¿Quiénes somos?





Somos estudiantes de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires. Este blog es producto del trabajo que realizamos en la comisión 63, coordinada por la profesora Claudia Risé y la alumna Emilia Cortina, durante la cursada anual del 2012 del Taller de Expresión I, cátedra Reale.

Textos de tono lúdico













        “Con ke voi a fachiar los ravioli? Uh un gato con pelo largo pero si cantaste 25 de enbido y aora te mandaste una flor pero canta bien el envvvvvvvvvvvido y de paso, afiná la ve corta. . Perdon doooña Joosefa Es enbido o flor pero no las dos. Kisas pases mañana y aprendas, pero no lo fijes. Para esto voi a necesitar un fernet o quisas un par de pastillitas de madera. Mientras tus ojos me sangran en las clavículas, ese fluído negro que parece vodka traslúsido me recorrrrrrre por el telebisor. Peero dooña, maaestra, ya lee dije ke no tengo saalsa de toomate en caaajita No dever ser coerente, la coerencia llega a ser una iluminación y uhm,  la incumbencia del licenciado me imprime la necesidad de escribir un ensažo sobre komo escalar una montania y guardarlo en un sobre marrón, como la meseta. Nou, tank iu. Ui arre dresed in our best, and arre prepard tu gou dawn as shentlemen. Bat ui wuld like a brandi La montania me recuerda mis días en la pradera, donde corría bajo la vaca y sobre la ballena, mientras las cerdas del biolín rassssgaban tu mirada celeste.  Erramientas, pala, linterna, comida seca, comida úmeda y por qué no comida masticada. Lago azul, colectivo naranja, tiempo eterno. Tus brasos meciendo. ¡No! No mires a mi topo azul topacio. Apuntame con tu mirada de rallos lacer.  Olvidame. Tirame. Apretá el botón, no, no al hotel. -Bue- nos di-as se-ño-ri-ta Ra-kel. -. Ma per ke? Ace kuarrenta años no fachiaba esto, ace chinkuenta años abia salseti di tomatti en kakita. Estemmmm mmmmm en la menor.  Empezaria con esperanto.  Patapam patapam patapam patapam patapm Willie take iour littl drammm wit iour wistel con tres cuartos tiempos de silencio en medio de la torta.“

        -Vení, Luisito, dejá el cuaderno y la lapicera que es hora de tomar tu medicina. Además, tenés que ir derecho a la cama, porque hoy no tenés visitas.

I disen ke el pes...


"HOLAS QUE VIENEN
HOLAS QUE VAN,
HOLA NENES:
¿CÓMO LES VA ?"


La Seño nos saludaba siempre con esa canción todas las mañanas. Yo hacía una ola con mi mano, pero muchos compañeros hacían un hola con la mano.
El pez por la boca muere...

Los enigmas de Tutankamón

Tutankamón tenia onse anios kuando suvió al trono i solo reinó durante nuebe. Su nomvre i su figura sin emvargo son kasi una leshenda. Su tumva es una de las pocas ke se a konsebvado asta nuestros días.

En la kámara mortuoria de Tutankamón se hayaron ovjetos ke avrieron nuevas inkógnitas sovre su persona.

Uno de esos misterios fue la precensia de 413 estatuiyas. Kon el tiempo pudo desentraniarse el signifikado de estas imágenes. Para kada día del anio, Tutankamón tenia la imagen de un serbidor, lo kual ase un total de 365 estatuiyas, un encargado kada dies díaz (36) i un superbisor por mes (12). Estos serbidores trabajarían por él kuando el dios de los muertos lo pidiera. (...)

¿El pes por la eskritura muere?

Nadie muere por un par de tildes


        “Bella fue la pérdida de mi esposa” empezaba la carta que le escribió el señor García a sus suegros. Éstos no  pudieron seguir leyendo la carta y enojaronse mucho. Ya muy afligidos estaban con la muerte de su querida hija, pero esto les parecía demasiado. Decidieron responder también con una carta. En ésta le preguntaban a García por qué decía cosas tan feas de su pobre esposa y hasta insinuaron que capaz ya estaba saliendo con otra. El pobre García no entendió por qué lo increpaban, él que tanto amaba a su difunta esposa. Quiso pensar que tal vez los padres estaban muy susceptibles por lo que había pasado y al cabo de un tiempo decidió reenviarles la carta para que la leyeran mejor y sin tanta tristeza. Los padres, sorprendidos al ver una nueva carta , esperaban unas disculpas del irrespetuoso señor García. Pero no se encontraron con lo que esperaban, otra vez empezaba la carta con “Bella fue la pérdida de mi esposa” y no pudieron seguir leyendo. Seguían afligidos pero ahora estaban más enojados que nunca, mandaron otra carta, ésta vez solo con insultos. García, desesperado, no sabía por qué pasaba lo que pasaba,  en esta ocasión, decidió mandar un telegrama por última vez, como señal de despedida a sus suegros. Se ve que ya no lo querían, o que lo acusaban, injustamente, de la muerte de la pobre mujer. El telegrama decía: “Si el revólver les sirve de algo, úsenlo para atacarme, yo muy seguro estoy de lo bella que fue la pérdida de mi esposa y no necesito defenderme de nada”. El padre de la difunta, esta vez, no se aguantó la provocación. Y así fue, consiguió un revólver y, fríamente, asesinó al señor García. En la escena del crimen la policía encontró una carta que decía:

      “Bella fue la pérdida de mi esposa. La recuerdo y la extranio tanto. Como la amava. Realmente nos queriamos uno a otro, pasábamos todo el dia juntos. Desallunabamos, almorzábamos, cenabamos. Todavia no entiendo por que tuvo que morir, hubiese preferido morir yo. Era tan bella, tan dulce, tan despistada, como me hacia reir cuando se perdia. Queria agradecerles profundamente a ustedes por haberle dado al mundo una persona tan buena y leal, y tambien por haberme dejado conocerla. Yo no era nada antes de que ella llegara hasia mi, he aprendido tanto junto a mi querida. Las cosas esta vez no se dieron como uno quería y nadie entiende por que. De ahora en mas, vivire en la mas profunda soledad, pero aunque pasen cien años, siempre me quedare con el recuerdo de lo bella que fue la pérdida de mi esposa. 

Con profundo dolor y admirasion


Su esposo por siempre,
Gavriel Garsia Marques “

No se acuerde, por favor


Ezequiel Huton

¿Qué importa quién habla? Jorge Luis Borges

            Estaba yo el otro día reunido con un grupo de amigos cuando un cuadro en la pared hizo que detuviéramos la conversación. Nos pusimos a apreciarlo. Era arte abstracto, sin dudas. Cada uno de los que se encontraba en aquella reunión, trato de interpretar lo que decía esa extraña pintura. Empezaron las discusiones. Interesantes debates se estaban dando cuando el anfitrión, que hasta ese momento estaba desconcentrado, anunció que el cuadro lo había pintado él, en salita de cuatro. Cesaron por completo las disputas. El cuadro ya no nos decía nada, ya no nos quería decir nada. Había sido pintado por nuestro estúpido amigo cuando era aún más estúpido.

           La conversación siguió su cauce normal, pero yo me quedé pensando. ¿Qué hubiera pasado si el cuadro lo hubiera pintado alguien muy pero muy famoso? Todavía estaríamos buscándole el sentido.

            Es por esto que desperdicio estas horas escribiendo esto que usted está ahora mismo leyendo. Y ya que estoy malgastando mi tiempo y usted  también, voy a ser muy claro:

           Me importa extremadamente poco quién hace. Quién escribe, quién canta, quién pinta, quién. Importa qué se escribe, qué se canta, qué se pinta, qué se hace.

         Una obra de arte es buena por sí misma o no es buena. ¿Qué es eso de tener que conocer al autor para entender la obra? Eso no es arte, es historia.

           Es curioso como en ciertos ámbitos los nombres no importan, es más, nos piden que no los demos. Para participar en un concurso de literatura tenemos que utilizar un seudónimo. ¡Muy bien! ¿Para qué? Para que el jurado no se vea condicionado por ningún nombre. Pero es ilógico pensar que el condicionamiento solo le ocurre al jurado. Nos ocurre a todos, cuando leemos algo y conocemos al autor, estamos limitados. Y no queremos más limitaciones.

          “Exigen que su nombre sea preservado junto a su obra, en la esperanza de que el olvido, que a todos nos hunde más temprano que tarde, pacte con él un armisticio”. Groucho Marx.

         ¡Ilusos! Aunque hagan el mejor cuento del mundo y pongan una firma bien pero bien grande, se olvidarán de ustedes. Sí, se olvidarán de ustedes aunque canten la mejor canción del mundo. Un artista es quien hace arte porque le apasiona crear. Un hombre que hace arte para vender o ser famoso es un simple comerciante. Quien presenta su obra en sociedad está decidiendo compartirla con el mundo. Y no hay peor persona que quien comparte algo al resto pero todo el tiempo les recuerda que se los está compartiendo.

         ¡Egoístas! Al pretender que su nombre permanezca en lo más alto por el resto de la eternidad impiden que otros, llamémoslos los sin nombre, puedan mostrarse. Hoy, un autor que ya ha probado que es exitoso tiene el futuro asegurado, toda su creación estará siempre condenada a ser buena.  Un sin nombre, en cambio, haga lo que haga, tendrá muy difícil la tarea de mostrar su obra.

            ¡Olvidadizos! Los que llegaron a lo más alto y se olvidaron todo lo que les costó, porque había algunos que acaparaban todo intentando ser eternos. Ahora los nuevos, antes sin nombre, poseen uno y forman un círculo vicioso. Tampoco se quieren ir pero también serán olvidados.

             “Las ideas se ahogan en las palabras” Franz Ferdinand                               
                                                                                 
            Algún hombre, vestido de saco y corbata me apuntará con el dedo y me acusará de que el mundo no podría funcionar sin la noción de autor. Todo se volvería desorganizado. ¡Y eso queremos! Basta de prolijidad, que vivan las ideas, dejemos de encerrarlas.

