Casi a mediados del siglo XX, en la década del treinta para ser más preciso, se
funda Sierra Colorada, un pequeño
paraje de la línea sur rionegrina. La ruta 23 le da vida , cediendo el paso
cariñosamente al viajero. A 300km se encuetra General Roca, mi ciudad natal.
Los cerros de piedras rojizas que lo cercan le
ceden su nombre, en la cima de uno de ellos se alza una cruz de casi tres metros de altura y en el otro, una torre
blanca aparece como monumento, homenajeando a los caídos por la patria. Desde
esas alturas se puede observar todo el pueblo, es mucho mas pequeño, diminuto y
con tan solo posicionar el pulgar en frente de los ojos se logra taparlo,
desaparecerlo. Detrás, girando la cabeza aparece el cementerio
viejo, las rejas oxidadas por el sol y un par de tumbas abiertas estremecen el
cuerpo, para los miedosos y creyentes de fantasmas no le es recomendado pasar por ahí, la imagen de aquello es
prototípica de las películas de terror
en las cuales los zombis y espíritus son sus protagonistas, su aspecto es
bastante tenebroso.
Sierra cuenta con aproximadamente 1.373 habitantes
según el Indec del 2001, aunque pasaron muchos años de esta última encuesta, no
creo que en este momento supere los 1.500. La fiesta de la Lana es una de sus
fiestas más importantes, hace de Sierra su imagen más representativa, ya que la
misma es su gran fuente económica. La línea sur se pone de fiesta, reuniendo a
paisanos y patrones, niños y adultos, profesoras y alumnos de todos los
parajes.
El pueblito del
lejano oeste, llamado vulgarmente por sus jóvenes, es uno de los tantos pueblos olvidados de la línea sur. Las malas
gestiones y el cierre del ferrocarril hicieron de él un fantasma, pero aun asi,
sigue perpetuado por aquellos que alguna vez rondaron por su tierra. Y es
por eso que mi viaje tiene mucho de aquel sentimiento que brinda el recuerdo de
sus pasos.
Un viaje, dos caminos
Después de tantas idas y vueltas, mamá y yo
decidimos hacer aquel viaje que nos debíamos hace mucho tiempo.
Cuando planeamos un viaje, siempre hay dos caminos a seguir, si nos dirigimos
hacia lo desconocido, siempre anotamos los lugares que nos llaman la atención y
buscamos en Internet, en revistas dirigidas a turistas o en folletos los
mejores restaurantes, espacios culturales y lugares autóctonos que nos brinda
la ciudad. Pero si vamos a un lugar conocido en donde sus colores, olores
y rincones ya son partes de uno, el camino es distinto. Por eso cuando uno
viaja a estos lugares, siempre va con otra predisposición, las emociones son
diferentes y conocer pasa a un segundo plano dejando camino al reencuentro.
A su vez este viaje es algo más que un viaje, es
volver en el tiempo, es revolver la tierra y encontrar raíces que van en
dirección inversa a lo que marca el hoy pero que funcionan como bisagras
intachables y necesarias. Es reencontrarnos con la niña de campera rosada que
caminaba por los Cerros y hacía bailar sus rulos en el viento, es ver a la
profesora de guardapolvo blanco que venía del norte buscando otros
horizontes. Es ver el sacrificio y la juventud en un paraje olvidado y
escondido entre cerros plagados de arbustos bajos y espinosos. En otras
palabras es volver a nuestra querida Sierra Colorada.
Es el día de partir
Siendo las nueve de la mañana, el despertador suena
una y otra vez. El ventanal que está enfrente
de mi cama invita a los cálidos rayos del sol acompañarme en la fría mañana de
julio. El césped está blanco, como si hubiera nevado, los árboles secos y
opacos, el rocío de la helada de la
noche anterior sigue en pie y de solo observar su resplandor me pone la piel de
gallina. Las sensaciones que tengo son extrañas pero no son malas, después de
siete años vuelvo a mi querido pueblo.
Pasaron muchos años, pero los recuerdos siguen ahí, intactos, de solo pensar
que me alejan un par de horas para poder reencarnarlos en cada uno de sus rincones
rocosos me pone feliz, y si estoy feliz.
La ruta atraviesa las inmensas chacras manzaneras,
mientras que los álamos secos moldean el camino. En esta época del año
los colores brillan por su ausencia, los exorbitantes sauces llorones se ven
mas tristes que nunca, sus hojas caídas son lagrimas derramadas por el otoño.
