libro para niños “Pierrot Le Paissan Clown”, realizado en 1995: ambas tratan de un pez payaso perdido que emprende una travesía que, finalmente, concluye en el reencuentro con el padre/madre. La exitosa Matrix no solo fue denunciada, sino que debió indemnizar con dos billones y medio de dólares a Sophia Stewart, quien había presentado su “The third eye” (registrado en 1981) a un anuncio pidiendo obras de ciencia ficción de los hermanos Wachowski , directores y guionistas de Matrix. 

Pero en un mundo donde la imaginación no deja de ser explotada y exprimida, ¿hasta qué punto se puede seguir esperando originalidad pura? La imaginación como producto puro no existe; es mestiza de otras imaginaciones previas. Todo enunciado está orientado dialógicamente a otros enunciados, está constituido en otros textos previos: todo nos remite a otra cosa, todo es intertextual. De hecho si nos ponemos quisquillosos y si nos atenemos a una definición estricta y consideramos latrocinio cualquier objeto, melodía, pensamiento o escena que evoque otro anterior, que se haya inspirado en él o se sirva de su precedencia para plasmarse sobre el medio que elija, entonces no queda más remedio que resignarse a que toda la historia de la literatura y del arte es un plagio de dimensiones apabullantes. 

Aquí se abren dos caminos para los críticos literarios. O bien abandonamos la literatura, y llamamos a la policía (es decir, entendemos “robo” literalmente, como si fuera un delito del Código Penal). O bien estudiamos nuevamente el texto, y consideramos cuáles son los efectos estéticos y literarios que la evocación descubierta produce. 

Frente a la postura de considerar al plagio como una falta de creatividad y de inventiva, se lo puedo considerar como una forma de desarrollar la imaginación: de abrir los horizontes del texto fuente, de enriquecerlo. En vez de parafrasear la versión original para hacerla parecer distinta y disimular su procedencia, se le brinda un reconocimiento al retomarlo. No me parece mal querer tomar una idea, incluso plagiarla tal cual está en el contexto original, siempre y cuando se le aporte una visión original en algún punto. Siempre y cuando, (y este es mi único reparo al plagio) se la tome con humildad, como un reconocimiento al autor original (si es que tal cosa existe), y no como un borramiento del mismo. Como ya dije, el plagio tiene tenues fronteras con la intertextualidad. 

Propongo entonces que en vez de tomar posiciones dicotómicas y estar simplemente a favor o en contra, se relativice según cada caso. En vez de decir “esto no es plagio”, o “esto es plagio y está mal”, se puede mirar desde otro enfoque (entre muchos otros). Sería algo así: esta nueva versión, marcadamente intertextual, ¿aporta algo útil y nuevo que no estaba en la versión original? ¿O es una mera copia, cite o no cite fuentes? 

Me parece productivo dejar que las ovejas culturales pasten libres y tengan oportunidad de relacionarse entre sí, en vez de cercarlas en pos de la propiedad privada. 


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Las frases en bastardillas provienen de otros autores, y buscan crear un efecto intertextual que remita a otras fuentes. Se citó (en orden) a Josefina Ludmer, Susana Santos, Luis Manuel Ruiz (opositor al plagio) y nuevamente Susana Santos.

La apoteosis de mi héroe



“¡Oh, qué leyenda podemos inventar! Y lo principal es que surge una nueva fuerza. La nueva fuerza que se necesita, pues la gente llora por ella. ¡Qué puede traer el socialismo! Destruye las viejas energías, pero no aporta nuevas. ¡Aquí, en cambio, qué poder tan inaudito se encierra! No necesitamos más que una palanca, por una sola vez, para levantar la Tierra. ¡Todo se levantará!” 
Los demonios – Fiodor Dostoyevski 

Cuatro años en diferentes campos de refugiados no son comparables al sentimiento de culpa que arrasa tu integridad al dejar tu tierra, tus raíces, tu gente. Me atormenta pensar que abandoné parte de mi identidad al dejar mi país y que debí construirme una nueva al llegar a la Argentina. Con el paso del tiempo, descubrí que lo único que podía detener momentáneamente esta eterna pesadumbre era la acción de recordar. Creo que, al mismo tiempo que me tranquiliza, me mortifica. Sostengo que los partícipes de los sucesos acontecidos en un pasado distante son elevados a través de la memoria, se convierten en héroes. Considero que mi hermano, Branko Virant, es un héroe, uno que entregó su vida por una causa que resultó perdida por decenas de años aunque, luego, se erigió la verdad y se demostró la supremacía de su ideal. 

Nací, como mis progenitores y mi hermano, en Slovenija. Crecimos siguiendo los ideales de nuestros antepasados, perseguíamos la libertad de expresión, considerábamos fundamental el respeto a los padres y a nuestra cultura, éramos fervientes seguidores de la religión católica y nos esforzábamos por avanzar en la educación personal. Nos movíamos a través del ahínco de superarnos, de formar una nación trabajadora y unida culturalmente, debido a esto, deseábamos la libertad de nuestras tierras, y llegar así a la independencia de la nación – ya habíamos avanzado, como pueblo, en ese aspecto, gracias a la caída del Imperio Austrohúngaro, nos habíamos reunido a Yugoslavia-. Debido a todos estos antecedentes, muchos creímos en un principio en Ovsobodilna Fronta, que nos hizo suponer que luchaban por nuestros ideales. Lamentablemente, este movimiento era sólo una fachada creada por el partido comunista –Komunistična Partija Slovenije– con la finalidad de conquistarnos y tomar el poder político, social y cultural. 

Nosotros dos, continuando con la tradición cristiana familiar, pertenecíamos a la Acción Católica de nuestro pueblo, la comandábamos y, cuando notamos la verdad escondida detrás de Ovsobodilna Fronta, comenzamos a impartir clases para que los jóvenes y niños comprendieran en qué constaba el comunismo. 

Lamentablemente los comunistas demostraron su verdadero poderío en el momento en que Italia capituló. De esta forma, quedó el pueblo esloveno a la deriva, como había ocurrido decenas de veces con anterioridad. La lucha interna era poderosísima, los partisanos se disfrazaban de libertadores y mataban despiadadamente a todo aquel que se enfrentara a su régimen despótico. Los opositores, los verdaderos liberadores del pueblo esloveno, formaron diferentes grupos: inicialmente, formaron fuerzas anticomunistas -Vaške Straže- en cada pueblo, luego se unieron y conformaron el ejército de los domobranci y, finalmente, se acoplaron a los četniki. 

Así comenzó la época de nuestras vidas que se presentó colmada de lágrimas, penas y tristezas. Cuando nos venían a visitar nuestros amigos, leíamos los diarios o simplemente hablábamos con los vecinos, todos nos comunicaban noticias desastrosas. Nos informaban de familias enteras asesinadas, muchachos jóvenes muertos en enfrentamientos, novias que nunca volverían a ver a sus prometidos, sacerdotes masacrados, mujeres embarazadas caídas bajo las armas de los partisanos y una lista interminable de conocidos desaparecidos. El horror y la desesperación inundaban las calles, nuestras existencias estaban cubiertas por el velo negro de la muerte, la desconfianza hería hasta a las familias más unidas, la desesperanza corroía los espíritus y no veíamos otra salida que luchar, era esto o morir. Era pelear mediante acciones pasivas o activas, con armas o con palabras, derramando sangre o iluminando mentes, cualquier acto era aceptable, porque como dicen: “en el amor y en la guerra, todo vale”. 

Llegó un momento en el que mi hermano me confirmó que estábamos en peligro, yo ya lo suponía con anterioridad –debido a nuestras actividades en Acción Católica-, pero él me dio pruebas con las que me aseguró que, efectivamente, nos vigilaban. Me narró cómo unas personas esperaban a que él saliera de la casa, sin saludarlo, sólo observándolo, con una mano en el bolsillo, como si estuviera ocultando un arma. Me contó su máximo temor: que entraran en la casa y nos mataran. A continuación, admitió que deseaba unirse en Vaška Straža, de esta manera no estaría mucho tiempo en nuestro hogar y podría protegernos desde afuera. Así es como, en vez de dormir en su cama durante las noches, hacía vigilancias en las calles o pernoctaba en una parroquia. 

No puedo negar que me preocupaba su militancia, su arrojo y, hasta podría decirse, el heroísmo que demostraba al luchar con tan sólo diecisiete años. Yo tenía sentimientos encontrados, sabía que estaba más seguro con otros soldados –y con las armas que portaban, por supuesto- pero, al mismo tiempo, deseaba hallarlo en el hogar, compartir con él el lazo de sangre que nos unía. Quería poder cuidar de nuestros padres juntos, viajar en bicicleta hasta las montañas, pasear por los bosques, ser feliz junto a mi familia. Cada noche añoraba nuestros años de infancia, deseaba tener nuevamente siete años y que mi madre nos llevara a escuchar cuentos, a ver obras de teatro con títeres, a bañarnos en el río. 