             Otra cuestión que les preocupa a los de saco y corbata es la del plagio. Sin nombres, cualquiera podría atribuirse la obra de otro. Pero sin nombres nadie pensaría en atribuirse nada. Además, aunque pretendan disfrazarlo, nadie sale de una nube e inventa algo. 

            Todas son redefiniciones de conceptos que ya conocimos de otras personas. Menos mal que no tenemos que mencionar de quién sacamos cada una de nuestras ideas. Ése sería el mundo más prolijo, el mundo más perfecto, el que quieren los formales. No habría espontaneidad, ni diversión, estaríamos ahogados en nombres. Nombres y más nombres. 

           “La eternidad nos precede, la eternidad nos sigue; entre dos infinitos, ¿Qué puede importar  a nadie la situación de un simple mortal? Olvida, pues, lector, mi nombre y fíjate únicamente en mis pensamientos”  Sir Alex Ferguson

           Las revoluciones se hacen de a poco. Comenzar por las obras de arte no está mal; confundamos.

            Luego nos iremos expandiendo y llegará el día en el que prevalezcan las ideas por sobre las personas. Ése será el día en el que el mundo se volverá mucho más interesante. Y yo, quién comenzó la revolución, seré olvidado como todo el resto. Solo perdurará la idea de liberar a las ideas de los nombres. Ése será el mayor triunfo.

            Así que a usted, querido lector, si llegó hasta acá, le pido un único favor. No se acuerde de mi nombre. No se acuerde del título del ensayo. Por favor, retenga la idea. Acéptela, refútela, destrócela, ignórela. Haga lo que quiera con ella y, mientras tira esto a la basura,  déjeme a mí descansar tranquilo que mi nombre es solo una circunstancia, pero la idea  vivirá por siempre.

Sueños colectivos


Para comenzar debo admitir que el comienzo de mi día ha sido bastante perturbador. El motivo, ahora un poco confuso, fue que pasé la noche dentro de un sueño donde encontraba la mujer para mí pero nuestras familias estaban fuertemente enfrentadas. Pero es posible que esto no alcancé para explicar mi grave problema, rápidamente luego de salido de la cama, llamé a mi abogado; él me pidió que me calmara cuando le dije “vamos a tener que pagar demasiado”.

Ahora, no hay duda que infringí de manera grosera la ley del derecho de autor, pero en este caso ¿a quién debía resarcir? A los familiares que aún quedan de Shakespeare, al estado inglés, a algún centroamericano productor o guionista de telenovelas, a algún escritor de novelas románticas o a todos ellos juntos.

Hoy en día es difícil vivir tranquilo intentando siempre no imitar a otra persona manteniéndose en el margen de la originalidad y la legalidad. En la vorágine de todo este episodio, tuve que consultar las leyes de derecho de autor de varios países (quizás podría exiliarme en alguno); lo interesante es que encontré en las leyes que el “derecho” de autor dice solo proteger las obras “originales”.

Teniendo un diccionario a mano (a veces pueden ser muy útiles) lo consulté enseguida, pero las respuestas tampoco fueron muy satisfactorias. La RAE define a la originalidad como algo “perteneciente o relativo al origen” pero también con algo que tiene “carácter de novedad”; este segunda definición me llevo mentalmente a recorrer algunas vidrieras de tiendas de ropa o centros comerciales con grandes carteles luminosos. Pero por más extraña que sea, esta oposición de respuestas no iba a lograr sacarme de mi encrucijada.

De algo no había dudas, el sueño  era algo que me pertenecía... o por lo menos era algo de mi origen, como dice la RAE. Muchos escritores, directores de cine, músicos, etc. (de los  más prestigiosos en sus disciplinas), alegan haber creado sus obras a partir de sueños. El problema era la novedad (que en lo que a mi respecta se aparenta a crear un nuevo género musical o literario), ya que vivimos es un mundo de “ideas agotadas”.

Ya hemos escuchado todos de la psicología, de la mano de Sigmund Freud, que los sueños son el camino que toman los recuerdos o deseos reprimidos para pasar del subconsciente a lo consciente a partir de simbolismos. O estudios más recientes que ven los sueños asociados mayoritariamente a la memoria de la vida de vigilia, o como plenamente una reproducción sin sentido de recuerdos mezclados.

Pero lo que es claro es que los sueños en algún punto son producto del contexto en el que vivimos. Karl Gustav Jung (aprendiz de Freud) creó el concepto de inconsciente colectivo como algo que contiene la herencia espiritual de la evolución de la humanidad. Consideró a dicho inconsciente de tipo "objetivo" ya que representa la misma información adquirida por todos los sujetos; y lo diferenciò del inconsciente personal que es de tipo "subjetivo" y se refiere a las experiencias y deseos de cada uno. En un lenguaje literario el primero (colectivo) correspondería a las ideas extraídas de la realidad social, en cambio el segundo (personal) al estilo individual de cada persona. Además el mismo autor también pensó al mundo onírico como un “tesoro creativo”. Es muy alentador pensarlo de esa manera, como un  tesoro propio.

De esta manera se desprende así una relación más compleja en el concepto de plagio. Porque si vivimos todos en un mismo mundo y somos todos una misma raza, ¿no existe la posibilidad de haber vivido o presenciado (con las diferencias obvias de cada época) una situación similar?, ¿no podemos compartir deseos u objetivos? Al parecer la ley piensa que no; y la ley esta para respetarse a rajatabla, al menos eso es lo que nos inculcaron.

Así que se debe obedecer ciegamente las creencias de que ya esta todo dicho, resignandose a que hoy en día ya no se puede crear algo nuevo o novedoso, y que todo lo que pasa por nuestro consciente o incluso nuestro inconsciente, es sólo un reflejo de lo que otra persona ya hizo antes.

Pero tanto pensar me ayudó a volver conciliar el sueño; espero no tener que despertarme con tamaño altercado nuevamente. Tengo que tratar de despejar mi cabeza antes de acostarme y soñar con un vacío, blanco o celeste; ellos aman el celeste es tan tranquilo y sin una pizca de rebeldía.

A veces pienso que sería mejor no tener tantas ideas dando vueltas, en estos días es algo peligroso; ahora por culpa de mi imaginación tendré que empezar a preparar una estrategia para el juicio. Antes de acostarme rezo -por si queda algo más allá de lo que ya nos robaron- que las próximas generaciones no tengan graves altercados legales por el simple hecho de respirar o caminar como nosotros.





  • "Destino". Por Magalí Antonelli Laffitte.















“Al entrar, encontraron, colgado de la pared, un espléndido retrato de su señor, con el aspecto que le habían visto últimamente, en toda la maravilla de su exquisita belleza. Tendido en el suelo, había un hombre muerto, en traje de etiqueta, con un cuchillo clavado en el corazón. Estaba canoso, arrugado y tenía un rostro repugnante. Hasta que no examinaron sus sortijas no le reconocieron.”
El retrato de Dorian Gray – Oscar Wilde

             Ingresamos al Centro Cultural Jorge Luis Borges, nunca antes había entrado a ese magnífico edificio ubicado entre Viamonte y San Martín, no es que soy una persona “a-artística”, sino que, al ser del interior no puedo ni siquiera imaginarme el torrente de eventos culturales que tiene diariamente la Capital Federal. Me deslumbro frente a tanto lujo. ¡No puedo creer que no debamos pagar entrada!

            Hago todo lo posible por empujar a mi amiga hacia las escaleras mecánicas, me pregunto qué ha pasado con mi “condición atlética”, ¡ah, qué dulce que es la ironía, nunca poseí semejante condición! Continuamos subiendo y subiendo, hasta llegar al tercer piso. Nos recibe una magnífica pared circular blanca, en ella, están pegadas letras que forman el nombre de la fotógrafa: Mirjam Letsch. Me sorprende el nombre, le digo a mi amiga que, como hablante coloquial del esloveno, ese nombre se pronunciaría “Miriam”, ya que la “Jota” se articula “I”, de igual manera que mi apellido.

            El salón es luminoso, espacioso, silencioso, no hay un alma más que la de mi amiga, la del hombre de seguridad y la mía. Siento paz dentro de este espacio, olvido que me encuentro en el centro neurálgico del país y me dejo llevar por el sentido de la visión. Aunque no hay división, hay dos artistas que presentan sus obras, es evidente diferenciarlas porque unas son pinturas y otras fotografías. Decidimos raudamente comenzar por el extremo más lejano de la exposición fotográfica.

            India. Comienzo a verlas, a intentar “sentirlas”, a forzar mi mente para relacionar lo que observo con lo que leí de “La cámara lúcida” esa misma mañana en el tren. Veo rostros demacrados por los años de hambruna, anoréxicos por la pobreza, enmarcados por centenares de arrugas causadas por la preocupación de procurarse un día más de vida. Enfundadas en magníficas telas coloridas, estas mujeres me siguen con la vista, con aquellos ojos penetrantes que me quitan el aliento y la movilidad.

            De repente, freno y dispongo mi entera atención y concentración a una fotografía. Tiene el mismo tamaño que todas las demás, cuelga entre otras tres, hay poca distancia entre ellas, pero no me interesan las demás, sólo existo para esa sola. Predominan intensos y resplandecientes colores naranjados y marrones en la zona izquierda de la fotografía, a contraposición de la derecha, en la cual hay una presencia sólida de oscuridad. Es una esquina de una callecita humilde, veo el ángulo de noventa grados que crea el edificio, sus paredes aparentar estar realizadas con una mezcla de arena, lo que le aporta una textura que parece ser grumosa. Lo que más me sorprende es que, en el rincón inferior izquierdo de la fotografía, en lo que vendría a ser la calzada, se encuentra un hombre con su puesto de maníes confitados.

            Y en ese preciso instante, en este aquí y ahora, siento un terremoto dentro mío, mi alma se sacude, mi mente intenta hacer insight y comprender qué es lo que me está ocurriendo frente a esta fotografía que, para cualquier otra persona, es una fotografía más pero para mí no es así. Hurgo dentro de mis recuerdos y allí encuentro la respuesta de todos estos singulares sentimientos apocalípticos.