El puente “Paso Córdoba” es la
frontera que limita al Alto valle, por él fluyen aguas oscuras y agitadas. El Río Negro junto al
Río Limay son el corazón que le da vida a todas las ciudades que enmarca, sus brazos son como arterias que nutren de
flora y fauna las vastas tierras de la meseta. Sus puntas
posicionan dos realidades contrastadas, la meseta y el valle. Hacia el sur se
observan las formidables bardas, que a primera vista parecen ser grandes
murallas que le dan fortaleza al paisaje. Una paleta de color azul y rojo
marca un horizonte profundo que es semejante al de un océano. El rojizo
cielo de invierno, reaviva las ondulaciones y formas de la tierra, las bardas se
prestan a la imaginación, formando colosales dragones.
Alejándonos de la depresión rionegrina e ingresando
a tierra rocosa y árida, los grandes cerros marrones rearman nuevamente el
paisaje. El auto da los pasos que el camino le permite, dejando atrás la misma
imagen que viene por delante, transformándose en una fotografía repetida,
que sufre solamente el retorcimiento de la ruta.
Un paisano, otros recuerdos.
Pasadas las 12, con casi dos horas de viaje
sin habernos cruzado con ningún auto, vemos a un hombre haciendo
dedo junto a una camioneta naranja. Mi mama baja la velocidad y se acerca
suavemente. Boina en mano, camisa negra, bombacha de gaucho, bigote gris,
tierra y arrugas, una simple descripción del paisano. “Buen día señora y
señorita” son las primeras palabras que se escuchan seguidas de “disculpen la
molestia pero se me rompió el burro de arranque y necesito llevar…” giro mi
cabeza y en la cúpula veo un termotanque enorme, dos cajas que dicen orbis con
una llama de fuego que remplaza el puntito a la i. “Mi nombre es Luis Melinger,
necesitaría doña que usted cuando llegue al Cuy se comunique con mi Hijo
Pablo que trabaja en el municipio de los Menucos”, mi madre lo escucha
atentamente y le contesta “ no se preocupe Luis quédese tranquilo que cuando
llegue al Cuy le doy el comunicado, yo soy la mujer de Javier Alberdi no se si
lo conoce”. El paisano abre los ojos y frunce la frente e instantáneamente pone
una sonrisa y le contesta “el señor Alberdi, como no conocerlo…”. Mientras la
conversación sigue y un árbol genealógico se abre ante mis oídos, comienzo a
sentir esa sensación que me generaba el sur, la fraternidad, el compañerismo y
los apellidos que siempre suenan familiar. El respeto y la gentileza de los
paisanos que vienen y van del campo al pueblo, del pueblo al campo, el saludo
matutino instintivo, y el “buenos días” que funcionan como reconocimiento entre
tanto silencio y pieles ajadas. Que lindo se siente.
Seguimos de viaje, ahora manejo yo
mientras mama ceba el tercer termo. Emocionada me cuenta anécdotas, me habla
del colegio, de sus primeros alumnos, por momentos se emociona, por otros se
ríe, abre los ojos fuertemente y encoge los hombros, creo que cada vez que se
estremece se da cuenta del tiempo pasado, lo recuerda con entusiasmo aunque
siempre el pasado duele por el solo hecho de retroceder la hoja solo por unos
momentos. “El frío, esas bajas temperaturas que endurecen la piel y
espesan la sangre se ven derrumbadas por el cálido abrigo que genera
poder ver sonreír a esos jóvenes que buscan respuestas y un futuro mejor, el sacrificio
es un mástil que tiene como bandera esa felicidad, no me arrepiento de lo
vivido Euge, fue muy lindo llegar con tu tía Amalia Sierra, dar ese paso tan
grande para el pueblo, abrir algo tan importante y esperado como el secundario,
pero como sabes, no volvería a hacerlo, 15 años en un lugar tan abandonado es
un sacrificio que no se lo recomiendo a nadie, siempre hay algo más allá”.
De pronto, hacia lo lejos aparece el Cuy, un paraje
de no más de 150 personas, es el punto de descanso que tiene todo viajante de
la línea sur. Es pequeño, la ruta lo atraviesa como si fuera el tronco de un
árbol que no tiene más de una docena de raíces ripiosas que
conducen hacia humildes casas. Los negocios y servicios más importantes están
sobre la ruta. Una casa antigua de color verde es el almacén principal,
cigarrillos, golosinas, comida, casi todo se vende ahí, es el proveedor del
pueblo y el turista. A dos calles se encuentra la telefónica, un pequeño
negocio que también funciona como kiosco. Mientras mi mama llama para que
auxilien a José, yo me quedo en el auto observando como juegan dos niños sobre
la tierra. Pasan los minutos y decido bajar a mover un poco las piernas cuasi
acalambradas por haber estado sentada tanto tiempo. Una pareja pasa y me
saludan.En frente, una mujer de cabello gris me observa, sentada bajo un árbol
que le da sombra se encuentra tomando mates, su rostro marcado por el tiempo
y sus mejillas rojizas por la sequedad del ambiente me transmiten
respeto. Sus párpados caídos y sus ojos marrones trazados por pequeñas líneas
rojas expresan una mirada apagada, parece un semental del lugar, una leyenda
olvidada. Después de un buen rato mi mamá ya en el auto me indica que nos
vamos.