Todas esas ambiciones se esfumaron el cinco de octubre del ’43. Al mediodía, tocaron a la puerta de nuestro departamento. Me pareció extraño, ya que mi hermano no solía anunciarse, nomás entraba. Abrí la puerta y me encontré con dos soldados que llevaban el uniforme de četniki, me temí lo peor y llamé a mis padres, para no estar sola en semejante momento. Nos comunicaron que Branko había muerto en Salgo, debido al derrumbe de una gostilna en la que se encontraba. Mi madre no cabía en sí y mi padre se retiró silencioso a su alcoba. Los soldados nos entregaron algunos objetos que encontraron junto con sus restos. En uno de los bolsillos internos de su saco hallaron un pequeño libro de oraciones y una carta para mi madre. En ella, afirmaba que todo lo que hacía, lo hacía por Él. 

Mucho tiempo después, en uno de los tantos campos de refugiados en los que estuve con mis padres, pude enterarme de cómo aconteció la muerte de Branko, por lo que me narró uno de los dos sobrevivientes del derrumbe, sé que mi hermano entró en la gostilna, junto con sus cinco compañeros y dos sacerdotes, sentían una sed extrema ya que era un día caluroso y agobiante. Las ropas que los identificaban como četniki se les pegaban al cuerpo, estaban agotados tanto física como anímicamente, pero estaban seguros de querer alcanzar su objetivo: liberar Slovenija. Pidieron refrescos, Branko pidió limonada junto con otros tres compañeros, los demás pidieron agua con miel. La bebida los tranquilizó y relajó, al menos podían sentir, todo este sufrimiento demostraba que estaban vivos, que sus cuerpos no habían dejado de servir a su causa. En el ambiente flotaba una paz que no tranquilizaba sus nervios crispados, además, los tensó el hecho de que inmediatamente después de que ellos entraron en la casa, un pequeño grupo de hombres uniformados saliera. Mientras bebían, uno se observaba las raídas botas, otro se acariciaba su barba crecida, el tercero contemplaba el visillo de la ventana y Branko deslizaba el dedo índice sobre el borde del vaso de vidrio, haciendo sonar una trémula nota que cortaba el ruido de sus respiraciones agitadas. El concierto duró poco, ni siquiera lo suficiente como para que terminasen de tomar sus refrescos. Escucharon gritos, ruidos sordos, parecía ser que los partisanos los habían rodeado. Repentinamente, el techo se desmoronó sobre los miembros del pequeño batallón. 

Al enterarme de la muerte de mi hermano, en ese oscuro mediodía, sentí que junto con su vida se llevaron sus esperanzas y sus deseos de una mejor nación. Descubrí que podrían matar a un hombre, a cientos, pero no podrían aniquilar un sentimiento, una creencia, una devoción. Asumí que, al mismo tiempo que su carne era despojada de su alma, nuestra familia perdía una de sus estructuras, una columna que me hacía sentir segura, que me otorgaba el resguardo necesario para dormir tranquila en las noches frías y tormentosas del espíritu. También, comprendí que existen momentos en los que el dolor nos supera en cuerpo y alma, los acontecimientos nos avasallan y no tenemos manera de parar el tiempo, las vicisitudes de la vida nos hacen jirones el corazón y nuestros lagrimales se niegan a continuar derramando lágrimas silenciosas. Nunca creí que mis peores presentimientos se harían realidad, que el mi futuro estaría marcado por la ausencia de Branko. 

Lentamente pude salir del golpe inicial, entré en razón y me resigné a que nunca más vería a mi único hermano. Comencé a hacerme la idea de que debería salvaguardarme para poder seguir con vida. El día no se hallaba lejos, siete meses después de la extraña muerte de mi hermano, me comunicaron que debía huir inmediatamente junto con mi padre. No obligaban a mi madre a marcharse, pero ella nos acompañó de igual manera. En un principio pensábamos que la experiencia de exiliados sólo se daría por un par de semanas, que algún gobierno intervendría para apoyar nuestra causa. Luego, comprobamos que nadie se interesaría por nosotros. Es más, que si era necesario, traicionarían al pueblo esloveno -como hicieron los ingleses- y lo deportarían a Slovenija, para ser asesinarlo cruelmente. 

Escapamos de Ljubljana con dos bicicletas y un pequeño carrito, en él llevamos algunas de nuestras pertenencias, todo lo demás quedó en el olvido. Durante cuatro interminables años padecimos, dentro de diferentes campos de refugiados, todas las vejaciones y dolores físicos y anímicos imaginables e inimaginables, el hambre era moneda corriente, la desnutrición en mis alumnos era aberrante, no creía hallar la salida del oscuro túnel que se había convertido en mi vida, pero no abandonaba ni la fe ni la oración. Milagrosamente, tomé contacto con el cónsul argentino y él me permitió ingresar, junto con mis padres, a la Argentina. El cinco de febrero del ’49 pisé firmemente el suelo porteño y pude sentirme protegida. 

Ahora, a más de sesenta años de esta odisea y en tierra argentina, me despierto por las noches sintiendo que estoy segura porque Branko vela por mi sueño. Creo fervientemente que su ser se elevó, que al momento de fallecer su espíritu ascendió y pudo conseguir, finalmente, la paz que tanto añoraba para el mundo terrenal. Puede ser que sus acciones heroicas sean olvidadas en los próximos años, que, analizando el pasado, una muerte más o una menos no hubieran conseguido la libertad de Slovenija, que su vida fue en vano para que la nación de hoy se yergue bella y svobodna entre montañas y mares; pero, todo esto no quiere decir que yo pasaré por alto todo su sacrificio, sus ideales y su pasión. Nunca dejaré de recordarlo, de elevarlo diariamente en mi memoria.

La esencia de sus ojos


Por unos minutos me quedo tildada frente a ellos. Me siento completamente persuadida. Parece como si me hablaran, como si me dijeran muchas cosas a la vez y sin embargo sólo me miran, callados, estáticos, ciertos. Se me ocurren miles de interpretaciones, adjetivos, cualidades para lo que estoy viendo. Pero no puedo aterrizar ninguna en mi cuaderno. Estoy aturdida. Sólo alcanzo a escribir: ‘‘la fotografía del rostro de una mujer hindú, que define de la forma más acabada la esencia de sus ojos’’. 

En una de las esquinas de las Galerías Pacífico, como museo de las más innovadoras expresiones del arte, está el Centro Cultural Borges. Es un espacio cultural en el que conviven la pintura, la fotografía, el teatro, la música y todas las formas en que se despliega el arte contemporáneo. Llegamos a este lugar una tarde, por un aviso que encontramos ojeando el diario con una amiga. El aviso decía: ‘‘LET’SCH FOCUS por Mirjam Letsch’’. Se trataba de la muestra fotográfica de una antropóloga y fotógrafa holandesa que se realizaría precisamente allí, en el templo borgeano. No sabíamos nada de ella. Ni siquiera la conocíamos. Pero la foto que acompañaba el aviso nos cautivó de inmediato. Provistas únicamente por una birome y un cuaderno, emprendimos viaje con destino a dicha muestra. 

El Centro Cultural Borges te resulta bastante común hasta que subís dos pisos y el techo pasa a ser una inmensa cúpula por la que se filtran pedacitos de cielo, como en una iglesia. Cambia la estructura, el ambiente, la perspectiva misma. En este segundo piso hay varias salas custodiadas por guardias, y todas ellas confluyen en un escenario central, no muy grande, en el que se montan diversos espectáculos. 

Un piso más arriba se exhibe la muestra fotográfica LET’SCH FOCUS. Antes de subir, me detengo a mirar una secuencia de cuatro fotos de Borges y su gata Freyja. ‘‘Borges era un tipo particular’’ me dice mi amiga. ‘‘No lo dudo’’ le respondo. Subimos. Nos encontramos con una enorme sala tenuemente iluminada. Lo primero que nos embiste es el silencio. Un silencio que incomoda, que molesta, que invade la sala por completo. A excepción de un pintor que está detrás de una columna, del otro lado de la sala, no hay nadie más. Sólo nosotras dos. Por un momento me olvido de que estamos solas y, ansiosa, me lanzo a mirar las fotos. Y nuevamente, otra embestidura. Ahora son las fotos las que nos atropellan, las que nos llevan por delante. Rostros. Mujeres. Niños. Ancianos. Más mujeres. Miseria. Dolor. Marginalidad. Colores. Otoño. Invierno. Primavera. Verano. Alrededor de cuarenta fotografías exhibidas. India, Vietnam y Holanda. El pabellón está dividido de acuerdo a estos tres países. Guardo la birome y el cuaderno en mi mochila; me doy cuenta de que es momento de tratar de interpretar qué mensaje intentan transmitirnos esas imágenes. 