            Mi mente viaja en el tiempo unos quince años atrás, me encuentro detrás del asiento del conductor de un Chevette colorado, estacionado casi en la esquina de Elflein y Onelli (pleno centro comercial de la ciudad de Bariloche). Mi madre acababa de salir del auto, diciéndonos que nos portáramos bien, que iba a comprar unos cubanitos y volvía. Pero yo me siento mal y estoy en la obligación de ir a anunciárselo, me duele la cabeza y estoy mareada. Desplazo el asiento, abro la puerta, corro hacia el local, entro, siento el olor de maní confitado quemado, mi madre me mira, me pregunta qué me pasa y me descompongo.

            Me sorprendo al reconocer que aún puedo recordar eventos tan pasados en un contexto tan disímil como el que estoy viviendo, me percato de que puedo volver a ser pequeña, que el tiempo no ha pasado, igual que Dorian Gray y su famoso retrato que lo mantuvo joven y puro durante decenas de años.

            Luego de ese instante de estupor, continúo observando y analizando las fotografías. Paso de unos enigmáticos rostros hindúes a escenas de terror y dolor que se dan en un hospital de niños de Vietnam. Es demasiado agresivo para mi vista, no creo ser una persona débil pero estas imágenes generan en mí un sentimiento de impotencia, comprendo que soy incapaz de solucionar los problemas de un mundo repulsivamente desigual. Poso con rapidez mis ojos sobre una niña que está siendo operada en una habitación descuidada, sucia, mohosa, defectuosa e insalubre, su rostro denota sufrimiento y agotamiento. En otra, un par de médicos examinan una radiografía mediante la luz que ingresa por la ventana, parece ser que la analizan e intentan determinar la enfermedad física del convaleciente. Me detengo a pensar, y le comento a mi amiga que hay que tener verdadera pasión para curar con esta deficiencia de herramientas médicas, deben de amar –con el amor más puro – a cada uno de sus pacientes.      

            Termino la muestra con algunas fotografías de Países Bajos. Son magníficas aunque se me presentan como una reproducción de otras, no pienso que sean copias, en lo más mínimo, sino que son clichés. La típica imagen de los tulipanes rojos holandeses –que, además, he tenido una similar como fondo de pantalla en la computadora-, el pasto verde y brillante, el ambiente impoluto y puro, en esencia me es indiferente, común, calcada, no le encuentro la novedad. No debo buscar el significado oculto que quiso transmitirme la fotógrafa porque con un sencillo vistazo lo encuentro. Es un simple y repetitivo lugar común que siempre consigue un éxito parcial entre los observadores.

            Me quiero ir en este preciso instante, siento ansias de sentarme en el tren Belgrano, viajar media hora, caminar siete cuadras, subir dos escaleras de quince escalones cada una y tirarme boca abajo en mi cama, pero mis deseos no se cumplen. Mi amiga me propone tomar notas de aquello que vimos, que presenciamos, que interiorizamos, le indico unos escalones, nos sentamos y cada una se sumerge en su mar de letras.

            Comprendo que he reconocido de la mayoría de las unidades de la muestra el studium, que según Roland Barthes “es dar fatalmente con las intenciones del fotógrafo, entrar en armonía con ellas, aprobarlas, desaprobarlas, pero siempre comprenderlas, discutirlas en mi mismo, pues la cultura (de la que depende el studium) es un contrato firmado entre creadores y consumidores”, la fotógrafa ha querido retratar la belleza dentro de la desigualdad y la diversidad, me ha indicado que hay un relativismo puro entre las culturas, no es que los niños holandeses son superiores o inferiores que los vietnamitas, únicamente viven de diferentes contextos de opresión y dominación. Afirmo dentro de mí que una sola fotografía ha sido subersiva, ha podido pincharme y agujerearme: la del hombre hindú que vendía maní en la esquina, no he necesitado horas frente a ella para poder comprenderlo, con tan sólo verla me atravesó limpiamente.    

            Con parsimonia nos levantamos y comenzamos a bajar los peldaños alfombrados –el edificio tiene únicamente escaleras mecánicas que suben-, nos encontramos en el rellano y, de manera repentina, me detengo frente a una serie de fotografías en blanco y negro de un anciano Borges acompañado por su mascota, un precioso gato atigrado que, por cierto, poseía el don innato de posar con exquisitez y elegancia. Después de mostrarle a mi acompañante el felino que podría haber pasado como modelo de Whiskas, nos enfrentamos al viento frío y arremolinado que nos esperaba para acompañarnos a nuestros hogares.




“Tal vez algunos de nosotros tienen que 
atravesar caminos oscuros y desviados antes de poder encontrar
el río de la paz o el camino alto al destino del alma”.
(Frederick Pierce, “Dreams and personality”)

         A lo lejos estaba la enorme puerta oscura, el camino era recto y parecía ser la única dirección posible, por lo que me decidí a caminar hacia ella. Algunos árboles enormes estaban al costado del sendero.  Eran tan altos que impedían que la luz llegara al lugar. A medida que me acercaba a la puerta, sentía el frío cada vez más fuerte que me corría por los huesos. Era imposible retroceder, no había otra dirección por la cual escapar, por lo tanto yo seguía firme el recorrido.  De pronto percibo que alguien viene detrás de mí, parece ser un hombre. Su paso es apresurado, siento que se está acercando rápidamente entonces empiezo a correr. La puerta todavía es inalcanzable. El hombre comienza a correr también, no puedo entender por qué me persigue pero me asusta. Corro hasta que mis piernas se paralizan y de un momento a otro permanezco inmóvil, como si algo me sujetara desde el suelo. Es desesperante, veo al hombre que corre hacia mí pero no puedo despegarme. Cuando parece alcanzarme al fín, el hombre pasa por un costado del camino para evitar chocarse conmigo. Me observa pero sin detenerse corre hasta la puerta. Desde mi lugar puedo ver que saca una llave de su bolsillo, abre y entra. Pasan unos segundos, mientras intento inútilmente soltar mis piernas del suelo, y el hombre sale por la puerta nuevamente. Ahora con un bebé en sus brazos. Caminando lentamente llega hacia donde yo estaba y me abraza. Luego mira al bebé y dice: Perdón Carmelita. Lo apoya sobre mis brazos y huye. Sin poder moverme logro gritarle: ¡No me dejes papá! Un ruido de explosión a lo lejos me perturba y abro los ojos.

Había sido la reja de la celda al abrirse. Sobresaltada y transpirando me siento sobre la cama.

-Alguien vino a verte, dijo la oficial.

Una religiosa atraviesa la puerta. Hago un esfuerzo por despabilarme y veo que es la hermana Inés. Me mira como siempre con un gesto de preocupación y de resignación a la vez.

-¿Qué tenés querida? ¿Qué te pasó?

-La pesadilla otra vez hermana.

-Ay Carmela, realmente no sé qué va a pasar con vos.





          Tendidos entre los olivares de Don Casiano a los cuales nos habíamos adentrado burlando la custodia de un perro viejo, me miró y me dijo “Esto es hermoso pero qué tanto más hermoso sería encontrarnos en un lugar desconocido…uno que no hayamos visto pero que sepamos que está ahí, como ese pájaro que se escucha desde tu ventana pero del cual no conocemos el color. Un lugar virgen en lo que a opinión humana respecte, del cual seamos los primeros que lo vulgaricen con definiciones en esa innecesaria forma humana de apropiarnos de las cosas, de los lugares. ¿Te imaginas ser los primeros, Dínora? ¿Los primeros en desnudar y definir un lugar? En algún momento tendré el dinero y nos iremos, lo prometo…”

           Yo reí como cada vez que me planteaba irnos, idea que había sido reiterada por él varias veces, como un niño empecinado con un juguete que seguramente cuando podrá tener no querrá mas. Y como todas esas veces, reí ante su propuesta como ríen las niñas cuando no entienden de lo que le están hablando. Porque esa era la situación: yo era una niña y el me hablaba de algo que no entendía. No entendía como quería irse del pueblo, dejar a su familia, dejar su tierra, dejar ese olivar donde estábamos tendidos.

También reía para maquillar el dolor de saber que mi orgullo me impedía ir con él. Sabía que como a mí me decía de partir también se lo decía a Griselda, a Mariana a Fabiana o al menos así lo sabía el rumor anónimo. ¿Se llamaban Griselda Mariana y Fabiana? No lo recuerdo fehacientemente, pero las llamé siempre así y prefiero no cambiar de parecer. Tampoco sabía de sus caras que, por suerte, nunca me había cruzado en el pueblo, ni me las habían señalado. ¿Quienes eran ellas? ¿Quiénes me impiden seguirlo a él, al amor de mi vida? Me preguntaba seguido. ¿Las querrá mas que a mí? Si bien no las conocía las sentía y también sentía sus voces, las cuales imaginaba y solo podía callarlas en el olivar de Don Casiano (ese lugar que era solo nuestro, ni de Griselda ni de Mariana ni de Fabiana).

Desafiando a quienes no creían que lo haría, incluida yo, un día consiguió juntar todo ese dinero y se fue. Cuando me lo contaron nuevamente reí pero esta vez porque no lo quise creer; hasta que el paso de tiempo me redundó una y otra vez la realidad de que él no estaba y ahí fue cuando lloré. Lloré porque entendí que no iba a volver y entender siempre conlleva dolor.

           Llegaban rumores acerca de dónde estaba y qué estaba haciendo: que lo habían visto anclando un bote en un puerto olvidado, que luego había partido a fines de llegar a una isla donde el sol no se pone, que había perdido todo y no tenía como regresar…y así muchos rumores más (unos más felices que otros pero todos insuficientes a mí que al no tener sus manos quería algo que al menos ellas hayan tocado). Una carta, un envío; presa del disgusto hasta llegué a preferir un cajón antes que lo único que nos devolvía el viento: rumores, rumores insatisfactorios.


Un día, después de muchos años finalmente llegó una carta, una carta con mi nombre. ¿Le habrá mandado a Griselda a Mariana y a Fabiana también? Me acuerdo de haber pensado. Dejé a Tiziano en su cuna, y aproveché que su padre no había vuelto de la herrería para abrirla. Lo hice desesperadamente, desesperadamente y tocando cada centímetro de papel disponible pensando en que sus manos los habían doblado pensando en mí, en mí y no en Graciela ni en Mariana ni en Fabiana.

