¿Quiénes somos?





Somos estudiantes de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires. Este blog es producto del trabajo que realizamos en la comisión 63, coordinada por la profesora Claudia Risé y la alumna Emilia Cortina, durante la cursada anual del 2012 del Taller de Expresión I, cátedra Reale.

La esencia de sus ojos


Por unos minutos me quedo tildada frente a ellos. Me siento completamente persuadida. Parece como si me hablaran, como si me dijeran muchas cosas a la vez y sin embargo sólo me miran, callados, estáticos, ciertos. Se me ocurren miles de interpretaciones, adjetivos, cualidades para lo que estoy viendo. Pero no puedo aterrizar ninguna en mi cuaderno. Estoy aturdida. Sólo alcanzo a escribir: ‘‘la fotografía del rostro de una mujer hindú, que define de la forma más acabada la esencia de sus ojos’’. 

En una de las esquinas de las Galerías Pacífico, como museo de las más innovadoras expresiones del arte, está el Centro Cultural Borges. Es un espacio cultural en el que conviven la pintura, la fotografía, el teatro, la música y todas las formas en que se despliega el arte contemporáneo. Llegamos a este lugar una tarde, por un aviso que encontramos ojeando el diario con una amiga. El aviso decía: ‘‘LET’SCH FOCUS por Mirjam Letsch’’. Se trataba de la muestra fotográfica de una antropóloga y fotógrafa holandesa que se realizaría precisamente allí, en el templo borgeano. No sabíamos nada de ella. Ni siquiera la conocíamos. Pero la foto que acompañaba el aviso nos cautivó de inmediato. Provistas únicamente por una birome y un cuaderno, emprendimos viaje con destino a dicha muestra. 

El Centro Cultural Borges te resulta bastante común hasta que subís dos pisos y el techo pasa a ser una inmensa cúpula por la que se filtran pedacitos de cielo, como en una iglesia. Cambia la estructura, el ambiente, la perspectiva misma. En este segundo piso hay varias salas custodiadas por guardias, y todas ellas confluyen en un escenario central, no muy grande, en el que se montan diversos espectáculos. 

Un piso más arriba se exhibe la muestra fotográfica LET’SCH FOCUS. Antes de subir, me detengo a mirar una secuencia de cuatro fotos de Borges y su gata Freyja. ‘‘Borges era un tipo particular’’ me dice mi amiga. ‘‘No lo dudo’’ le respondo. Subimos. Nos encontramos con una enorme sala tenuemente iluminada. Lo primero que nos embiste es el silencio. Un silencio que incomoda, que molesta, que invade la sala por completo. A excepción de un pintor que está detrás de una columna, del otro lado de la sala, no hay nadie más. Sólo nosotras dos. Por un momento me olvido de que estamos solas y, ansiosa, me lanzo a mirar las fotos. Y nuevamente, otra embestidura. Ahora son las fotos las que nos atropellan, las que nos llevan por delante. Rostros. Mujeres. Niños. Ancianos. Más mujeres. Miseria. Dolor. Marginalidad. Colores. Otoño. Invierno. Primavera. Verano. Alrededor de cuarenta fotografías exhibidas. India, Vietnam y Holanda. El pabellón está dividido de acuerdo a estos tres países. Guardo la birome y el cuaderno en mi mochila; me doy cuenta de que es momento de tratar de interpretar qué mensaje intentan transmitirnos esas imágenes. 