Vietnam según Mirjam Letsch podría resumirse en una palabra: precariedad. Unas cuatro o cinco fotos que, suponemos, remiten a un mismo hospital y exponen de la forma más cruda las condiciones en las que se brinda asistencia sanitaria a niños en rehabilitación de no más de doce años. Suciedad, insalubridad, carencia. Los ‘‘quirófanos’’ son habitaciones en pésimo estado; las camillas, los colchones de las camas. En una de las fotografías se muestra como dos médicos colocan una radiografía en una ventana, utilizando la luz solar para dilucidar los resultados de la misma. Sin embargo, hay un aspecto que la fotógrafa intenta rescatar en medio de este contexto tan violento: a pesar de las condiciones descriptas, las necesidades siguen atendiéndose y la actividad médica no cesa. Este fuerte contraste me impresiona. Sigo recorriendo el pabellón y aquellas imágenes desbordadas de crudeza se transforman en paisajes. Las cuatro estaciones del año plasmadas en distintas capturas. Lo interesante de todas ellas es que el cielo ocupa un lugar proporcionalmente mayor que el suelo. El cielo se impone, invita a contemplar, a ser parte de ese paisaje. Te atrapa. Una imagen saturada de tulipanes rojos. El tronco de un árbol desprovisto de hojas. Una gruesa capa de nieve esparcida por el techo de una humilde casa. Un típico atardecer de verano capturado desde el fondo de la casa de la fotógrafa, donde los colores rosa pálido y celeste pastel del cielo se mezclan hasta fundirse. Unas cuantas fotos de paisajes se agrupan dentro de la categoría ‘‘Holanda’’. Sobre una pared casi enfrentada pero distante a esta colección, el panorama empieza a cambiar. Brotan retratos de rostros que condensan tantos sentimientos como personas en el mundo. De Holanda pasamos a India. La India como muchas veces uno se imagina, pero pocas veces asume. La India en su expresión más benévola y marginal. La India indigente, miserable. La India de las ollas comunitarias en los típicos festivales. Fotos que plasman los rostros decepcionados de niños que han llegado tarde al reparto de la comida. Hambre. Frío. Abandono. Impotencia. Los ancianos y los niños son quienes padecen más. Las fotos logran despertar en mi compasión. Las calles despobladas son el refugio de estas personas, que fluyen como prescindiendo de su existencia en esta u otra vida, porque evidentemente se olvidaron de ellos. Acá es donde hago una pausa y me pregunto: ¿Por qué? ¿Por qué a algunos pocos sí y a tantos otros no? Esta realidad me genera dolor, y no imagino lo que significaría vivirla en carne propia. Parece como si estos rostros condenados por la miseria pidieran ayuda a gritos. No hago más que caminar conmovida volviendo una y otra vez a estas fotos. La suciedad de las caras, la tierrita acumulada en los bordes de la nariz, las miradas perdidas, desesperanzadas. La resignación como asomando, como irrumpiendo. ¿Quién les regresa la alegría que se va alejando cada día? La óptica adoptada por la fotógrafa es virtuosa; una foto sustituye lo que nos llevaría probablemente describir en decenas de renglones. 

La cantidad de fotos tomadas en La India supera cuantitativamente a las de Holanda y Vietnam. Además de la miseria, la artista capta otros enfoques. El color es uno de ellos. Resalta el contraste entre la tez morena característica de las mujeres hindúes y una amplia gama de colores que se despliega en sus vestimentas. Juega con las distintas tonalidades y con el movimiento. No hay muchas fotografías que muestren sus cuerpos o figuras completas; más bien, fotografía a partir del torso y fundamentalmente el rostro, valiéndose de la luminosidad como recurso. El enfoque está puesto en los rasgos de la cara, destacando las miradas. Hay muchos retratos de mujeres y adolescentes semi envueltas por velos de colores, en algunos casos, juntas en una misma fotografía. Podemos diferenciar las mujeres de clases sociales más altas por la bijouterie que lucen desde el cuello hacia arriba. Collares, gargantillas, pendientes, aros en la nariz, etc. En ocasiones, estas joyas están acompañadas por un maquillaje que profundiza intensamente los ojos. Ya quedan pocas fotos para completar el recorrido de la muestra. Y cuando creo que ya experimenté todas las emociones posibles, una foto me recuerda que estoy equivocada. La foto consiste en el rostro de una mujer hindú, como los que había visto anteriormente. Pero no es éste cualquier rostro. Es el más provocador de todos los que vi hasta el momento. La foto del niño sosteniendo un pequeño recipiente aguardando paciente para recibir una ración de arroz generó en mi compasión; el cielo imponiéndose en los paisajes estacionales logró cautivarme por completo. Pero no puedo explicar qué es lo que me transmite esta foto. Es un rostro, pero yo sólo veo dos ojos. Dos ojos perfectamente delineados. Dos ojos que me apuñalan, que me intrigan, que me exaltan. Por unos minutos me quedo tildada frente a ellos. Me siento completamente persuadida. Parece como si me hablaran, como si me dijeran muchas cosas a la vez y sin embargo sólo me miran, callados, estáticos, ciertos. Se me ocurren miles de interpretaciones, adjetivos, cualidades para lo que estoy viendo. Pero no puedo aterrizar ninguna en mi cuaderno. Estoy aturdida. Sólo alcanzo a escribir: ‘‘la fotografía del rostro de una mujer hindú, que define de la forma más acabada la esencia de sus ojos’’.

Palabras a la luz


Podemos cuestionarnos y reflexionar sobre el significado de algo, podemos divagar durante mucho tiempo y alcanzar infinitos lugares, infinitas conclusiones. Por cada persona unas, por cada pensamiento dudas-cuestionamientos-certezas, por cada camino otros miles que se abren. Dentro de ese ejercicio es útil remitirse al significado de la palabra, allí donde residen – no la naturaleza de la cosa – sus fronteras y sus limitaciones.

Fotografía
Foto: luz
Grafía: grabar, dibujar
“dibujar con luz”

Ya podemos aceptar que la fotografía es un ejercicio, no el mero reflejo de una nube en un charco de agua o los colores del arco iris que pintan el asfalto después de la lluvia. Hay alguien que toma la luz prestada por una milésima de segundo para dejarla fijada en un negativo, para hacerla perdurar en el tiempo. El fotógrafo que mira, construye/deconstruye, enfoca y dispara.

Ya podemos aceptar, entonces, que la fotografía conlleva una creación, su creación. Y eso que se desprende, la imagen allí expuesta, esa suma de decisiones causales y acontecimientos casuales que la crearon -el encuadre elegido, los matices encontrados, los colores creados por esa luz en ese momento del tiempo y en ese lugar, el movimiento justo, lo impredecible que ocurre- esa foto acarrea un nombre, un autor.

Es este uno de esos casos en que el objeto en sí -el papel impreso, que puede circular de mano en mano, comprarse, venderse, reproducirse, verse y dejarse de ver- pasa a estar en un segundo plano porque lo trasciende otro elemento, su esencia como creación. Entonces entran en juego las elecciones personales, lo subjetivo, el estilo.. Podríamos relajar nuestras preocupaciones mundanas sobre lo material para abocarnos a algo mucho más placentero, cuestiones más bien filosóficas (que políticas) sobre la expresión, la cultura y el arte. Pensar con el sentimiento y los sentidos a flor de piel.

Podríamos pero no, algo nos lo impide, y es el hecho de que la fotografía no flota libremente por el universo de las abstracciones y las ideas, sino que es parte de una realidad tangible y concreta que la rodea y la atraviesa. Una realidad determinada por lo redituable, lo cuantificable, lo mensurable.

Nuevamente los pies en la tierra, las preocupaciones mundanas salen del tintero: hay que preocuparse por la cosa y para ello nada mejor que el verbo tener

mio, tuyo, suyo, vuestro, nuestro, suyo

Pero si la esencia de esta cosa reside en el hecho creativo debiera definirse no un dueño sino un autor.

Fotógrafo: eres tú el autor de esos colores y sus diagonales, de la forma en que esa expresión penetra al lente, de esa composición tan vertiginosa, eres responsable por este ejercicio de realización, de esa imagen única e irrepetible. Tú y nadie más.

¿Alguien podría negar, acaso, que el Che con su mirada desafiante te pertenezca, Korda? ¿Y negarte, Bresson, la creación de aquella imagen del hombre en bicicleta? ¿Quién se atrevería a decir es mía la imagen de la madre y la niña pidiendo justicia, quién sino Adriana Lestido?

Otra vez alguien me tira de los pantalones, bajá, vení, bajá. Realidad se llama, y me recuerda: fotos sin nombre, fotos vendidas indiscriminadamente, fotos ocultas en archivos privados, fotos manipuladas, recortadas, robadas, fotos sin dueño.