“Encontré el lugar del que te hablé, Dínora. Te definiría como es pero no lo entenderías, ya que tratando de definirlo sólo puedo decir de él que es el lugar donde no estás” y nuevamente lloré como seguramente habrán llorado con su ida todas las Gracielas Marianas y Fabianas que nunca fueron ellas y que siempre fueron solamente mis miedos. Mi miedo a dejar el lugar que era mío o que me habían dicho que era mío, mis miedos a dejar a mi familia y a mis deberes, mis miedos a dejar todo para ser feliz.

        Alguien me contó hace tiempo que lo primero que aprendí a escribir fue mi nombre. Claro que en aquel momento aquella palabra connotaba para mi algo totalmente distinto: ni una aristócrata enredada en un amor prohibido, ni la versión femenina de un revolucionario cubano, tampoco una palabra que me hiciera dar vuelta al escucharla. Eran tan solo unos simples garabatos que cambiaban de orden según el día: a veces empezaba a dibujar la letra “a”, a veces la “m”, a veces la “i”. Hasta que un día después de mucha prueba y error logré aprenderme la secuencia correcta: C-A-M-I-L-A. Así me llamo, Camila. Aunque, como diría Kapuscinski, sólo por una convención reduccionista, por comodidad, decimos –Camila-. En la realidad, salvo por el nombre humano, Camila no existe. 

       ¿Te acordás de…? Y ahí viene, una vez más, el esfuerzo sobrehumano de recordar. Por alguna razón mi memoria es rebelde –más de lo normal-: se asoma y luego se esconde, me hace trampa y, cuando aparece, lo hace enmascarada. Pero ya después de 22 años de tire y afloje aprendí(mos) a tratarla(nos). Mi secreto está en activar los sentidos.

       Descalza me acerco caminando a los cinco estantes que cuelgan en mi cuarto, son negros y alargados pero si algo los caracteriza es su fortaleza. Sobre ellos se amontonan decenas de libros, acostados, parados y apretados, libros más grandes y más pequeños, de colores llamativos y otros más bien invisibles, de palabras sonrientes algunas veces, otras miedosas, muchas rebeldes.

       Me siento en el piso y cruzo las piernas cual indiecito, voy a empezar por el principio –pienso- y es allí, bien cerquita de la tierra, donde se originan todas las historias. Con los ojos cerrados deslizo la mano por sobre los libros del primer escalón, acariciando sus tomos como quien toca un piano; durante todo el trayecto emergen húmedos recuerdos…
       …los “Había una vez” (¿un dragón?) que leía Hilen en la cama mientras yo jugaba a adivinar los dibujos erróneamente (¡no! Un dinosaurio!)…
       …. las reuniones familiares en que nos escapábamos con el abuelo a su habitación para adentrarnos en sus narraciones mágicas de aventuras y princesas…
       … los libritos de tela que hacían papá y mamá (“era una forma redondita –una burbujita, no es-, era un recuerdo mojadito –un pececito, no es-, era una forma calentita –una llamita, no es-,¡Qué difícil es! ¿Qué es?, era la panza de mamita…y yo era un bebé”)…
       ….el “Club de los perfectos” (“no son miedosos ni confianzudos, no se ríen a carcajadas ni lloran a moco tendido”) de la mano del pajarito remendado…
       …el elefante de Maria Elena y el que ocupa mucho espacio de Elsa…

       Al final, cuando parecía llegar al final de mi recorrido, encuentro un sobre blanco que al abrirlo despliega un pequeño tesoro; unas cinco fichas que tienen en sus márgenes el mismo encabezado: “Retiró”, “Titulo”, “Devolución” y debajo varios nombres y fechas escritas a mano. Se ve más o menos así:
       19-08-99 Los desmaravilladores 9-9-99
       16-4-2000 No hagan olas 07-05-10
       29-10-02 Piedras volando sobre el agua 5-11-02

       Una notita al final completa el regalo: “Para vos, junto con todos los libros que retiraste de la Biblioteca en estos años de primaria, va mi cariño, alimentado por el gusto que compartimos por la lectura y por tu propia dulzura. Te quiero mucho, la seño bibliotecaria Claudia. Diciembre 2002”.

       Un fuerte cosquilleo recorre mis piernas, y es que luego de un rato y en la quietud de la misma posición se quedaron dormidas. Pasaron más de cuarenta minutos desde que me senté y todavía queda mucho más, recién ahora me doy cuenta de la cantidad de libros que tengo. Claro que ellos no llegaron todos juntos: primero fueron los blanditos, luego los de tapa dura y, cuanto más crecía yo, más gordos se hacían ellos. Así se fueron juntando, no como una acumulación, sino como una red que cada vez se agrandaba más. Esta red en mi imaginación tiene forma de espiral, en donde el principio es a la vez el final; cada libro que llegó modificó a los demás, les otorgó nuevas identidades, los resignificó.

       En la adolescencia, cuando empezaron a llegar (¿o yo llegué a ellos?) a mis manos los libros de Cortazar y Eduardo Galeano, acompañados de las palabras liberadoras y libertarias de Bayer y Bakunin, de Rosa Luxemburgo y Simon de Beauvoir, la lectura cambió para mí de función: se convirtió en fuente de preguntas y respuestas. Mis fronteras tomaron la forma del mapa de America Latina y de la mano de Saramago, Juan Rulfo, Pizarnik, García Marquez, Borges, José Martí, Rodolfo Walsh encontré otra forma de ver el mundo, forma que estaría relacionada con una actividad que descubrí años después: la fotografía.

       A eso de los dieciséis años, no recuerdo bien cómo, encontré en mi casa una vieja cámara de fotos, una Ricoh KR5. De a poquito empecé a usarla: primero hice un taller para aprender su funcionamiento y mecánica, luego me fui acostumbrando a salir con ella y mirar desde el visor, más tarde me asumí como fotógrafa. Pero no una visionaria de la estética, ni una cazadora de lo bello, más bien quería (quiero) capturar lo que me indignaba, poder compartir mi forma de ver el mundo, mostrar lo que a veces se nos hace invisible.

       Dos años después de haber terminado el secundario me animé a decir “esto es lo que quiero ser, esto es lo que soy”. Ya no tenía que seguir buscando (porque en esta sociedad algo hay que “ser” y para eso algo hay que “estudiar”): me anoté en la escuela de fotografía periodística. Entre las materias había una que se diferenciaba del resto, que estaba solita entre el montón “Taller de Redacción” se llamaba. Más por intriga que por convicción me acerqué y, para mi sorpresa, se me abrió -no una puerta- un portón. Erica, la profesora, nos sacó a los golpes de lo convencional y el lugar común para decirnos “el periodismo no es solo la noticia del diario, hay un mundo entero que los espera más allá”. Ese mundo tiene nombres: Caparrós, Jon Lee Anderson, Leila Guerriero, Kapuscinski, Cristian Alarcón, García Marquez, Rodolfo Walsh.

       Fueron así, una vez más, las palabras las que me trajeron hasta acá, a los pasillos de esta facultad. Las palabras valientes, persistentes, reveladoras, que plantaron en mí una semilla que no para de crecer: el deseo de poder contar y mostrar.


       El vaso espera en la mesa… lleno con su típico color ámbar. Doy una rápida mirada a la casa. Todo parece estar en su lugar, pero sé que no es así, algo falta.

       La luz, la alegría hace un tiempo desaparecieron. Desde que ella se fue, la casa emana tristeza, soledad. Levantarme cada día y verla a mi lado, la mejor sensación que una persona es capaz de tener, eso le daba sentido a mi vida. Ahora todo es solo una seguidilla de acciones monótonas, sin sentido que se repite día tras día.

       En un momento de furia vacié cada cajón de cada mueble, cada rincón y lo amontoné en cajas, que ahora esperan en el patio hasta que alguien decida llevárselas. No quiero retener ni un solo rastro del pasado, ya nada de eso tiene valor para mí. Si puedo deshacerme de todo, mejor.


       No tiene caso, nadie se siente siquiera atraído a mirar las cajas, esa sensación de amargura que da poner un pie en este patio, creo que se puede sentir incluso desde las casas vecinas. Algunos coches reducen la marcha pero con la primera mirada se van espantados.

       El vaso está ahora vacío, me doy cuenta que no hay nada más con qué llenarlo, así que tomo mi campera de cuero para ir al supermercado.

       -Últimamente el alcohol está vaciando mis bolsillos- pienso sin interesarme en una sola palabra de ese pensamiento.

       Voy a la góndola de bebidas blancas, luego a la sección de whisky y por ultimo a la góndola de los más barato; ya no tengo para darme lujos. En el camino decido tomar un bocadillo para acompañar; el banquete de esta noche. Voy rápidamente a la caja. 

… 

       -El asunto de la venta de jardín no tendrá éxito. Pero era algo predecible, al pasar un día más irá todo a la basura, cuanto más rápido mejor- me dije a mi mismo furioso.

       En el camino de regreso, a lo lejos, diviso un auto estacionado; se parece a aquel que alguna vez fue el privilegiado para ocupar ese lugar. Mi caminata se ve detenida a la altura de la casa vecina, para darme cuenta repentinamente que alguien está espiando por el picaporte de mi puerta, y al acercarme un poco más, una chica descansa en la cama que yacía en el jardín.

       Esa chica…al verla un sentimiento extraño me revuelve el estómago. Por un momento me siento fuera de la oscuridad.

       -Debe haber sido solo un reflejo involuntario - pienso.

       Pero…esa chica es muy parecida a…a esa persona que alguna vez me hizo feliz. 

… 

       Los saludo, su cara parece alegre por la nueva compañía, el muchacho mira desconfiado. Comienzan a preguntarme cuánto quería por las cosas, yo respondo con algunos números al azar, pero ninguno les conforma siempre me piden un poco menos. Me Aburro del regateo y decido ofrecerles un trago mientras me acomodo en el sofá.

       El muchacho sirve para ellos dos, la chica enseguida comienza a tomar, él solo tiene el vaso en la mano como si todavía no pudiese confiar en mí o en mis intenciones. Me gustan estos chicos, o… ella principalmente, sus ojos me llaman de alguna forma.