Los beatles y un par de mates lavados eran el
sustento que nos distraía del tiempo y los kilómetros gastados. Mamá seguía
contándome sus anécdotas y nombraba a todas las personas que hace mucho no
veía. Yo la escuchaba atentamente, mientras manejaba. Cada un par de
kilómetros se veían ovejas, muy de vez en cuando un par de caballos y quienes
estaban muy presentes eran las codornices, que cruzaban velozmente el camino.
Frente a nosotros la inmensidad de la meseta cobraba vida, el reflejo del
sol en el asfalto generaba juegos visuales que la vista no podía controlar, el
camino desaparecía y los cerros se transformaban en eternos océanos. Me había
olvidado lo que se sentía estar en ese lugar, la paz y soledad eran por
supuesto los incondicionales compañeros de viaje.
Al llegar a los Menucos, el pueblo de la piedra
laja, decidimos ir a cargar combustibles y seguir camino, después de tantas
horas de viajes, estamos a solo treinta minutos de llegar al destino acordado.
Las dos estamos ansiosas, el tiempo se estira como un chicle, los minutos
parecen horas.
Después de tanta espera ahí estábamos, a tan solo
un par de kilómetros. Las casas se perciben como pequeñas hormigas blancas que
se mueven apenas por el desplazamiento del auto, los cerros se exhiben como
grandes murallas rojizas que rodean al pueblo, ocultándolo en la gran
inmensidad. Un cartel “Sierra colorada” nos da la bienvenida.
De la casa de mi abuela a los recuerdos.
Cruzando el Seferino, llegamos al pueblo. Nos
hospedamos en la casa de mi abuela, una casa antigua, de esas en las que el
techo es alto y las puertas de las habitaciones dan a una galería.
Hace mucho tiempo que nadie iba, el piso estaba lleno de polvo, las
habitaciones estaban heladas y oscuras. Al abrir las ventanas, los rayos de sol
le dieron nuevamente vida a aquel lugar que alguna vez fue mi gran parque
de diversiones. El patio daba a la galería, un parral enorme creaba una especie
de paredón con sus ramas enredadas. En el centro, un imponente pino de más o
menos cuatro metros de altura reposaba plagado de hermosos recuerdos
con una gran historia para contar. En 1960, mi abuela tuvo a papá, su
primer hijo, como obsequio de una de sus primas obtuvo aquel hermoso pino y
Santiago, mi abuelo lo plantó y lo cuidó el resto de su vida. Mientras iba
creciendo, mis otros tíos iban naciendo. Cada uno pudo disfrutarlo y jugar en
él, treparse era muy divertido. Así fue que dos generaciones disfrutaron de
aquel titán. Cincuenta y dos años de vida, una linda representación del árbol
genealógico Alberdi.
Ya pasadas las tres de la tarde,
después de comer, nos fuimos a recorrer el pueblo. Estaba algo distinto de la
última vez que lo había visto, una docena de casas nuevas y un par de edificios
municipales aparecían de improviso, pero no había grandes diferencias de
aquel que había dejado. La escuela número 266 Juan Antonio Álvarez seguía
intacta. Su patio rudo, formado por unos pocos árboles que daban sombra, en el
centro una oxidada campana aparecía colgada de un mástil junto a una bandera
que flameaba por el suave viento del este. Volver a ese lugar fue como viajar
catorce años en el tiempo, reencarnar en esa joven niña desprolija que no
tenía otra responsabilidad que divertirse, jugar y ser inocente.