No queda otra que participar con las reglas que el juego impone. Si el sistema necesita y fuerza, por descarte, bienes rentables, si aquí la obra es una mercancía más, entonces seamos consecuentes y busquemos defender lo nuestro. Si no se puede mediante la palabra, usemos la misma herramienta con las que nos delimitan: las regulaciones.

La ley sobre la propiedad intelectual, la 11.723, protege al fotógrafo concediéndole los derechos morales y patrimoniales de su obra, asentando así que debe reconocerse siempre su autoría y que posee el poder para autorizar su venta o uso. El primero perdura en el tiempo y es inalienable, el segundo, ya puede negociarse y venderse.

Hasta ahora solo palabras, pero cuando el tiempo pasa las experiencias testifican algunos olvidos, re-interpretaciones, aprovechamientos, abusos, y ahora hay que seguirla pero desde el ring:

de un lado se escuchan voces furiosas (que exigen):

¡Toda fotografía tiene autor!
¡Queremos cambiar la ley y hacerla cumplir, que se nos respete el derecho de autor y se nos nombre en cada publicación, queremos ser los únicos en tomar decisiones sobre nuestras obras y que no sean modificadas por terceros, queremos poder poner condiciones a su utilización y recibir el dinero justo!

del otro voces poderosas (y empachadas):

¡Nosotros poseemos el derecho sobre las obras que compramos! ¡Podemos hacer lo que queramos con las fotografías! Usarlas, modificarlas, venderlas, ocultarlas.
¡Ustedes son contratados y les pagamos por sus fotos, son nuestras, nos pertenecen!

Pareciera que la ley es (casi del todo) provechosa para el fotógrafo, pareciera también que las malas costumbres y el no-control van a contramano e interfieren en su aplicación. Y el poder es siempre la fuerza mayor, siempre un paso más adelante.

Pero cuando la discusión parece agotarse en este tire y afloje (por hacer cumplir la ley, por imponer la fuerza) del que se sabe quien lleva la delantera, un nuevo lugar para la fotografía y la autoría pareciera emerger. Nace particularmente desde aquellos para quienes el hacer fotográfico es una actividad de expresión y manifestación, una forma de reportear y documentar, desde todos aquellos que hacen de la fotografía una herramienta de pelea. Una minoría que alzando con fuerza su voz logra hacerse escuchar, enredando y deshaciendo el binarismo hasta ahora inquebrantable…

Nosotros, fotógrafos, colectivos y cooperativas de la imagen, no somos dueños de las fotografías. Ellas llevan creación, trabajo conjunto, son del fotografiado y del que fotografía, del que colaboró para su realización, del que la usa en una bandera, del que la muestra y le da significado. La fotografía es un acto social y por ello nos pertenece a todos y a ninguno.

Lo repito y empieza a tener sentido: a todos y a ninguno.

Plagiar o no plagiar, ese es el dilema



Estaba haciendo zapping, nada me venía bien, había variedad pero nada me gustaba: la heroína triste porque su galán no se jugaba por su amor, el certamen de baile convertido en un show mediático dispuesto a todo por un punto más de rating, una película de amor densa, una serie de muertos vivos, una comedia típicamente yankee, una de guerra, una de autos, cocina, música y algo que me resultó familiar.

            Me detuve. Un chiste fácil y rápido, seguido por una risa obvia, mía. El parecido era indiscutible. Sintonicé la competencia directa y ahí lo vi, en el canal del zorro, un hombre amarillo, panzón en un sillón mirando televisión, casi con mi misma expresión un rato antes; una mujer con un pelo azul altísimo, un hijo rebelde, una hija extremadamente inteligente, una familia casi normal.

            Definitivamente, una serie copia a la otra, el plagio existe y sin ocultamiento alguno. Las similitudes están a la vista, las diferencias hay que buscarlas con mayor profundidad. Padre de Familia surgió años después a Los Simpsons, basados ambos en una familia tipo, “parodiando” la vida y el humor americano, ubicándose en ciudades ficticias. Entre ellas, se enfrentan y se burlan; en uno de los capítulos, la familia amarilla hace referencia al padre de familia con una foto bajo el  lema de “plagiarismo”.

¿Cuál es la necesidad de plagiar? ¿Hay tan poca creatividad y originalidad que se recurre a basarse en una misma idea y copiarla? ¿Cuál es el costo de crear algo nuevo? ¿Se recurre a lo fácil, a lo seguro, a lo exitoso y se busca la manera de realizar una versión similar y “mejorada”? Las historias se repiten, vuelven. Son como círculos, los círculos vienen y van, no tienen principio ni fin. El plagio tampoco. Nunca se termina, siempre se renueva.

         Escribir, contar, narrar, explicar, hablar, es transmitir los pensamientos personales, la subjetividad de cada ser. ¿Qué es lo que sucede si plagiamos un texto de un autor, un programa de televisión, la melodía de una canción? ¿Perdemos la originalidad propia?

          Luis Manuel Ruiz en su ensayo El plagio, dice: Si nos atenemos a una definición estricta y consideramos latrocinio cualquier objeto, melodía, pensamiento o escena que evoque otro anterior, que se haya inspirado en él o se sirva de su precedencia para plasmarse sobre el medio que elija, entonces no queda más remedio que resignarse a que toda la historia de la literatura y del arte es un plagio de dimensiones apabullantes.

          Si todo fuese plagio, entonces ¿cuál sería la idea de avanzar, del futuro, de lo nuevo? La originalidad de cada uno, las nuevas ideas no existirían. Y, ¿para qué seguiríamos buscando cosas si todas las cosas ya están y podemos copiarlas? Para qué esforzarme en crear algo innovador si puedo robar una idea y hacer mi propia versión. Somos seres inundados de originalidad, capaces de crear, volver a algo, y nuevamente crear. Castoriadis planteaba: Creación es la capacidad de hacer surgir lo que no está dado, ni es derivable, combinatoriamente o de otra forma, a partir de lo dado. El hombre crea de la nada, pero, a la vez, se apoya en creaciones anteriores. ¿La nada existe? ¿Qué es nada? Y, en consecuencia, ¿Qué es todo? Aunque pensándolo, ¿somos realmente capaces de crear o necesitamos un algo para dar vuelo a nuestra creatividad? Nadie puede decir que el David de Miguel Ángel no sea original, sin embargo, necesitó tener un modelo enfrente a quien esculpir.

          Tengo que escribir algo, pero puedo (gracias bendita Internet) googlear y encontrar una mínima idea similar, tomarla y darle algunos cambios. Internet nos permite fácilmente realizar un copiar pegar, los derechos de autor están disueltos. El plagio nos rodea sin culpa, no se puede detener, es como una enfermedad de la que no se ha encontrado cura. ¿Cuál es su antídoto? ¿Citar la fuente y hacer referencia del autor en el uso de una nota, en el caso literario? No lo creo. Todos hacemos uso y abuso de él, en la vida cotidiana usamos expresiones no propias que hacemos, de alguna u otra manera, propias. ¿Y qué es lo propio? Si desde que nacemos aprendemos de los demás, ¿cómo descubrimos lo que nos pertenece y nos hace únicos? Nos dejamos envolver en palabras de otros, es más fácil hacer uso de un trabajo previo y retocarlo, darle el touch propio, la magia que lo hace encantador y nuevo. ¿Existe la originalidad o está perdida?

          Ya no le estaba prestando atención al programa, las preguntas daban vueltas por mi cabeza, una tras otra. Posiblemente la dificultad se plantea en ser original sin recurrir a nuestro bagaje cultural, es factible considerar único o considerar una obra propia sin elementos de cosas que hayamos “consumido” a lo largo de nuestro crecimiento, aprendizaje y experiencia. No es fácil cerrar un tema como éste sin que nos queden interrogantes a resolver o debatir. Si bien el plagio puede tener como positivo el condimentar algo ya existente, ¿no sería más loable partir desde una idea propia, o al menos no tan caminada como Los Simpsons?

Prohibido detenerse


Hemos llegado al punto en que todo debe ser ya, ahora, moderno, rápido y práctico. Porque no tenemos tiempo. Porque debemos llegar pero sin poder quedarnos. Porque todo avanza, y ¿por qué no, entonces, las reglas ortográficas? Si “valla” o “vaya” suenan igual, ¿qué importa cómo la escriba? Si la H no se pronuncia, ¿para qué la colocamos delante del “uevo”? ¿No es acaso lo mismo escribir “huevo”? 

Nuestras mentes no tienen tiempo para detenerse a pensar en las milenarias reglas de ortografía y tildación. El siglo XXI nos obliga a avanzar, con su voraz velocidad, triturando todo obstáculo que pretenda hacer que la mente se esfuerce un poco más. Pero, ¿desde cuándo avanzar, modernizarse significa destruir todo lo pasado? ¿Desde qué lugar nos colocamos cuando pretendemos “evolucionar”? ¿Qué clase de mundo queremos construir si pretendemos eliminar todo lo que moleste a nuestro paso? 