       Noto que el alcohol empieza a tener efecto en ellos, él por fin había aceptado tomar. Y cuando comienzan a desinhibirse pongo un viejo disco en el tocadiscos lleno de polvo.

       -¿Por qué no bailan?- les digo.

       -No, no- contesta el chico.

       -Insisto- con tono más firme, con el cual terminan aceptando.

       Al verlos bailar con sus cuerpos pegados, con lo suave de sus movimientos, toda la situación comienza a excitarme. Decido observarlos sin mediar palabra durante un largo rato hasta que la chica me pide que baile con ella.

       Me levanto y la tomo de la cintura, y empezamos a bailar. Ella me dice que los vecinos nos miran, no importa, ni eso ni nada, solo este preciso momento. Nos movemos, con nuestros cuerpos pegados. Recuerdo esa sensación, el sentimiento, como la amaba. Todo a mí alrededor se detiene, solo escucho la música, la misma que sonaba en nuestra boda, incluso con la cual nos conocimos. Y bailamos, como si fuera la primera y la última vez. Ella dice algo, lo ignoro completamente. 

… 

        Cargan la cama y el televisor que decidieron comprar y ponen en marcha el auto.


       -Un momento, llévense esto también- Alcanzándoles el tocadiscos y algunos de los viejos discos.

       -Muchísimas gracias- siguen un poco borrachos pero no les importa arrancar el auto.

       Los veo alejarse y doblar a la segunda cuadra. Una vez que la calle vuelve a estar vacía entro a la casa, apago todas las luces. Salgo nuevamente, cierro la puerta para después arrojar la llave dentro de una de las cajas que permanecen intactas en el patio. Y me largo, al igual que los chicos lo habían hecho, para no volver.

       Quizás, después de todo, la vida todavía pueda tener sentido.



Pupilas


''Volver es darse de bruces con aquello que fue y con aquello que nunca más volverá a ser y con lo que sigue siendo igual, imperturbable. Volver, como retroceder en el tiempo, como huir para atrás, es imposible''
Tiempo de retorno - Luisa Valenzuela

       En la madrugada del viernes 6 de febrero de 2005 estaba sentada en la sala del hospital próxima a una camilla en donde Michael estaba recostado, mirándolo perpleja y un tanto desorientada. Por un instante me vi pequeña, diminuta y vulnerable, pidiendo ayuda al vacío. Los minutos para Michael estaban contados. Sentí que había fracasado; aspiraba ser lo mejor en su vida para hacerlo olvidar de todos aquellos fantasmas, pero nada había alcanzado. Componer la situación en este punto era imposible. Los médicos habían dicho que ya era demasiado tarde, su sistema nervioso estaba enteramente comprometido. Me quedé a su lado, cuidándolo. Algo me decía que no era la última vez que lo haría. Habían pasado veinte minutos, veinte eternos minutos mirándolo fijamente, mientras las lágrimas inundaban mi cara. Olvidé mi casa, mis padres, mi vida. Todo se resumía en él, ninguna otra cosa podía atravesarse en mi mente. Michael se iba con cada respiro y eso me estaba torturando, no podía soportar semejante dolor. Levanté la vista por un instante, cuando de repente pude sentir cómo presionó fuertemente mi mano izquierda; se estaba despidiendo.

       En mi cumpleaños número dieciocho, se cumplía un año exacto de haber conocido a Michael. Él hombre más increíble que amé después de mi padre. Su llegada me cambió en todos los aspectos. Él arrasó por completo con los últimos vestigios de inocencia y pureza que aún persistían en mí y selló cada recoveco de mi vida con nuevas y variadas formas de ver el mundo. Supo controlar el frenesí propio de mi edad y hacerme crecer día a día un poco más. Junto a él los problemas se desvanecían. Todo lo compartíamos, nos llegamos a conocer a la perfección, y juramos no separarnos jamás. Durante el tiempo en que estuvimos de novios, casi un año y medio, viví como pocas veces alguien vive. Viví con esa fuerte convicción de sentirse aún más vivo que antes a medida que los minutos van avanzando. Michael era mi compañero de vida, a quien conocí en mi último año de secundaria. Su padre había muerto en un accidente cuando tenía doce años. Creo que ese golpe hizo que madurara más tempranamente y se diferenciara del resto de los adolescentes. No tenía hermanos así como tampoco tenía contacto alguno con su escasa familia. Yo notaba dolor en su mirada, una mirada que pedía refugio a gritos. Adoraba su perfil bajo, siempre callado, misterioso... Me enloquecía, sentía una atracción hacia él difícilmente explicable. Me intrigaba, quería -necesitaba- conocerlo. Y no tardé en hacerlo. Dos semanas antes del baile de graduación, decidido, me pidió que fuera con él. Decían que yo era una joven atractiva, que tenía algo que llamaba la atención y atrapaba. Yo nunca me consideré una joven hermosa, pero sí creía en eso que decían. Había algo que por alguna razón incitaba a que las personas se quedasen mirándome fijamente a los ojos por un instante. Después de esa, no recuerdo haber vivido alguna otra noche sin él haciéndome compañía. Reíamos, recordábamos el pasado, nos descubrimos a nosotros y descubrimos el amor. Así siguió siendo una vez que terminamos la secundaria, siempre juntos.

       El deseo de estar con Michael no se desvirtuaba con el paso del tiempo, al contrario, aumentaba cada vez más. Sentía que se había apropiado por completo de mí. Lo llegué a amar hasta los huesos. Pronto fui conciente de que, pese a mi corta edad, ya había encontrado a esa persona con la que caminaría de la mano por el resto de mis días.

       La pérdida de su padre y la falta de contención de parte de su madre, quien había hecho pareja poco tiempo después del fallecimiento de su padre, lo llevó a recurrir a las drogas. Supe la verdad un año después de conocerlo, cuando su adicción comenzó a agravarse hasta volverse inocultable. Preferí ignorarlo a pesar de que por dentro, me hacía daño. No sabía cómo podía llegar a terminar, pero sí sabía que lo seguiría a cualquier parte.

       Nuestro mundo era perfecto, pero por fuera de él, existían muchas fallas. A sus casi veinte años, Michael no encontraba motivación alguna. Se sentía vacío. O muy lleno de desgracia. La vida comienza a hacerse más espesa con el pasar de los años... ¿O será que uno empieza a ser más conciente de todo?

       Había pasado un mes desde que habíamos decidido distanciarnos para bien de ambos. Las cosas estaban empeorando; y el cambio en él era visible. Sus estados de ánimo eran muy inestables, y eso llegó a irritarme bastante. No lograba entender el por qué de muchas de sus acciones. ¿Acaso no habíamos construido un refugio juntos? Sentía que de a poco me estaba dejando de lado, y que, simultáneamente, me estaba arrastrando. ''A veces el amor no es suficiente y el camino se pone duro. No sé por qué'' me dijo mi madre una vez. Por fin comenzaba a entender esa frase.

       En la tarde del 5 de septiembre encontré una foto que nos habíamos sacado una noche en el parque de diversiones, hacía unos meses. Recordé esa noche con exactitud; nos habíamos escapado juntos cuando el parque ya había cerrado. Recordé los besos y las risas; la felicidad brotaba de esa foto en su estado más puro. Lo llamé para contarle aquello, necesitaba escucharlo. Pero ese día lo desconocí totalmente. Malditas drogas, se estaban llevando lo que mas adoraba en la vida. La locura se iba apoderando tanto de él como de mí, y casi ni lo percibíamos. Yo, por mi parte, comencé a cerrarme y a obsesionarme con su situación. Quería salvarlo, resguardarlo, pero el panorama lucía cada vez más turbio. Tuve miedo por él, por mí, por ambos.

       Necesité ser lo suficientemente fuerte para continuar con mi vida después de la muerte de Michael, y hacía ya un buen tiempo desde que había perdido mis últimas esperanzas de encontrar esa fortaleza. No había forma de revertir nada de lo sucedido, o quizás sí… De lo único que estaba segura era de que no me iba a quedar con los brazos cruzados. El tiempo para mí se detuvo y marcó el inicio de un viaje intenso. Un viaje que implicaba reinventarme, torcer el destino y reescribirlo a mi manera. No dejar que las cosas sigan su curso, sino más bien salirme con la mía. Hubo un día en donde sentí que perdía al gran amor de mi vida para siempre y que jamás volvería a verlo. Me bastó con imaginarme lejos de su voz, de su piel, para salir corriendo a impedirlo. Habíamos jurado estar juntos para siempre. Y las promesas se cumplen, en esta u otra vida. No me fue fácil; abandoné mi esencia y hasta mi propia razón. Una foto juntos, una cuota de locura y un impulso. Coraje y precisión. Valentía... En eso me parezco a mi madre. Seguir su ejemplo: brutal pero acertado. Dejaba atrás mi presente por algo mucho mejor. Toda una vida a su lado. No necesitaba armar valijas ni mucho menos, se trataba de despojarme de todo, de estar dispuesta a empezar de cero una vez más. Después de todo, ¿qué se supone que hubiese quedado de mi sin él?. Estaba convencida de que nada. Absolutamente nada. Podría sobrevivir, pero nunca vivir. El color de mis pupilas se iba perdiendo lentamente, pero mis ojos brillaban más que nunca. Estaba ansiosa por encontrar a Michael, ansiosa por abrazarlo y besarlo hasta el cansancio. Extraordinaria sensación de despegarse de la realidad para viajar y recuperar lo que es de uno. Para no separarse nunca más de aquello que nos hace tan bien. Un viaje que no tiene escalas pero si un punto de llegada. Desaparecen las preocupaciones, los placeres, hasta el nombre mismo. Se es. Tan simple como eso. Así fue como de pronto, en un descuido, mis pies dejaron de responderme. Pero eso no importó, porque ya no los necesitaba. Sentía que cada vez estaba más cerca de Michael. El viaje no duró mucho más. Cerré mis ojos por un momento y allí lo vi. Más hermoso que nunca, llorando de felicidad. No podía creer que lo había seguido, creyó haberme perdido desde que partió. Apenas nos abrazamos, la calma nos invadió. Estábamos los dos, juntos, como siempre lo habíamos planeado. Y de a poco nos fuimos evaporando, desvaneciendo. No quedaron rastros de nosotros. Ni siquiera nuestras sombras. Éramos, porque estábamos juntos, y a la vez no éramos...