Vietnam según Mirjam Letsch podría resumirse en una palabra: precariedad. Unas cuatro o cinco fotos que, suponemos, remiten a un mismo hospital y exponen de la forma más cruda las condiciones en las que se brinda asistencia sanitaria a niños en rehabilitación de no más de doce años. Suciedad, insalubridad, carencia. Los ‘‘quirófanos’’ son habitaciones en pésimo estado; las camillas, los colchones de las camas. En una de las fotografías se muestra como dos médicos colocan una radiografía en una ventana, utilizando la luz solar para dilucidar los resultados de la misma. Sin embargo, hay un aspecto que la fotógrafa intenta rescatar en medio de este contexto tan violento: a pesar de las condiciones descriptas, las necesidades siguen atendiéndose y la actividad médica no cesa. Este fuerte contraste me impresiona. Sigo recorriendo el pabellón y aquellas imágenes desbordadas de crudeza se transforman en paisajes. Las cuatro estaciones del año plasmadas en distintas capturas. Lo interesante de todas ellas es que el cielo ocupa un lugar proporcionalmente mayor que el suelo. El cielo se impone, invita a contemplar, a ser parte de ese paisaje. Te atrapa. Una imagen saturada de tulipanes rojos. El tronco de un árbol desprovisto de hojas. Una gruesa capa de nieve esparcida por el techo de una humilde casa. Un típico atardecer de verano capturado desde el fondo de la casa de la fotógrafa, donde los colores rosa pálido y celeste pastel del cielo se mezclan hasta fundirse. Unas cuantas fotos de paisajes se agrupan dentro de la categoría ‘‘Holanda’’. Sobre una pared casi enfrentada pero distante a esta colección, el panorama empieza a cambiar. Brotan retratos de rostros que condensan tantos sentimientos como personas en el mundo. De Holanda pasamos a India. La India como muchas veces uno se imagina, pero pocas veces asume. La India en su expresión más benévola y marginal. La India indigente, miserable. La India de las ollas comunitarias en los típicos festivales. Fotos que plasman los rostros decepcionados de niños que han llegado tarde al reparto de la comida. Hambre. Frío. Abandono. Impotencia. Los ancianos y los niños son quienes padecen más. Las fotos logran despertar en mi compasión. Las calles despobladas son el refugio de estas personas, que fluyen como prescindiendo de su existencia en esta u otra vida, porque evidentemente se olvidaron de ellos. Acá es donde hago una pausa y me pregunto: ¿Por qué? ¿Por qué a algunos pocos sí y a tantos otros no? Esta realidad me genera dolor, y no imagino lo que significaría vivirla en carne propia. Parece como si estos rostros condenados por la miseria pidieran ayuda a gritos. No hago más que caminar conmovida volviendo una y otra vez a estas fotos. La suciedad de las caras, la tierrita acumulada en los bordes de la nariz, las miradas perdidas, desesperanzadas. La resignación como asomando, como irrumpiendo. ¿Quién les regresa la alegría que se va alejando cada día? La óptica adoptada por la fotógrafa es virtuosa; una foto sustituye lo que nos llevaría probablemente describir en decenas de renglones. 

La cantidad de fotos tomadas en La India supera cuantitativamente a las de Holanda y Vietnam. Además de la miseria, la artista capta otros enfoques. El color es uno de ellos. Resalta el contraste entre la tez morena característica de las mujeres hindúes y una amplia gama de colores que se despliega en sus vestimentas. Juega con las distintas tonalidades y con el movimiento. No hay muchas fotografías que muestren sus cuerpos o figuras completas; más bien, fotografía a partir del torso y fundamentalmente el rostro, valiéndose de la luminosidad como recurso. El enfoque está puesto en los rasgos de la cara, destacando las miradas. Hay muchos retratos de mujeres y adolescentes semi envueltas por velos de colores, en algunos casos, juntas en una misma fotografía. Podemos diferenciar las mujeres de clases sociales más altas por la bijouterie que lucen desde el cuello hacia arriba. Collares, gargantillas, pendientes, aros en la nariz, etc. En ocasiones, estas joyas están acompañadas por un maquillaje que profundiza intensamente los ojos. Ya quedan pocas fotos para completar el recorrido de la muestra. Y cuando creo que ya experimenté todas las emociones posibles, una foto me recuerda que estoy equivocada. La foto consiste en el rostro de una mujer hindú, como los que había visto anteriormente. Pero no es éste cualquier rostro. Es el más provocador de todos los que vi hasta el momento. La foto del niño sosteniendo un pequeño recipiente aguardando paciente para recibir una ración de arroz generó en mi compasión; el cielo imponiéndose en los paisajes estacionales logró cautivarme por completo. Pero no puedo explicar qué es lo que me transmite esta foto. Es un rostro, pero yo sólo veo dos ojos. Dos ojos perfectamente delineados. Dos ojos que me apuñalan, que me intrigan, que me exaltan. Por unos minutos me quedo tildada frente a ellos. Me siento completamente persuadida. Parece como si me hablaran, como si me dijeran muchas cosas a la vez y sin embargo sólo me miran, callados, estáticos, ciertos. Se me ocurren miles de interpretaciones, adjetivos, cualidades para lo que estoy viendo. Pero no puedo aterrizar ninguna en mi cuaderno. Estoy aturdida. Sólo alcanzo a escribir: ‘‘la fotografía del rostro de una mujer hindú, que define de la forma más acabada la esencia de sus ojos’’.

0 comentarios:

Publicar un comentario