Optar por el camino más fácil nos haría involucionar. Bien conocido es que el cerebro humano es una masa de células que no se reproducen y que si no se las estimula y ejercita, se atrofian. ¿Qué mejor que las retorcidas reglas gramaticales de nuestro idioma para ejercitarlo? Muchos estarán de acuerdo, otros quizá, me odien. ¿Cuántas veces habré dicho: “por qué estudio fracciones, si cuando sea periodista no van a servirme”? Pregunta a la que mi padre siempre contestó: “para ejercitar la cabeza Catalina, no te olvides que al cerebro hay que estimularlo”. Hoy con todo el gran dilema ortográfico dando vueltas pienso: “cuánta razón tuvo”. 

Que la gramática y la lengua evolucionará, seguro. Pero quién dijo que debemos reglamentarla, ella sola se irá haciendo paso, nosotros por nuestra parte, tendremos que seguir aprendiendo sus raíces, conociéndola de la forma más difícil, porque como bien sostiene Francisco Luis Bernárdez: …”después de todo he comprendido, que lo que el árbol tiene de florido, vive de lo que tiene sepultado.”


Proyecto de Florencia


A medida que se avanza por la ruta, todo es cada vez más verde. 404 kilómetros distan de nuestro destino. El camino deja atrás ranchos pegados a lujosos barrios privados, pero solo es fugazmente, el camino sigue y muestra otras cosas. Divagando, me pregunto por qué le dirán La Feliz. Sin duda ese apodo deja mucho afuera, se trata de un gran estereotipo. Como dice Celia Güichal, hay palabras que despiertan imágenes desde algún lugar común. La Perla del Atlántico, el balneario por excelencia, televisado por cualquier canal de noticias durante la época vacacional; la pantalla rebosa de turistas contentos, pero nada se muestra de sus afueras y sus miserias. 

Llegamos y sigo pensando cuál será la gracia de irse en vacaciones de invierno a la playa. Pero ya estamos acá, no queda otra que encontrar algo para hacer. 

Mar del Plata nació como un caserío alrededor de un saladero en Laguna de los Padres, a mediados del siglo XIX. Oficialmente fue fundada en 1874 por Patricio Peralta Ramos, quien le dio el nombre que lleva, por los reflejos plateados que el sol arrancaba al mar. Región de grandes latifundistas, se fue modelando de a poco como el lugar de vacaciones para la aristocracia porteña primero, y para el pueblo en general después, un destino turístico por excelencia. 

Y esa cosa turística que se fue armando con el tiempo, que hace que la gente viaje, recorra lugares que otros ya estipularon de antemano, disfrute, gaste y se vaya contenta; esta “máquina sin riesgo, que asegura que va a encontrarse sólo lo que se espera y ninguna otra cosa” según Diego Tatián; eso que parece sinónimo de La Feliz, ¿de dónde viene? No es que siempre haya sido una ciudad turística ni estuviese destinada a serlo. Parece que la gran idea fue de Pedro Luro, que decidió transformar a Mar del Plata de un pueblo agropecuario a un pueblo balneario, cuando la actividad del saladero comenzó a declinar hace más de cien años. 

Y desde entonces, al parecer el pueblo quedó dividido entre la zona reservada para los visitantes, y la de los trabajadores permanentes, más alejada del mar. División social plasmada en el espacio. Y no solo entre sus habitantes. En muchos hoteles solían dividirse secciones según la clase social. Llegó a haber incluso un hotel bicolor: sector rosado para los más pudientes, sector blanco para los menos acomodados. 

Amardelplata. 

Supongo que una de las primeras cosas que uno mira cuando llega a una ciudad, es su centro. Si pienso en aquellos caminos desnivelados a la par del mar, bordeados por lagunitas llenas de gaviotas, o en esos parques verdes repletos de rocas, escaleritas y plantas rojas, en los monumentos y fuentes, en todas esas cosas, Mar del Plata me parece una ciudad hermosa. Se ve mucha gente ejercitando o pescando, puestos de artesanías, gaviotas planeando, y más allá se ve el torreón, con su forma de castillo medieval. Es la Avenida Patricio Peralta Ramos, cómo el fundador del pueblo no iba tener una calle tan coqueta. 

Pero al ver todo esto, siento que estoy frente a una gran fachada. “Fachada: Apariencia externa de una persona o una cosa, que generalmente no corresponde a lo que es realmente”. La Mar del Plata turística, La Feliz. ¿Qué hay más allá? No hace falta buscar para descubrirlo, está bien a la vista: empleados frigoríficos queman neumáticos, el sindicato de gas reclama mejor salario, los empleados del casino piden que se les pague lo acordado, con un original muñeco vestido de obrero ahorcado en un semáforo. 

Estas cosas, supongo, hacen que la fachada se agriete. Que en el lindo marco de balneario turístico, penetren los conflictos y peripecias de cualquier lugar, y se rompa el efecto del estereotipo largamente concebido. 

Siguiendo por el centro, uno se topa con la peatonal, San Martín. Ancha, arbolada, llena de negocios. Más allá está la calle de los pulóveres, con boulevard, palmeras y todo. La actividad textil, hoy típica de esta ciudad, fue traída por los italianos a mediados del siglo XX. Sus oficios ligados a la construcción estaban siendo desplazados, y no tuvieron mejor idea que rescatar la tradición del tejido, que involucraba a toda la familia, y tenía una venta muy buena gracias al turismo. Hoy, tantos años después, la Juan B. Justo no muestra tradición, sino locales de marcas conocidas apiñados todos juntos para atraer al turista, como cualquier otra calle comercial. 

Similar es la Avenida Güemes. En este “shopping al aire libre”, los negocios se agolpan uno tras otro. Si no fuera porque los edificios son bajos, no se notaría diferencia alguna con la Capital. Las marcas son las mismas, los productos iguales, incluso los taxis tienen los mismos colores. Y nos recomendaron esta calle como algo turístico. Entiendo que el turismo tiene una base netamente económica, ¿pero cuál es el sentido de viajar tantos kilómetros, para terminar haciendo algo que podría hacerse de igual manera cerca de la casa de uno? Es algo ya asentado, “el último día hay que comprar algún regalito para los compañeros de trabajo, el novio, la abuela”. Y sí, terminé despilfarrando contenta el último día en la peatonal. 

Parece que la consigna principal del turismo es el gasto. 

Pero el centro no se limita a sus calles. Una parte se extiende hacia el mar infinito, el famoso puerto de Mar del Plata, lugar típicamente turístico de la ciudad. De chica pensaba que se reducía a la selección de un restaurant, y la contribución con la cruz roja por el estacionamiento a la salida. Esta vez lo recorrimos algo mejor. Embarcaciones pesqueras, algunas semi hundidas, oxidadas y carcomidas, dominan el paisaje. Me pregunto cuánto tiempo habrá transcurrido para que lleguen a ese estado. Acá reparan barcos sobre unas plataformas enormes que están sobre el mar. Y más allá, lobos marinos. Es extraño ver animales de este tamaño viviendo en una ciudad, a excepción de perros. Y me alegra comprobar que persista fauna autóctona aún hoy, que no sea en parajes remotos. Están todos juntos en una playa ínfima de la escollera sur, rodeados de basura, pero al menos están. 

La escollera norte es otra cosa. Un edificio reza “memoria, verdad, justicia”. Es uno de los seis centros de detención clandestina que operaron en Mar del Plata. En el ahora museo, se estima que hubo 69 víctimas; siento escalofríos. A la vuelta nomás de esta base naval de la armada, se encuentra el museo de la fuerza de submarinos. Ambos lugares fueron creados en 1926 por la ley nº 11.378. Hoy muestran cosas distintas. El museo de submarinos reboza de barcos y submarinos a pequeña escala, maniquíes con uniformes, recortes periodísticos referentes a la guerra de Malvinas, listas y fotos de los caídos, utensilios relacionados con la marina, y un parque con torpedos y distintas armas. Demasiados torpedos. 

Zona turística, visite. 

Además del centro, se recorren las afueras. Hay afueras turísticas, y afueras a las que el turista no acude. No tienen atractivo establecido. En las afueras turísticas obviamente se extiende una cuidadosa fachada. En las otras ni se intenta. Y esto se hace evidente cuando se va abandonando progresivamente el centro, y se empieza a notar, que el pasto de los espacios públicos ya no está cortado y que las bolsas de basura rotas son cada vez más frecuentes en las veredas. Pero otra vez todo es prolijidad y limpieza cuando un cartel anuncia “Sierra de los Padres. Zona turística, visítela”. El lugar en cuestión parece un barrio privado pero público. Se accede a través de un arco de piedra con vigilancia, las calles están desniveladas y tienen nombres muy curiosos que hacen que uno se pregunte quienes son Aldo, Patricia, Walter, entre otros. Las casas son preciosas, y más allá hay un parque bien cuidado con rocas de la pequeña sierra, unos puestos de artesanías y una virgen. Pueblito pintoresco y encantador. Y saliendo, se ven también las afueras de Sierra de los Padres. Hay que aclarar que están fuera del arco de piedra con vigilancia, y ya no constituyen la dicha zona turística.