Tiempos de rayuela, payana y elástico. Tiempos de inexperiencia y simpleza, en
donde la maldad solo recaía en hacer trampa en la bolita. El ladrón y el
policía jugaban roles distintos, ser ladrón era más divertido, y bueno ser
policía era menos emocionante, aunque creo que eso mucho no cambió. Mientras
caminábamos en silencio cada una tomaba sus propios recuerdos y los
revivía en a cada paso que dábamos. Después de un rato de mudez mi mamá
levanta la mano y señala hacia el fondo “ves esa casa de techo verde, bueno ese
fue la primera instalación del secundario, ahí viví durante unos cuantos años,
ya me había olvidado de cómo se veía”. Sus ojos mostraban una mirada intensa,
una sonrisa escondida acompañaba la nostalgia que producía volver a aquellos
tiempos ya casi olvidados. Enfrente el Jardín Nº 82 reposaba colorido,
las hamacas meneaban a ritmo del viento, los álamos que alguna vez fueron
pequeños arbustos, ahora eran grandes murales de protección ante tanto rayo de
sol y calor.
Ya pasadas las cuatro de la tarde,
decidimos ir a cargar el termo e ir a tomar mates al cerro.
En el camino nos cruzamos con otro recuerdo, Silvia, mi niñera de toda la
infancia. “Doña Dolores cuanto tiempo” acompañado de unos brazos abiertos y una
gesto de alegría. “Cuanto tiempo” frase utilizada en varias ocasiones no
tardo ni diez minutos para ser invocada de nuevo, Jorge nuestro querido
vecino aparecía en una camioneta blanca. Y ahí estábamos, los cuatro parados en
frente de la casa de mi abuela. El “¿te acordás? Y “qué lindos recuerdos” eran
la prosa de un himno eterno, innumerables anécdotas caían de nuestros labios,
inundando la vereda de un acogedor elixir que daba vida a la solitaria y vacía
calle. La tarde estaba fría, pequeñas aureolas de vapor salían de nuestras
bocas junto a cálidas risas que ambientaban el lugar y hacían olvidar las bajas
temperaturas. Después de las idas y vueltas en el tiempo, de la acentuación del
paso de los años y el “qué grande que estás, estás hecha una señorita” Jorge
nos organizó un asado en su casa, nos esperaba una rica cena acompañada de
buenos amigos y un cordero patagónico, que más se podía pedir.
Después de despedirnos, el mate ya estaba en el
olvido, decidimos ir a visitar a las viejas amistades. Mi mamá fue a ver a
Marita, una de las primeras alumnas, mientras yo decidí ir a caminar un poco.
Cada paso que daba estaba acompañado de un saludo y una sonrisa. Todos me
reconocían por la hija de Javier y Dolores, y algunos otros por aquella niña
que había dejado atrás. Mientras recorría calles que me eran familiares vi un
rostro conocido que había mutado por el paso del tiempo pero que seguía teniendo
esos ojos achinados color miel y esa sonrisa blanca como la nieve. Era Nicolás,
el hijo de Jorge, mi gran amigo de la infancia. Un fuerte y afectuoso brazo nos
reencontró. Y ahí estábamos caminando los dos interpretando el pasado con
carcajadas. Las casitas frustradas, las carreras en bicicletas, los escondites
secretos de los cerros, las peleas que duraban unos pocos segundos, todo
aparecía y no tardaba mucho en desvanecerse, dejando pie para otro
recuerdo.
Una cena de amigos
De noche Sierra es otro mundo, las calles están más
solas que nunca, no hay un alma caminando sobre ellas. El frío se acentúa mucho
más, los postes de luz alumbran las esquinas y dan vida a un ecosistema de
bichos nocturnos, las polillas pelean contra el foco chocando una y
otra vez. De vez en cuando pasa algún auto. El comedor, que esta al lado de la
terminal, ya casi saliendo del pueblo es el único salón que acoge a un par de
persona. El horizonte es un océano helado que no permite ver más allá de los
cerros, la inmensidad cobra vida aislando el pueblo de aquel paisaje escondido
por la noche.
Cruzando casi todo el pueblo llegamos al barrio, un
plan de viviendas construido en 1994, una cuadra de 16 casas lo formaban. En la esquina estaba la que
alguna vez fue de mi familia. No estaba como la habíamos dejado, la pintura
estaba salida y manchada, las rejas de las ventanas ya no estaban y el pasto
estaba cubierto de yuyos. Una fragancia riquísima inundó la vereda, a dos casas nos estaba esperando Jorge con el esperado
asado patagónico.