       En algunas cosas me parezco a mi madre. Heredé su entereza y su seguridad. Y un poco de locura, quizás... Aunque creo que en el fondo todos estamos un poco locos. Yo a los diecinueve lo estaba lo suficiente como para desafiar a la vida sin escrúpulo alguno. Nunca supe si estuve realmente enamorada. No supe distinguir el delirio del amor. De todas formas, algo en común tienen. Ambos te pueden conducir a la muerte.



       Tina Modotti, hermana, no duermes… Mientras subo las escaleras del Centro Cultural Borges aquellas palabras resuenan en mi cabeza. Es curioso que este extracto del poema que Pablo Neruda escribió a la fotógrafa frente a su muerte, vuelva a mí en el momento y lugar en donde ella se encuentra más viva que nunca: en los ojos de alguien que mira sus fotografías.

       Después de pagar la entrada ($15, a precio de estudiante) subo la segunda escalera y algo de la atmósfera cambia. En el segundo piso -espacio del centro cultural destinado a las exposiciones fotográficas y de artes visuales- el suelo es todo mármol y sobre él se levantan largas columnas que hacen de sostén a la imponente cúpula vidriada, el lujoso cielo raso que se alza a unos cuantos metros por sobre mi cabeza. El lugar brilla majestuoso, y su efecto presenta un peligro siempre latente: dejarse llevar y olvidarse del afuera. Pero no, no falta la seguidilla de bocinas que le recuerdan a uno que aquella burbuja de arte sigue estando sobre la tierra, en la calle Viamonte esquina San Martín en pleno centro porteño.

       Atravesando el salón llego a la antesala, allí un hombre con uniforme de seguridad espera a los visitantes, pide ver la entrada y se corre a un lado para dejar (o no) entrar. En el espacio de la muestra el aire se pone más místico y la sensación de vacío se intensifica, hace calor y las notas de un piano (del que recién conoceré su procedencia minutos antes de irme) musicalizan mí recorrida en solitario: aparentemente un Lunes por la tarde no es día de caminar museos.

       Como queriendo decir “ésta es Tina” las primeras fotos son retratos suyos. Fotografías que la muestran en sus distintos yo: Tina actriz, Tina desnuda, Tina emocionada, Tina amante, Tina fotógrafa, Tina inmigrante, todas las Tinas. Esto es, ni más ni menos, la clave y el hilo conductor de una exposición que sería reduccionista calificarla tan solo de “fotográfica”, ya que en Tina es indisociable su trabajo de su historia, sus fotos de su yo-persona.

       “Resulta complejo establecer un equilibrio entre lo que es la obra de Tina Modotti como fotógrafa y lo que representa su vida como sujeto. Porque no es fácil disociar al sujeto social del sujeto textual, mucho menos aún cuando este sujeto histórico se ha constituido en un mito”, así lo explica Blanca María Monzón, una de los dos curadores de la muestra.

       Y es por ello que a lo largo de la visita no solo las fotografías ocupan la atención, sino también aquellas palabras que montadas sobre las paredes (algunas blancas, otras anaranjadas) ilustran su biografía:
           ...Italia, San Francisco, Hollywood, México, Berlín, Moscú, Polonia, España, París, Unión Soviética, México nuevamente; algunos de los lugares… 
        …pobre, abandono de la escuela, trabajo en una fábrica textil, sostén de familia, sacrificio, su casa lugar de reunión para revolucionarios y emigrados de América Latina, ternura femenina, dedicación al trabajo, encarnación del sentimiento humanitario y el internacionalismo, mujer; algo de su espíritu….
     …sensibilidad con su clase, Socorro Rojo Internacional, Revolución en México, Internacional Comunista, Revista el Machete, Partido Comunista de México, Barrio rico barrio pobre, Campesinos, Actividad comprometida y Antiimperialista, Presa y huelga de hambre, deportada, viajes clandestinos, Unión Soviética, Guerra Civil Española, Francisco Franco, a cargo de la cocina del Hospital Obrero, Asistente de médico en campo de batalla; algo de su militancia…
    …talento del teatro, Pintura, Modelo, Arte, Filosofía, Actriz de Hollywood, Fotógrafa; sus manifestaciones…
       …Robo (pintor, 6 años mayor que ella, muerto de viruela), Edward Weston (fotógrafo, diez años mayor que ella, amante), Xavier Guerrero (Pintor, miembro del Comité Central del Partido Comunista Mexicano, pareja), Julio Antonio Mella (emigrado político cubano, convivieron, lo matan con dos golpes de pistola), Vittorio Vidali (representante del Socorro Rojo Internacional, transformación de una relación de amistad a una relación de amor), Diego Rivera, José Clemente Orozco, Pablo Neruda, Miguel Hernández, Frida Kahlo, David Alfaro Siqueiros, Antonio Machado; sus compañías…

Todas ellas revolotean en sus fotos. Los blancos, grises y negros que fueron fijados por su cámara Graflex entre los años 1923 y 1930, revelados y copiados en su cuarto oscuro (lo digital no tenía aún nombre) se exponen sobre las paredes en forma de series: “Retratos”, “Revolución”, “Tehuantepec”, “Trabajo y miseria”, “Títeres”, “Campesinos”, “Julio Antonio Mella”, “Madres y niños”, “Flores y plantas”, “Berlín”; “Superficie y estructura”. De todas ellas fue la que hoy mejor se conserva y la más extensa la que llamó mi atención: aquella en que quedó plasmada, de forma sensible y cercana, la vida cotidiana de las mujeres de Tehuantepec.

       Fue a partir del asesinato del revolucionario Julio Antonio Mella -que en ese entonces era su amigo y amante- que sus compañeros y amigos, preocupados por su profunda depresión, la incitaron a que se tomara vacaciones. Así en 1929 emprendió un viaje a la ciudad de Tehuantepec, en el sur de México, donde tomó las imágenes de las Tehuanas, mujeres conocidas por su emancipación y su cultura matriarcal. Una de esas fotos, en que se ve el rostro de una mujer de rasgos indígenas cargando en su cabeza un fuentón pintado, es la que figura en la portada del Centro Cultural Borges. Es, sin duda, una foto que invita. 

       En toda su extensa producción (de la cual solo una pequeña parte se expone) y en cada una de sus fotografías en particular (la mujer con bandera, el campesino con su hijo, la de la guitarra la hoz y las balas) el diálogo entre arte y política se hace oír. Como lo explica nuevamente Blanca María Monzón “Si existe algo en la fotografía de Tina Modotti es una fuerza viva, que hace imposible pensar la imagen fuera del acto que la hace realidad. La foto deja de ser solamente la imagen producto de la técnica y la acción, para pasar a ser a ser algo que no puede concebirse fuera de la circunstancia y de la intención que la determina. Es decir, que va más allá del gesto e incluye a sus receptores como objeto pragmático. Lo que implica no solo considerar al sujeto, sino más precisamente al sujeto “en proceso”, que es aquel que va a pasar del acto, para constituirse en memoria, no sólo para remitirnos a su referente, sino para reflexionar sobre la construcción de una obra, con la pretensión implícita de contribuir a la transformación de la realidad”.

       Cambiar la realidad, eso es lo que ella hacía. Visibilizar la discriminación, desnaturalizar las prácticas, incomodar y denunciar.

       Llegando al fondo de la sala encuentro un espacio semioscurecido, con sillones individuales y un televisor que proyecta una película en blanco y negro. Me siento y presto atención, para los que no frecuentamos el cine mudo se vuelve necesario agudizar los sentidos, prestar atención a cada movimiento, ya que el diálogo está escondido y hay que descifrarlo. Allí se escucha más fuerte el piano, del que ya se habían acostumbrado mis oídos pero que, musicalizando la actuación de la mismísima Tina, tomaba un nuevo significado.

       Me conmocionó verla allí, moviéndose, gesticulando. Después de una hora de lento acercamiento, por medio de palabras, por medio de imágenes, de haberme construido una Tina en mi imaginario, allí estaba ella mostrándose viva. 

       La miré un largo rato, buscando indicios de esa Tina que se mostraba en las fotos revolucionaria, comunista, compañera.

       La miré como queriendo que escuche mis pensamientos y responda a mis preguntas: tantos años fuiste borrada del discurso oficial, escondida por la peligrosidad de tu espíritu revolucionario… y ahora legitimada, nombrada y reconocida, ahora vendidas tus fotos y expuestas en bellas paredes anaranjadas. ¿Qué estás haciendo acá, tina? O mejor dicho ¿estás, verdaderamente, acá?




Casi a mediados del siglo XX, en la década del treinta para ser más preciso, se funda Sierra Colorada, un pequeño paraje de la línea sur rionegrina. La ruta 23 le da vida , cediendo el paso cariñosamente al viajero. A 300km se encuetra General Roca, mi ciudad natal.

Los cerros de piedras rojizas que lo cercan le ceden su nombre, en la cima de uno de ellos se alza una cruz de casi tres metros de altura y en el otro, una torre blanca aparece como monumento, homenajeando a los caídos por la patria. Desde esas alturas se puede observar todo el pueblo, es mucho mas pequeño, diminuto y con tan solo posicionar el pulgar en frente de los ojos se logra taparlo, desaparecerlo.  Detrás, girando la cabeza aparece  el cementerio viejo, las rejas oxidadas por el sol y un par de tumbas abiertas estremecen el cuerpo, para los miedosos y creyentes de fantasmas no le es recomendado pasar por ahí, la imagen de aquello es prototípica de las películas de terror en las cuales los zombis y espíritus son sus protagonistas, su aspecto  es bastante tenebroso.

Sierra cuenta con aproximadamente 1.373 habitantes según el Indec del 2001, aunque pasaron muchos años de esta última encuesta, no creo que en este momento supere los 1.500. La fiesta de la Lana es una de sus fiestas más importantes, hace de Sierra su imagen más representativa, ya que la misma es su gran fuente económica. La línea sur se pone de fiesta, reuniendo a paisanos y patrones, niños y adultos, profesoras y alumnos de todos los parajes.