Cuando se recorren estos lugares, uno siente que el paisaje va sufriendo metamorfosis. Por acá, fuentes, estatuas, bulevares con palmeras. Por ahí, ranchos de chapa y madera, basura en la calle, autos oxidados y desarmados. Más allá todo está impecable, y si se sigue el camino que lleva a Laguna de los Padres, la metamorfosis es notable. Porque de repente se está rodeado de árboles en un camino solitario, que desemboca en una apacible laguna rodeada de banquitos de colores. Es naturaleza que cohabita con cultura, hay dos museos en las inmediaciones de la masa de agua.

Diversos galpones antaño dedicados a la industria lanar, rodean el casco central de la estancia. Se trata de una sencilla casa cuyo centro es un patio con un molino inerte. Tras la charla de un guía, se puede recorrer habitación por habitación de lo que fue la estancia de Eusebio Zubiaurre, importante latifundista de la zona. La primera está dedicada a la arqueología. La maqueta que representa lo que puede ser hallado en cada capa de la tierra se combina con muestras de esos posibles hallazgos: vasijas decoradas de aborígenes, pedazos de armas utilizadas por ellos, restos fósiles de animales de la zona. Esta casa es una máquina del tiempo: basta traspasar una puerta para avanzar cientos de años de historia. Segunda habitación y nos encontramos con el sometimiento indígena. Datos de la campaña del desierto e ilustrativos maniquíes que juegan a ser una familia aborigen destacan acá. Y, puerta de por medio, ya se está en la época en que los terratenientes dominaban la región. Luego, algo más casero. La cocina del casco de Zubiaurre, equipada con los artefactos de la época, más lujosos y menos productivos que los actuales. El Museo Tradicionalista José Hernández, instalado en esta estancia se dedica a la historia de la región, y solo al final, última habitación, incursiona en la vida de quien le da nombre al museo. Creo que acá, como en tantos otros lados, se demuestra que siempre puede resultar interesante enterarse de las raíces de los lugares que uno visita.

La próxima parada es a orillas de la Laguna de los Padres. Siento que este lugar tiene algo especial. También es, a su manera, una máquina del tiempo. Acá es fácil imaginarse que hace cientos de años se encontraban el mismo lago, la misma tierra (no el mismo bosque porque no hay árboles autóctonos en la zona), y las mismas frágiles casuchas. Se trata de tres o cuatro pequeñas construcciones, creo que de barro y ladrillo, por cierto muy olorosas. Dentro de cada una hay diversos objetos dispuestos casi aleatoriamente, que pretenden ser parte de una historia de la cual no hay ninguna explicación que oriente al visitante. Completan el panorama una elegante tienda de souvenirs y una iglesia sin bancos que da misa a las cuatro y media. Entonces siento una enorme curiosidad que el lugar, con su nula información y su cartel de "lo expuesto está en venta, consulte", no es capaz de saciar. Lo cierto es que me fui de la Reducción de Nuestra Señora del Pilar de Puelches, sin tener la menor idea de qué es una reducción jesuítica. Luego me enteré que este lugar constituyó una importante herramienta del imperio español para aplacar la resistencia indígena, a través de su evangelización y sedentarización, pero que se volvió imposible de sostener luego de cinco años. El lugar sería mil veces más interesante si en algún lado un pequeño cartel explicara de qué se trata.

Sin embargo sigo pensando. Cuántas personas tan distintas habrán pasado por estos lados. Indígenas, misioneros, invasores, terratenientes, trabajadores, turistas, cada uno con su historia particular. La laguna, testigo impasible del tiempo, cuántas cosas más verá. Difícil imaginarlo. 

Los museos son en definitiva algo así como viajes en el tiempo. Viajes dentro de otros viajes. 

“Hay lugares que solo conocés de casualidad por el GPS”, me dijeron.

Además de las paquetas afueras turísticas, están aquellas que el visitante no conoce más que de casualidad, y no tiene la menor intención de recorrerlas. Es paradójico pensar, que por ejemplo, la gran expansión económica marplatense, al atraer a cientos de personas necesitadas de empleo, fue la propulsora de los asentamientos de emergencia, que hacia 1990 eran más de cien. Estas casuchas tan precarias, inmersas en basurales, rodeadas de caballos y banderas rojas alrededor de gauchitos giles, están a pocos metros de las casas cuidadas (y casi sin basura en sus veredas) de clase media, que miran al centro. Más paradójico resulta ver que estas casillas se distribuyen a lo largo de las vías férreas que al parecer tantas mejoras trajeron a la ciudad, como dinamizar la agricultura, la pesca, el turismo.

Estoy parando en las afueras de Mar del Plata. Me llama la atención, la gente en su gran mayoría se conoce de hace años, pasan la misma semana siempre en el mismo lugar. Más extraña notar que la mayoría apenas sale del complejo. Cuál es el atractivo turístico acá, de algo me debo estar perdiendo. Pero la gente está muy contenta con irse tan lejos para quedarse casi todo el tiempo en el lugar donde se hospedan. A mí me aburre, así que salgo del complejo y el cambio es notable. Esto es muy diferente a Mar del Plata, es completamente agreste. Es reconfortante caminar por las callecitas de tierra inundada en pasto, solo con el sonido de las cotorras y el mar. Casi no hay casas, y el terreno es ondulado, está plagado de eucaliptus. Más allá hay una iglesia y una escuela chiquita, me sorprende lo chico que puede llegar a ser un pueblo, debo estar en las afueras de Chapadmalal. “Acá sí que hay paz, Mar del Plata en cambio es un quilombo” me dice una kiosquera, aunque también me comenta que, paradójicamente, hace poco ya robaron e incendiaron como catorce casas de la zona.

Pero en realidad no hace falta ir a las afueras para advertir cómo la gran fachada seductora de turistas está llena de poros. Los niños pidiendo en el semáforo, los cartoneros tras sus carros, las múltiples manifestaciones, recuerdan permanentemente al turista que tras La Feliz hay algo mucho más complejo. Por ejemplo, ni bien se entra al puerto se lee “Puerto = capital de la desocupación y el trabajo en negro”, “basta de hambre”, “todo es culpa de los empresarios”. O en un semáforo un conjunto de carteles de los trabajadores del casino rezan “Basta de corrupción, keremos cobrar lo que nos deben, Moyano traicionaste a los trabajadores”. 

Dos caras tiene la moneda. Una es la turística, cuya fachada se muestra orgullosamente. La otra, no se muestra. Se ve, casualmente, si se pasa al costado. El estereotipo produce que solo sea tenido en cuenta un lado, y el otro quede completamente relegado, que es justamente el que necesita mayor atención.
Y si es como dice Caparrós, y el viaje es un choque entre los mitos previos y los que uno se está construyendo en ese momento, el viaje es, ante todo, un espacio que cabe en la cabeza de uno, como respuesta a lo que el paisaje le va sugiriendo. Uno va a Mar del Plata con algunas ideas. Sale con otras. La Feliz, La Perla del Atlántico, no es más que un estereotipo de gente feliz y bronceada tirada en la playa, tal vez jugando en el casino, viendo focas en el acuario con el faro de telón o viendo alguna obra de teatro. En la realidad obviamente no es más que una ciudad cualquiera, con su historia, sus gentes, sus costumbres y particularidades. Con la ventaja de tener una playa y un mar y poder convertirlos en industria para obtener recursos económicos, o dicho de otra forma, la ventaja del turismo. Con muñecos obreros colgados del semáforo y hermosos parques. Con ranchos de chapa inmersos en basura, y carteles de “zona turística, visite”. Y la moneda tiene dos caras, y una tiene una gran fachada, y la otra suele omitirse. Y todo va a resultar de acuerdo al punto de vista de quien lo mire. Ahí, me parece, reside la cuestión.

Ya casi nada nuevo queda


¿Por qué mis libros nunca terminaron de convencerme?, ¿por qué mi conciencia no esta tranquila?, yo sólo soy escritor y la gente esta enamorada de mis historias. Es claro que las ideas hoy en día escasean y que las posibilidades de innovar son casi nulas, pero, esto no es mi culpa. Yo no le he robado nada a nadie, todo lo que he hecho, lo he escrito yo, solo, y eso nadie puede negarlo. Pero, ¿por qué me siento así?