Diez y media de la noche, ya sentados todos en la
meza, Jorge, Mabel, su mujer, Nicolás, Manuel, el otro integrante del clan del
barrio y yo. Acompañados de costillas de cordero, chinchulines, mollejas y el
infaltable riñón que como generosidad del asador siempre es destinado a los
invitados, en este caso para mi mamá. Para no perder costumbre, las charlas
rememoran los tiempos pasados, el vino tinto imperdible entrega carcajadas y
festividad a la noche. La sobremesa se hace interminable y se resiste a
terminar. Los adultos se disfrazan de jóvenes contando historias a
conveniencia, ajustándose a la situación. Vienen fiestas y encuentros
olvidados, teñidos de nostalgia y buenos momentos. El colegio, los egresos, las
fiestas del cordero y del estudiante son algunos de ellos. De repente las
charlas se transforman en más serias y las problemáticas del pueblo se
desprenden en un abanico de opiniones e ideologías. Nombres como Alejandro
Marinao y Miguel Gasquez aparecen, son los antiguos intendentes, críticas y
reconocimientos se entremezclan junto la voz y voto de cada postura. Ya
pasadas la una de la mañana, después de un largo tiempo de regocijo, con
los chicos decidimos ir a dar una vuelta para poder charlar lejos de los oídos
de los mayores.
Subidos en el auto nos dirigimos hacia el Seferino,
alejados del pueblo, nos detenemos ante la inmensidad de la oscuridad y el
resplandor de las luces distantes. Hacia el sur se ve el pequeño paraje, y del
otro la nada misma. Las estrellas brillan más que nunca,transformando el cielo
en un valle de puntos blancos y amarillos, de vez en cuando aparecen las
estrellas fugaces acompañadas de satélites dándole movimiento a tanto paisaje
inmóvil. Acostados sobre el asfalto nos zambullimos en la infinidad y nadamos sobre
espesas aguas de silencio y reflexión. Fue por primera vez en el día que
me di tiempo para sentir nostalgia. Después de unos largos minutos, cada
uno comenzó a relatar la vida que estábamos emprendiendo, lo que cada uno
estaba estudiando y lo que pretendía
hacer algún futuro. Nico después de estudiar Computación en Chipoletti, una de
las grandes ciudades del valle, estaba emprendiendo un proyecto para el pueblo,
un ciber, decía que lo quería ver crecer y se negaba abandonarlo, esa eran sus
palabras textuales. En cuanto a Manu estudiaba Turismo en San Antonio oeste y
su proyecto también estaba destinado al pueblo del lejano oeste… decía que
quería mostrarle al mundo la belleza oculta y desaprovechada. Escucharlos con
tanta energía y entusiasmo me dio alegría, esperanza. Ese sentimiento que
creí haber dejado de lado hace mucho tiempo renació en cada palabra que emitían
los chicos. El pueblo tenía titanes que seguían sus pasos sobre las piedras
rojizas, riñendo contra el tiempo y el olvido, había futuro. Si bien existe una
gran problemática que es latente y notable, el abandono de las instituciones y
los gobernantes, mas la privatización de los los ferrocarriles que nos
proporcionaron los noventa, hicieron de Sierra un Pueblo fantasma, borrado del
mapa y de las planificaciones gubernamentales, dependiendo de la producción
ganadera ovina, dejando pocas oportunidades para la juventud que se niega a
trabajar como peón, una de las pocas salidas laborales que ofrece el
lugar, sacando los empleos públicos. Ver jóvenes con la camiseta puesta es
gratificante.
Concluyendo la noche, nos
despedimos con una gran abrazo y con un apasionado “que este sea el principio
de muchos encuentros más”. Alejándonos a paso ligero, cada uno por su
camino, ninguno giró la cabeza, pero se que en cada movimiento que
dábamos, nuestra mente armaba el rostro del otro pensando en el tiempo y en lo
loco que era volver a estar juntos. Mi rostro inmóvil por el frío, flexionaba
mis pómulos, dejando caer una sonrisa en cada pensamiento. Era increíble lo que
estaba sintiendo, estaba feliz otra vez.
Otra vez decir adios.
Y otra vez, el despertador suena a las nueve de la mañana, esta vez el
frío de afuera nos invita a levantar. Unas cuantas frazadas de lana
custodiaron la noche, enfrentando al frío y la helada. Después de dar un
par de vueltas en la cama, nos levantamos. Nos aguardaba un rico desayuno
conformado por unas ricas y esponjosas tortas fritas junto a tibios mates
que animan al cuerpo en cada sorbo. Pasadas las 11, y ya con todo listo
emprendimos el viaje de regreso. El poco sol que había nos despedía junto a
algunos niños que jugaban en la vereda. Las dos mirando al frente y sin emitir
ninguna palabra le soltamos la mano a Sierra, pero con la promesa de regresar,
y eso nos aliviaba de aquella nostalgia que teníamos al volver nuevamente a
casa.