El pueblito del lejano oeste, llamado vulgarmente por sus jóvenes, es uno de los tantos pueblos olvidados de la línea sur. Las malas gestiones y el cierre del ferrocarril hicieron de él un fantasma, pero aun asi, sigue perpetuado  por aquellos que alguna vez rondaron por su tierra. Y es por eso que mi viaje tiene mucho de aquel sentimiento que brinda el recuerdo de sus pasos.

Un viaje, dos caminos

Después de tantas idas y vueltas, mamá y yo decidimos hacer aquel  viaje que nos debíamos hace mucho tiempo.

Cuando planeamos un viaje, siempre hay dos caminos a seguir, si nos dirigimos hacia lo desconocido, siempre anotamos los lugares que nos llaman la atención y buscamos en Internet, en revistas dirigidas a turistas o en folletos los mejores restaurantes, espacios culturales y lugares autóctonos que nos brinda la ciudad.  Pero si vamos a un lugar conocido en donde sus colores, olores y rincones ya son partes de uno, el camino es distinto. Por eso cuando uno viaja a estos lugares, siempre va con otra predisposición, las emociones son diferentes y conocer pasa a un segundo plano dejando  camino al reencuentro.

A su vez este viaje es algo más que un viaje, es volver en el tiempo, es revolver la tierra y encontrar raíces que van  en dirección inversa  a lo que marca el hoy pero que funcionan como bisagras intachables y necesarias. Es reencontrarnos con la niña de campera rosada que caminaba por los Cerros y hacía bailar sus rulos en el viento, es ver a la profesora de guardapolvo blanco que venía del norte  buscando otros horizontes. Es ver el sacrificio y la juventud en un paraje olvidado y escondido entre cerros plagados de  arbustos bajos y espinosos. En otras palabras es volver a nuestra querida Sierra Colorada.

Es el día de partir

Siendo las nueve de la mañana, el despertador suena una y otra vez. El ventanal que está enfrente de mi cama invita a los cálidos rayos del sol acompañarme en la fría mañana de julio.  El césped está blanco, como si hubiera nevado, los árboles secos y opacos, el rocío de la helada de la noche anterior sigue en pie y de solo observar su resplandor me pone la piel de gallina. Las sensaciones que tengo son extrañas pero no son malas, después de siete años vuelvo a mi querido pueblo. Pasaron muchos años, pero los recuerdos siguen ahí, intactos, de solo pensar que me alejan un par de horas para poder reencarnarlos en cada uno de sus rincones rocosos me pone feliz, y si estoy feliz.

La ruta atraviesa las inmensas chacras manzaneras, mientras que los álamos secos moldean  el camino. En esta época del año los colores brillan por su ausencia, los exorbitantes sauces llorones se ven mas tristes que nunca, sus hojas caídas son lagrimas derramadas por el otoño.

El puente “Paso Córdoba” es la frontera que limita al Alto valle, por él fluyen aguas oscuras y agitadas. El Río Negro junto al Río Limay son el corazón que le da vida a todas las ciudades que enmarca, sus brazos son como arterias que nutren de  flora y fauna  las vastas tierras de la meseta. Sus puntas posicionan dos realidades contrastadas, la meseta y el valle. Hacia el sur se observan las formidables bardas, que a primera vista parecen ser grandes murallas que le dan  fortaleza al paisaje. Una paleta de color azul y rojo marca un horizonte profundo que es semejante al de un océano. El  rojizo cielo de invierno, reaviva las ondulaciones y formas de la tierra, las bardas se prestan a la imaginación, formando colosales dragones.

Alejándonos de la depresión rionegrina e ingresando a tierra rocosa y árida, los grandes cerros marrones rearman nuevamente el paisaje. El auto da los pasos que el camino le permite, dejando atrás la misma imagen que viene por delante, transformándose  en una fotografía repetida, que sufre solamente el retorcimiento de la ruta.

Un paisano, otros recuerdos.

Pasadas las 12,  con casi dos horas de viaje sin habernos cruzado con ningún  auto, vemos  a un hombre haciendo dedo junto a una camioneta naranja. Mi mama baja la velocidad y se acerca suavemente. Boina en mano, camisa negra, bombacha de gaucho, bigote gris, tierra y arrugas, una simple descripción del paisano. “Buen día señora y señorita” son las primeras palabras que se escuchan seguidas de “disculpen la molestia pero se me rompió el burro de arranque y necesito llevar…” giro mi cabeza y en la cúpula veo un termotanque enorme, dos cajas que dicen orbis con una llama de fuego que remplaza el puntito a la i. “Mi nombre es Luis Melinger, necesitaría doña que usted cuando llegue al  Cuy se comunique con mi Hijo Pablo que trabaja en el municipio de los Menucos”, mi madre lo escucha atentamente y le contesta “ no se preocupe Luis quédese tranquilo que cuando llegue al Cuy le doy el comunicado, yo soy la mujer de Javier Alberdi no se si lo conoce”. El paisano abre los ojos y frunce la frente e instantáneamente pone una sonrisa y le contesta “el señor Alberdi, como no conocerlo…”. Mientras la conversación sigue y un árbol genealógico se abre ante mis oídos, comienzo a sentir esa sensación que me generaba el sur, la fraternidad, el compañerismo y los apellidos que siempre suenan familiar. El respeto y la gentileza de los paisanos que vienen y van del campo al pueblo, del pueblo al campo, el saludo matutino instintivo, y el “buenos días” que funcionan como reconocimiento entre tanto silencio y pieles ajadas. Que lindo se siente.

Seguimos de viaje, ahora manejo yo mientras mama ceba el tercer termo. Emocionada me cuenta anécdotas, me habla del colegio, de sus primeros alumnos, por momentos se emociona, por otros se ríe, abre los ojos fuertemente y encoge los hombros, creo que cada vez que se estremece se da cuenta del tiempo pasado, lo recuerda con entusiasmo aunque siempre el pasado duele por el solo hecho de retroceder la hoja solo por unos momentos. “El frío, esas bajas temperaturas que endurecen la piel y  espesan la sangre se ven derrumbadas por el cálido abrigo que genera poder ver sonreír a esos jóvenes que buscan respuestas y un futuro mejor, el sacrificio es un mástil que tiene como bandera esa felicidad, no me arrepiento de lo vivido Euge, fue muy lindo llegar con tu tía Amalia Sierra, dar ese paso tan grande para el pueblo, abrir algo tan importante y esperado como el secundario, pero como sabes, no volvería a hacerlo, 15 años en un lugar tan abandonado es un sacrificio que no se lo recomiendo a nadie, siempre hay algo más allá”.

De pronto, hacia lo lejos aparece el Cuy, un paraje de no más de 150 personas, es el punto de descanso que tiene todo viajante de la línea sur. Es pequeño, la ruta lo atraviesa como si fuera el tronco de un árbol  que no tiene más de una docena de raíces  ripiosas que conducen hacia humildes casas. Los negocios y servicios más importantes están sobre la ruta. Una casa antigua de color verde es el almacén principal, cigarrillos, golosinas, comida, casi todo se vende ahí, es el proveedor del pueblo y el turista. A dos calles se encuentra la telefónica, un pequeño negocio que también funciona como kiosco. Mientras mi mama llama para que auxilien a José, yo me quedo en el auto observando como juegan dos niños sobre la tierra. Pasan los minutos y decido bajar a mover un poco las piernas cuasi acalambradas por haber estado sentada tanto tiempo. Una pareja pasa y me saludan.En frente, una mujer de cabello gris me observa, sentada bajo un árbol que le da sombra se encuentra tomando mates, su rostro marcado por el tiempo  y sus mejillas rojizas por la sequedad del ambiente me transmiten respeto. Sus párpados caídos y sus ojos marrones trazados por pequeñas líneas rojas expresan una mirada apagada, parece un semental del lugar, una leyenda olvidada. Después de un buen rato mi mamá ya en el auto me indica que  nos vamos.

Los beatles y un par de mates lavados eran el sustento que nos distraía del tiempo y los kilómetros gastados. Mamá seguía contándome sus anécdotas y nombraba a todas las personas que hace mucho no veía.  Yo la escuchaba atentamente, mientras manejaba. Cada un par de kilómetros se veían ovejas, muy de vez en cuando un par de caballos y quienes estaban muy presentes eran las codornices, que cruzaban velozmente el camino. Frente a nosotros la  inmensidad de la meseta cobraba vida, el reflejo del sol en el asfalto generaba juegos visuales que la vista no podía controlar, el camino desaparecía y los cerros se transformaban en eternos océanos. Me había olvidado lo que se sentía estar en  ese lugar, la paz y soledad eran por supuesto los incondicionales compañeros de viaje.


Al llegar a los Menucos, el pueblo de la piedra laja, decidimos ir a cargar combustibles y seguir camino, después de tantas horas de viajes, estamos a solo treinta minutos de llegar al destino acordado. Las dos estamos ansiosas, el tiempo se estira como un chicle, los minutos parecen horas.
Después de tanta espera ahí estábamos, a tan solo un par de kilómetros. Las casas se perciben como pequeñas hormigas blancas que se mueven apenas por el desplazamiento del auto, los cerros se exhiben como grandes murallas rojizas que  rodean al pueblo, ocultándolo en la gran inmensidad. Un cartel “Sierra colorada” nos da la bienvenida.

De la casa de mi abuela a los recuerdos.

Cruzando el Seferino, llegamos al pueblo. Nos hospedamos en la casa de mi abuela, una casa antigua, de esas en las que el  techo es alto y las puertas de las habitaciones dan a una galería.  Hace mucho tiempo que nadie iba, el piso estaba lleno de polvo, las habitaciones estaban heladas y oscuras. Al abrir las ventanas, los rayos de sol le dieron nuevamente vida a aquel lugar  que alguna vez fue mi gran parque de diversiones. El patio daba a la galería, un parral enorme creaba una especie de paredón con sus ramas enredadas. En el centro, un imponente pino de más o menos cuatro metros de altura reposaba plagado de hermosos  recuerdos  con una gran historia para contar. En 1960, mi abuela tuvo a papá, su primer hijo, como obsequio de una de sus primas obtuvo aquel hermoso pino y Santiago, mi abuelo lo plantó y lo cuidó el resto de su vida. Mientras iba creciendo, mis otros tíos iban naciendo. Cada uno pudo disfrutarlo y jugar en él, treparse era muy divertido. Así fue que dos generaciones disfrutaron de aquel titán. Cincuenta y dos años de vida, una linda representación del árbol genealógico Alberdi.