No existe texto 100% original, tampoco existe un texto que no contenga ideas extraídas de otro texto, de otro ámbito. Un escritor, para escribir, debe buscar inspiración en alguna parte. Ese lugar de donde extraerá inspiración alguien lo habrá creado y ese alguien se habrá inspirado en otra cosa y así sucesivamente. ¿Por qué sucede esto? Porque no existe la nada misma. Todo lo que alguna vez alguien ha realizado, ha surgido por experiencias, vivencias, situaciones que hemos vivido que nos han llevado a tener esa idea y reproducirla. Nada surge de la nada misma. Una pregunta, ¿acaso eso está mal?, ¿acaso inspirarse en libros de grandes escritores es ilegal? ¿Es eso un plagio? Yo soy de los que piensan que ellos estarían orgullosos. ¿Acaso no se escribe para que nuestros textos generen algo? ¿Qué mejor satisfacción que la de inspirar a un colega a introducirse en el mundo de la escritura y más aún, gracias a un libro de mi invención? Yo pienso así, pero para algunos, la realidad es otra. 

¿Si he buscado inspiración? No puedo mentir. Mucha y constantemente. Pero no veo nada de malo en eso. Desde mi padre, con sus maravillosas historias de cuando hacía travesuras a los automovilistas por las transitada zona de La Boca, pasando por historias de bares y borrachos en mi adolescencia, hasta por libros famosísimos y que han marcado mi infancia como “Veinte mil leguas de viaje submarino” o “Rayuela”, ya más de grande. Leer, escuchar, saber apreciar, sentir, definitivamente son fuente de inspiración y algo maravilloso. No puedo verle nada de malo a eso. 

También están los que critican a la intertextualidad ya que la asocian con el plagio. Lo que no entienden es que estamos en el siglo XXI, que hoy en día, con la abundancia de tecnologías, con la cantidad de escritos que se han realizado a lo largo de la historia y con la abundante cantidad de temáticas que ya se han tratado, resulta prácticamente imposible realizar un texto que sea pura y exclusivamente de nuestra invención. Entiendo que los que pretenden esto, los que entienden a la intertextualidad como plagio, lo que están haciendo es matar a la literatura. Lo que están haciendo es limitar el espacio para la escritura y los escritores. Los que ya tienen su nombre vaya y pase, escritores que ya tienen su reputación, prestigio y éxitos, hoy en día, escriban lo que escriban serán aplaudidos y recompensados.

Pero el problema central no está ahí, el problema está en las generaciones que vienen; si seguimos de esta manera, con estas pretensiones de innovación y originalidad constantes, en donde prácticamente no se puede ni buscar inspiración en el otro, ¿qué quedará para ellos?, si esto sigue así solo habrá algunos que puedan sobrevivir a las críticas e imposiciones del mundo literario. Los temas que no han sido tratados todavía son cada vez menos y son pocos los que están o estarán capacitados para descubrirlos. Creo que hay que empezar a ser un poco menos exigentes y volver a disfrutar de las capacidades del autor de cautivarnos con su prosa, la abundancia de descripciones, las imágenes sensoriales y dejar de preocuparnos por si se es o no es “único”. 

Recuerdo como si fuera ayer el nacimiento de mi hijo. No por ser un hombre con buena memoria, sino porque traslade todas esas indescriptibles sensaciones, esa experiencia inolvidable y que todo ser humano debería vivir alguna vez, al papel.Trata desde el momento cero, desde la primera vez que lo vi, que lo oí respirar y llorar, y continúo escribiéndolo día a día. Hoy, Tomi tiene 15 años y hace poco le ha surgido una idea impresionante. Esta ha sido la de continuar él mismo con la escritura cuando su descendencia llegue al mundo. ¿Acaso se lo juzgará a él también como un plagiador?, ¿O de continuar con la escritura de un texto ya existente? Espero que no. Porque la realidad es que es de mi invención, no la suya. Lo que si puedo asegurar es que será único, padre e hijo compartiendo la escritura de un libro. Simplemente inolvidable. 

Como si esto fuera poco, están quienes creen que los escritores tienen un cómplice hoy en día para “robar” inspiración, ideas, fragmentos y así producir textos propios. En la antigüedad, nadie se imaginaba que existiría, no se contaba con ella e igualmente el “plagio” existía. Esta cómplice es la TECNOLOGÍA. Yo entiendo todo lo contrario. Para algunos, la computadora, es un medio para hacer todo más fácil. Entro, busco información de lo que necesito, la extraigo y no fue necesario que tenga que ponerme a buscar ninguna bibliografía ni leer una amplia variedad de textos. En mi opinión, la tecnología nos ayudará a conocer un poco mas de todo, a leer cualquier cosa de la que estemos interesados en cuestión de segundos, nos abrirá las puertas a un mundo del cual podremos extraer cualquier tipo de información mucho más fácil y precisamente. ¿Por qué criticar todo lo nuevo y alabar lo viejo –libros y textos-? ¿Acaso no pueden sobrevivir ambas formas? La idea es que la literatura y buena narración renazca y sobreviva por siempre. ¿Qué importa el cómo, el dónde y por qué de las formas? Debería importar solamente el contenido, la buena escritura.

Me gustaría realmente que este tema sobre los límites y sanciones que se le están aplicando a los escritores con respecto, en mi opinión, a la propiedad intelectual de cada uno, fuera re tomado y re pensado ya que, la brecha que existe entre lo legal y lo ilegal es cada vez más estrecha. Lo único que se está logrando es que los escritores tengan cada vez más miedo de escribir y producir textos de su invención, por temor a ser cuestionados por su falta de ideas y luego, rechazados por el público lector.

¿Es posible que esta sensación continúe? Mi conciencia está atormentándome constantemente y creo que no voy a poder tolerarlo mucho tiempo más. ¿Qué tiene de malo inspirarse en otro para sacar lo mejor de uno mismo? Entiendo que nada, pero si así otros lo creen, ya no quiero alimentar más esas críticas sin sentido. No quiero ni pienso complacer más a esos “asesinos” de la buena literatura, ya no quiero hacerlo. Sinceramente disculpen, siento que me estoy fallando a mí, a mi profesión y a mis lectores. Siento que no estoy siguiendo, que estoy traicionando a mis principios pero ya está, no puedo seguir así, de alguna forma sobreviviré, pero no será escribiendo, ya no.


Textos de tono lúdico













        “Con ke voi a fachiar los ravioli? Uh un gato con pelo largo pero si cantaste 25 de enbido y aora te mandaste una flor pero canta bien el envvvvvvvvvvvido y de paso, afiná la ve corta. . Perdon doooña Joosefa Es enbido o flor pero no las dos. Kisas pases mañana y aprendas, pero no lo fijes. Para esto voi a necesitar un fernet o quisas un par de pastillitas de madera. Mientras tus ojos me sangran en las clavículas, ese fluído negro que parece vodka traslúsido me recorrrrrrre por el telebisor. Peero dooña, maaestra, ya lee dije ke no tengo saalsa de toomate en caaajita No dever ser coerente, la coerencia llega a ser una iluminación y uhm,  la incumbencia del licenciado me imprime la necesidad de escribir un ensažo sobre komo escalar una montania y guardarlo en un sobre marrón, como la meseta. Nou, tank iu. Ui arre dresed in our best, and arre prepard tu gou dawn as shentlemen. Bat ui wuld like a brandi La montania me recuerda mis días en la pradera, donde corría bajo la vaca y sobre la ballena, mientras las cerdas del biolín rassssgaban tu mirada celeste.  Erramientas, pala, linterna, comida seca, comida úmeda y por qué no comida masticada. Lago azul, colectivo naranja, tiempo eterno. Tus brasos meciendo. ¡No! No mires a mi topo azul topacio. Apuntame con tu mirada de rallos lacer.  Olvidame. Tirame. Apretá el botón, no, no al hotel. -Bue- nos di-as se-ño-ri-ta Ra-kel. -. Ma per ke? Ace kuarrenta años no fachiaba esto, ace chinkuenta años abia salseti di tomatti en kakita. Estemmmm mmmmm en la menor.  Empezaria con esperanto.  Patapam patapam patapam patapam patapm Willie take iour littl drammm wit iour wistel con tres cuartos tiempos de silencio en medio de la torta.“

        -Vení, Luisito, dejá el cuaderno y la lapicera que es hora de tomar tu medicina. Además, tenés que ir derecho a la cama, porque hoy no tenés visitas.

I disen ke el pes...


"HOLAS QUE VIENEN
HOLAS QUE VAN,
HOLA NENES:
¿CÓMO LES VA ?"


La Seño nos saludaba siempre con esa canción todas las mañanas. Yo hacía una ola con mi mano, pero muchos compañeros hacían un hola con la mano.
El pez por la boca muere...

Los enigmas de Tutankamón

Tutankamón tenia onse anios kuando suvió al trono i solo reinó durante nuebe. Su nomvre i su figura sin emvargo son kasi una leshenda. Su tumva es una de las pocas ke se a konsebvado asta nuestros días.