Ya pasadas las tres de la tarde, después de comer, nos fuimos a recorrer el pueblo. Estaba algo distinto de la última vez que lo había visto, una docena de casas nuevas y un par de edificios municipales aparecían de improviso,  pero no había grandes diferencias de aquel que había dejado. La escuela número 266 Juan Antonio Álvarez seguía intacta. Su patio rudo, formado por unos pocos árboles que daban sombra, en el centro una oxidada campana aparecía colgada de un mástil junto a una bandera que flameaba por el suave viento del este. Volver a ese lugar fue como viajar catorce años en el tiempo,  reencarnar en esa joven niña desprolija que no tenía otra  responsabilidad que  divertirse, jugar y ser inocente. Tiempos de rayuela, payana y elástico. Tiempos de inexperiencia y simpleza, en donde la maldad solo recaía en hacer trampa en la bolita. El ladrón y el policía jugaban roles distintos, ser ladrón era más divertido, y bueno ser policía era menos emocionante, aunque creo que eso mucho no cambió. Mientras caminábamos en silencio cada una tomaba sus propios recuerdos y los  revivía en a cada paso que dábamos. Después de un rato de mudez mi mamá levanta la mano y señala hacia el fondo “ves esa casa de techo verde, bueno ese fue la primera instalación del secundario, ahí viví durante unos cuantos años, ya me había olvidado de cómo se veía”. Sus ojos mostraban una mirada intensa, una sonrisa escondida acompañaba la nostalgia que producía volver a aquellos tiempos ya casi olvidados.  Enfrente el Jardín Nº 82 reposaba colorido, las hamacas meneaban a ritmo del viento, los álamos que alguna vez fueron pequeños arbustos, ahora eran grandes murales de protección ante tanto rayo de sol y calor.

Ya pasadas las cuatro de la tarde, decidimos ir a cargar el termo e ir a tomar mates al cerro. En el camino nos cruzamos con otro recuerdo, Silvia, mi niñera de toda la infancia. “Doña Dolores cuanto tiempo” acompañado de unos brazos abiertos y una gesto de alegría. “Cuanto tiempo” frase  utilizada en varias ocasiones no tardo ni diez minutos para ser  invocada de nuevo, Jorge nuestro querido vecino aparecía en una camioneta blanca. Y ahí estábamos, los cuatro parados en frente de la casa de mi abuela. El “¿te acordás? Y “qué lindos recuerdos” eran la prosa de un himno eterno, innumerables anécdotas caían de nuestros labios, inundando la vereda de un acogedor elixir que daba vida a la solitaria y vacía calle. La tarde estaba fría, pequeñas aureolas de vapor salían de nuestras bocas junto a cálidas risas que ambientaban el lugar y hacían olvidar las bajas temperaturas. Después de las idas y vueltas en el tiempo, de la acentuación del paso de los años y el “qué grande que estás, estás hecha una señorita” Jorge nos organizó un asado en su casa, nos esperaba una rica cena acompañada de buenos amigos y un cordero patagónico, que más se podía pedir.

Después de despedirnos, el mate ya estaba en el olvido, decidimos ir a visitar a las viejas amistades. Mi mamá fue a ver a Marita, una de las primeras alumnas, mientras yo decidí ir a caminar un poco. Cada paso que daba estaba acompañado de un saludo y una sonrisa. Todos me reconocían por la hija de Javier y Dolores, y algunos otros por aquella niña que había dejado atrás. Mientras recorría calles que me eran familiares vi un rostro conocido que había mutado por el paso del tiempo pero que seguía teniendo esos ojos achinados color miel y esa sonrisa blanca como la nieve. Era Nicolás, el hijo de Jorge, mi gran amigo de la infancia. Un fuerte y afectuoso brazo nos reencontró. Y ahí estábamos caminando los dos interpretando el pasado con carcajadas. Las casitas frustradas, las carreras en bicicletas, los escondites secretos de los cerros, las peleas que duraban unos pocos segundos, todo aparecía  y no tardaba mucho en desvanecerse, dejando pie para otro recuerdo.

Una cena de amigos

De noche Sierra es otro mundo, las calles están más solas que nunca, no hay un alma caminando sobre ellas. El frío se acentúa mucho más, los postes de luz alumbran las esquinas y dan vida a un ecosistema de bichos nocturnos, las polillas pelean contra el foco chocando   una y otra vez. De vez en cuando pasa algún auto. El comedor, que esta al lado de la terminal, ya casi saliendo del pueblo es el único salón que acoge a un par de persona. El horizonte es un océano helado que no permite ver más allá de los cerros, la inmensidad cobra vida aislando el pueblo de aquel paisaje escondido por la noche.

Cruzando casi todo el pueblo llegamos al barrio, un plan de viviendas construido en 1994, una cuadra de 16 casas lo formaban. En la esquina estaba la que alguna vez fue de mi familia. No estaba como la habíamos dejado, la pintura estaba salida y manchada, las rejas de las ventanas ya no estaban y el pasto estaba cubierto de yuyos. Una fragancia riquísima inundó la vereda, a dos casas nos estaba esperando Jorge con el esperado asado patagónico.

Diez y media de la noche, ya sentados todos en la meza, Jorge, Mabel, su mujer, Nicolás, Manuel, el otro integrante del clan del barrio y yo. Acompañados de costillas de cordero, chinchulines, mollejas y el infaltable riñón que como generosidad del asador siempre es destinado a los invitados, en este caso para mi mamá. Para no perder costumbre, las charlas rememoran los tiempos pasados, el vino tinto imperdible entrega carcajadas y festividad a la noche. La sobremesa se hace interminable y se resiste a terminar. Los adultos se disfrazan de jóvenes contando historias a conveniencia, ajustándose a la situación. Vienen fiestas y encuentros olvidados, teñidos de nostalgia y buenos momentos. El colegio, los egresos, las fiestas del cordero y del estudiante son algunos de ellos. De repente las charlas se transforman en más serias y las problemáticas del pueblo se desprenden en un abanico de opiniones e ideologías. Nombres como Alejandro Marinao y Miguel Gasquez aparecen, son los antiguos intendentes, críticas y reconocimientos se entremezclan junto la voz y voto de cada postura.  Ya pasadas la una  de la mañana, después de un largo tiempo de regocijo, con los chicos decidimos ir a dar una vuelta para poder charlar lejos de los oídos de los mayores.

Subidos en el auto nos dirigimos hacia el Seferino, alejados del pueblo, nos detenemos ante la inmensidad de la oscuridad y el resplandor de las luces distantes. Hacia el sur se ve el pequeño paraje, y del otro la nada misma. Las estrellas brillan más que nunca,transformando el cielo en un valle de puntos blancos y amarillos, de vez en cuando aparecen las estrellas fugaces acompañadas de satélites dándole movimiento a tanto paisaje inmóvil. Acostados sobre el asfalto nos zambullimos en la infinidad y nadamos sobre espesas aguas de silencio y reflexión.  Fue por primera vez en el día que me di tiempo  para sentir nostalgia. Después de unos largos minutos, cada uno comenzó a relatar la vida que estábamos emprendiendo, lo que cada uno estaba estudiando y lo  que pretendía hacer algún futuro. Nico después de estudiar Computación en Chipoletti, una de las grandes ciudades del valle, estaba emprendiendo un proyecto para el pueblo, un ciber, decía que lo quería ver crecer y se negaba abandonarlo, esa eran sus palabras textuales. En cuanto a Manu estudiaba Turismo en San Antonio oeste y su proyecto también estaba destinado al pueblo del lejano oeste… decía que quería mostrarle al mundo la belleza oculta y desaprovechada. Escucharlos con tanta energía y entusiasmo me dio alegría, esperanza.  Ese sentimiento que creí haber dejado de lado hace mucho tiempo renació en cada palabra que emitían los chicos. El pueblo tenía titanes que seguían sus pasos sobre las piedras rojizas, riñendo contra el tiempo y el olvido, había futuro. Si bien existe una gran problemática que es latente y notable, el abandono de las instituciones y los gobernantes, mas la privatización de los los ferrocarriles que nos proporcionaron los noventa, hicieron de Sierra un Pueblo fantasma, borrado del mapa y de las planificaciones gubernamentales, dependiendo de la producción ganadera ovina, dejando pocas oportunidades para la juventud que se niega a trabajar como  peón, una de las pocas salidas laborales que ofrece el lugar, sacando los empleos públicos. Ver jóvenes con la camiseta puesta es gratificante.

Concluyendo la noche, nos despedimos con una gran abrazo y con un apasionado “que este sea el principio de muchos  encuentros más”. Alejándonos a paso ligero, cada uno por su camino, ninguno giró  la cabeza, pero se que en cada movimiento que dábamos, nuestra mente armaba el rostro del otro pensando en el tiempo y en lo loco que era volver a estar juntos. Mi rostro inmóvil por el frío, flexionaba mis pómulos, dejando caer una sonrisa en cada pensamiento. Era increíble lo que estaba sintiendo, estaba feliz otra vez.

Otra vez decir adios.

Y otra vez, el despertador suena a las nueve de la mañana, esta vez el frío de afuera nos invita a levantar. Unas cuantas frazadas de lana  custodiaron la noche, enfrentando al frío y la helada. Después de dar un par de vueltas en la cama, nos levantamos. Nos aguardaba un rico desayuno conformado por unas ricas y esponjosas  tortas fritas junto a tibios mates que animan al cuerpo en cada sorbo. Pasadas las 11, y ya con todo listo emprendimos el viaje de regreso. El poco sol que había nos despedía junto a algunos niños que jugaban en la vereda. Las dos mirando al frente y sin emitir ninguna palabra le soltamos la mano a Sierra, pero con la promesa de regresar, y eso nos aliviaba de aquella nostalgia que teníamos al volver nuevamente a casa.