En la kámara mortuoria de Tutankamón se hayaron ovjetos ke avrieron nuevas inkógnitas sovre su persona.

Uno de esos misterios fue la precensia de 413 estatuiyas. Kon el tiempo pudo desentraniarse el signifikado de estas imágenes. Para kada día del anio, Tutankamón tenia la imagen de un serbidor, lo kual ase un total de 365 estatuiyas, un encargado kada dies díaz (36) i un superbisor por mes (12). Estos serbidores trabajarían por él kuando el dios de los muertos lo pidiera. (...)

¿El pes por la eskritura muere?

Nadie muere por un par de tildes


        “Bella fue la pérdida de mi esposa” empezaba la carta que le escribió el señor García a sus suegros. Éstos no  pudieron seguir leyendo la carta y enojaronse mucho. Ya muy afligidos estaban con la muerte de su querida hija, pero esto les parecía demasiado. Decidieron responder también con una carta. En ésta le preguntaban a García por qué decía cosas tan feas de su pobre esposa y hasta insinuaron que capaz ya estaba saliendo con otra. El pobre García no entendió por qué lo increpaban, él que tanto amaba a su difunta esposa. Quiso pensar que tal vez los padres estaban muy susceptibles por lo que había pasado y al cabo de un tiempo decidió reenviarles la carta para que la leyeran mejor y sin tanta tristeza. Los padres, sorprendidos al ver una nueva carta , esperaban unas disculpas del irrespetuoso señor García. Pero no se encontraron con lo que esperaban, otra vez empezaba la carta con “Bella fue la pérdida de mi esposa” y no pudieron seguir leyendo. Seguían afligidos pero ahora estaban más enojados que nunca, mandaron otra carta, ésta vez solo con insultos. García, desesperado, no sabía por qué pasaba lo que pasaba,  en esta ocasión, decidió mandar un telegrama por última vez, como señal de despedida a sus suegros. Se ve que ya no lo querían, o que lo acusaban, injustamente, de la muerte de la pobre mujer. El telegrama decía: “Si el revólver les sirve de algo, úsenlo para atacarme, yo muy seguro estoy de lo bella que fue la pérdida de mi esposa y no necesito defenderme de nada”. El padre de la difunta, esta vez, no se aguantó la provocación. Y así fue, consiguió un revólver y, fríamente, asesinó al señor García. En la escena del crimen la policía encontró una carta que decía:

      “Bella fue la pérdida de mi esposa. La recuerdo y la extranio tanto. Como la amava. Realmente nos queriamos uno a otro, pasábamos todo el dia juntos. Desallunabamos, almorzábamos, cenabamos. Todavia no entiendo por que tuvo que morir, hubiese preferido morir yo. Era tan bella, tan dulce, tan despistada, como me hacia reir cuando se perdia. Queria agradecerles profundamente a ustedes por haberle dado al mundo una persona tan buena y leal, y tambien por haberme dejado conocerla. Yo no era nada antes de que ella llegara hasia mi, he aprendido tanto junto a mi querida. Las cosas esta vez no se dieron como uno quería y nadie entiende por que. De ahora en mas, vivire en la mas profunda soledad, pero aunque pasen cien años, siempre me quedare con el recuerdo de lo bella que fue la pérdida de mi esposa. 

Con profundo dolor y admirasion


Su esposo por siempre,
Gavriel Garsia Marques “

No se acuerde, por favor


Ezequiel Huton

¿Qué importa quién habla? Jorge Luis Borges

            Estaba yo el otro día reunido con un grupo de amigos cuando un cuadro en la pared hizo que detuviéramos la conversación. Nos pusimos a apreciarlo. Era arte abstracto, sin dudas. Cada uno de los que se encontraba en aquella reunión, trato de interpretar lo que decía esa extraña pintura. Empezaron las discusiones. Interesantes debates se estaban dando cuando el anfitrión, que hasta ese momento estaba desconcentrado, anunció que el cuadro lo había pintado él, en salita de cuatro. Cesaron por completo las disputas. El cuadro ya no nos decía nada, ya no nos quería decir nada. Había sido pintado por nuestro estúpido amigo cuando era aún más estúpido.

           La conversación siguió su cauce normal, pero yo me quedé pensando. ¿Qué hubiera pasado si el cuadro lo hubiera pintado alguien muy pero muy famoso? Todavía estaríamos buscándole el sentido.

            Es por esto que desperdicio estas horas escribiendo esto que usted está ahora mismo leyendo. Y ya que estoy malgastando mi tiempo y usted  también, voy a ser muy claro:

           Me importa extremadamente poco quién hace. Quién escribe, quién canta, quién pinta, quién. Importa qué se escribe, qué se canta, qué se pinta, qué se hace.

         Una obra de arte es buena por sí misma o no es buena. ¿Qué es eso de tener que conocer al autor para entender la obra? Eso no es arte, es historia.

           Es curioso como en ciertos ámbitos los nombres no importan, es más, nos piden que no los demos. Para participar en un concurso de literatura tenemos que utilizar un seudónimo. ¡Muy bien! ¿Para qué? Para que el jurado no se vea condicionado por ningún nombre. Pero es ilógico pensar que el condicionamiento solo le ocurre al jurado. Nos ocurre a todos, cuando leemos algo y conocemos al autor, estamos limitados. Y no queremos más limitaciones.

          “Exigen que su nombre sea preservado junto a su obra, en la esperanza de que el olvido, que a todos nos hunde más temprano que tarde, pacte con él un armisticio”. Groucho Marx.

         ¡Ilusos! Aunque hagan el mejor cuento del mundo y pongan una firma bien pero bien grande, se olvidarán de ustedes. Sí, se olvidarán de ustedes aunque canten la mejor canción del mundo. Un artista es quien hace arte porque le apasiona crear. Un hombre que hace arte para vender o ser famoso es un simple comerciante. Quien presenta su obra en sociedad está decidiendo compartirla con el mundo. Y no hay peor persona que quien comparte algo al resto pero todo el tiempo les recuerda que se los está compartiendo.

         ¡Egoístas! Al pretender que su nombre permanezca en lo más alto por el resto de la eternidad impiden que otros, llamémoslos los sin nombre, puedan mostrarse. Hoy, un autor que ya ha probado que es exitoso tiene el futuro asegurado, toda su creación estará siempre condenada a ser buena.  Un sin nombre, en cambio, haga lo que haga, tendrá muy difícil la tarea de mostrar su obra.

            ¡Olvidadizos! Los que llegaron a lo más alto y se olvidaron todo lo que les costó, porque había algunos que acaparaban todo intentando ser eternos. Ahora los nuevos, antes sin nombre, poseen uno y forman un círculo vicioso. Tampoco se quieren ir pero también serán olvidados.

             “Las ideas se ahogan en las palabras” Franz Ferdinand                               
                                                                                 
            Algún hombre, vestido de saco y corbata me apuntará con el dedo y me acusará de que el mundo no podría funcionar sin la noción de autor. Todo se volvería desorganizado. ¡Y eso queremos! Basta de prolijidad, que vivan las ideas, dejemos de encerrarlas.

             Otra cuestión que les preocupa a los de saco y corbata es la del plagio. Sin nombres, cualquiera podría atribuirse la obra de otro. Pero sin nombres nadie pensaría en atribuirse nada. Además, aunque pretendan disfrazarlo, nadie sale de una nube e inventa algo. 

            Todas son redefiniciones de conceptos que ya conocimos de otras personas. Menos mal que no tenemos que mencionar de quién sacamos cada una de nuestras ideas. Ése sería el mundo más prolijo, el mundo más perfecto, el que quieren los formales. No habría espontaneidad, ni diversión, estaríamos ahogados en nombres. Nombres y más nombres. 

           “La eternidad nos precede, la eternidad nos sigue; entre dos infinitos, ¿Qué puede importar  a nadie la situación de un simple mortal? Olvida, pues, lector, mi nombre y fíjate únicamente en mis pensamientos”  Sir Alex Ferguson

           Las revoluciones se hacen de a poco. Comenzar por las obras de arte no está mal; confundamos.

            Luego nos iremos expandiendo y llegará el día en el que prevalezcan las ideas por sobre las personas. Ése será el día en el que el mundo se volverá mucho más interesante. Y yo, quién comenzó la revolución, seré olvidado como todo el resto. Solo perdurará la idea de liberar a las ideas de los nombres. Ése será el mayor triunfo.

            Así que a usted, querido lector, si llegó hasta acá, le pido un único favor. No se acuerde de mi nombre. No se acuerde del título del ensayo. Por favor, retenga la idea. Acéptela, refútela, destrócela, ignórela. Haga lo que quiera con ella y, mientras tira esto a la basura,  déjeme a mí descansar tranquilo que mi nombre es solo una circunstancia, pero la idea  vivirá por siempre.